Por Oscar Fernández Herrera
En los años noventa, David Bowie recuperó su relevancia
artística tras un periodo irregular en los ochenta gracias a una reinvención
consciente que lo devolvió a la vanguardia cultural, ya que asumió riesgos
creativos, dialogó con la electrónica, el industrial y el arte contemporáneo, y
rechazó la nostalgia fácil de sus éxitos pasados.
Obras como “Black Tie White Noise” y “Outside” mostraron a
un artista atento a los sonidos urbanos y tecnológicos de la época, capaz de
influir en nuevas generaciones sin intentar imitarlas, mientras su imagen
pública pasó de icono pop a figura experimental respetada. Esta etapa consolidó
a Bowie no solo como una estrella del pasado, sino como un creador dominante
que entendió el cambio como motor central de su obra y reafirmó su legado como
uno de los músicos más innovadores del siglo XX.
Después del experimental, oscuro y vanguardista “Outside”,
el entusiasmo con relación a qué dirección seguiría el camaleón se encontraba
en un altísimo punto. “Earthling”, lanzado en 1997, sorprendió a muchos, calló
bocas y desobedeció las reglas una vez más con su energía y su producción
imprudentemente detallada.
Se trató del primer disco del camaleón que pude comprar a
tiempo, pues lo había descubierto con “Outside” un par de años antes, así que
me encontraba en primera fila para comprarlo y disfrutarlo, y vaya que lo hice.
Todo en él era desconocido, ajeno, incomparable… a pesar de que el público lo
odio y amó por su superabundante drum and bass.
“Earthling” mostró a un Bowie que exploró con audacia la
electrónica y el drum and bass sin perder su identidad rock, lo que dio lugar a
uno de sus discos más experimentales de los noventa. Aunque no fue un éxito
comercial masivo, la crítica valoró su energía, modernidad y capacidad para
absorber las tendencias del momento, reafirmándolo como un artista en constante
reinvención.
“Little Wonder”, con su fusión de ritmos electrónicos y
rock, destacó como uno de los sencillos más exitosos del álbum. “Dead Man
Walking”, un homenaje al rock clásico, combinó efectos electrónicos y técnicas
de producción modernas, lo que permitió a Bowie reflexionar sobre el paso del
tiempo. “Seven Years In Tibet”, inspirada en su interés por la cultura
tibetana, incorporó loops, sintetizadores y elementos de música industrial, e
incluso tuvo una versión china. Por su parte, “I'm Afraid Of Americans”,
coescrita con Brian Eno y producida por Trent Rezno, consolidó su estatus como
una crítica aguda de la cultura estadounidense y se convirtió en una obra
emblemática de uno de los períodos más experimentales y electrónicos de Bowie.
Quizá no sea un clásico, pero “Earthling” es un trabajo que
merece escucharse, apreciarse y coleccionarse con muchísimo entusiasmo.

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