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sábado, 10 de octubre de 2026

La Maldición De La Malinche


 

Por Oscar Fernández Herrera

A mi Poncita, mi eterna compañera

                                                                                                                

 

 

Conocí a Gabino Palomares gracias a mi mamá, quien, en su momento, no paró de escuchar su participación en “El Soundtrack de una Vida”, una producción del Instituto Mexicano de la Radio conducida por la periodista cultural Laura Barrera. La propuesta consistió en reconstruir la vida del cantautor a partir de las canciones que marcaron distintos momentos de su existencia. El episodio resulta sumamente entretenido gracias al talento y la simpatía de Palomares.

 

Originario de Comonfort, Guanajuato, Palomares pasó buena parte de su juventud en San Luis Potosí. Si bien estudió Ingeniería Química, la música y la poesía ocuparon el centro de su vida. En 1972 y 1973 ganó festivales de la canción universitaria y presentó su espectáculo “Poemas y Canciones”. En 1975 se trasladó a la Ciudad de México, donde encontró el ambiente de las peñas, universidades, sindicatos, plazas y organizaciones sociales que dieron forma al Canto Nuevo Mexicano. Allí se relacionó estrechamente con Amparo Ochoa, Óscar Chávez y Los Folkloristas.

 

Frente a una industria musical que privilegiaba las propuestas más asimilables y facilonas, Discos Pueblo, fundado por José Ávila en 1973, fue precisamente una de las pequeñas compañías que permitieron grabar y difundir “La Maldición De La Malinche”. Su propósito era crear un espacio alternativo frente al predominio de las grandes empresas y los medios comerciales. En el disco, Palomares habló de pobreza, explotación, trabajadores, pueblos indígenas, desigualdad y poder político; es decir, de asuntos que no encajaban fácilmente en la lógica de la radio comercial.

 

En esta obra participaron Grupo Canek, José Ávila, Gerardo Tamez, Ramón Sánchez y otros músicos vinculados al movimiento, mientras que Fernando Martín aparece relacionado con la grabación y el diseño. El resultado fue un disco bastante breve: nueve canciones, todas compuestas por Palomares, con una duración total cercana a la media hora. Y eso también dice algo de la época: no era un álbum construido alrededor de sencillos comerciales, sino una especie de declaración artística y política.

 

El repertorio nos acercó a distintas preocupaciones del cantautor. Desde “Mi desierto” y “Nicaragua” hasta “La Letanía De Los poderosos” y “Son Del Obrero”, el álbum estableció una relación directa entre la canción y la realidad social. No hay demasiados rodeos ni metáforas que oculten sus intenciones: Palomares habló de las desigualdades, de quienes trabajan y sostienen al país, de los abusos del poder y de los pueblos que han tenido que defender su identidad frente a distintas formas de dominación.

 

Por supuesto, el momento cumbre llegó con “La Maldición De La Malinche”, una canción que trasciende el disco y se convirtió en una de las composiciones más reconocidas del Canto Nuevo Mexicano. A través de una mirada crítica sobre la conquista española y sus consecuencias, Palomares cuestionó una mentalidad que desprecia lo propio y admira lo extranjero, una contradicción que sigue presente en distintos ámbitos de la sociedad mexicana. La canción no se limitó a recordar un episodio histórico: señaló una herida cultural que permanece abierta.

 

Lo interesante es que el tema no se quedó únicamente en los espacios alternativos donde nació y circuló buena parte de esta música. Amparo Ochoa y Los Folkloristas contribuyeron a su difusión, y la canción llegó a convertirse en una referencia del repertorio latinoamericano comprometido con las causas sociales. Su permanencia demostró que una composición puede superar las circunstancias que le dieron origen y encontrar nuevos significados con el paso del tiempo.

 

No estamos ante una obra que deba medirse con los mismos criterios que una producción comercial ni que necesite cifras de ventas extraordinarias para justificar su importancia. Su legado se encuentra en las canciones, en los espacios donde encontraron resonancia y en la manera en que algunas de ellas se incorporaron a la memoria colectiva. La canción que da título al disco es el ejemplo más evidente, pero el resto del repertorio permite comprender mejor las preocupaciones artísticas y políticas de su autor.

 

“La Maldición De La Malinche” fue, en definitiva, un testimonio de una época en la que la música también servía para tomar posición, cuestionar el orden establecido y dar voz a quienes pocas veces encontraban un lugar en los medios comerciales. ¡Discazo!

Pop Bueno, Pop Malo


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

Hace dos años compré un libro por mera curiosidad y, casi diría, por gastar por gastar: Pop bueno, pop malo, de Jarvis Cocker.

 

Para quien no lo sepa, Jarvis Cocker es uno de los frontmen de una de las grandes bandas inglesas de todos los tiempos: Pulp, de la que es líder.

 

Pues este año tomé el libro y me puse a leerlo. ¡Gran libro, muy entretenido! No me arrepiento para nada de haberlo comprado; me la he pasado muy bien y lo he disfrutado con creces.

 

Cocker se da a la tarea de limpiar y, diría, hasta depurar un viejo cuarto donde guarda objetos que conserva desde su niñez. Sin embargo, ha llegado el momento de revisar qué conservar y qué desechar. El resultado es entrañable y muy divertido. A medida que revisamos los objetos junto con Cocker, conocemos la historia de cada uno y el entorno en el que vivía cuando los adquirió. Todo esto es un viaje personal, pero, además, hay momentos en los que descubrimos la génesis de esa increíble banda llamada Pulp. Sorprende que, desde muy joven, casi diría que desde niño, Jarvis Cocker ya tuviera muy claro que quería formar un grupo de rock, cómo tendría que sonar y hasta qué nombre le pondría.

 

Bolsas de supermercado, envoltorios de dulces, ropa, boletos de conciertos, libretas donde anotaba la vestimenta y el nombre de su futura banda, etcétera. Son diferentes objetos que marcaron su vida y que, con mucho ánimo y trabajo, lo llevarían a formar una banda muy importante. Sin embargo, el éxito y el reconocimiento no llegaron tan rápido como uno supondría. Los orígenes de Pulp se remontan a 1978. La banda grabó su primer disco en 1983, pero no fue sino hasta diez años después cuando alcanzó el éxito y el reconocimiento con la publicación del magistral His ’n’ Hers (1994), que se consolidaron con el gran Different Class (1995).

 

Un gran libro con varias anécdotas muy interesantes. Pop bueno, pop malo es una lectura muy entretenida, publicada por la editorial Sexto Piso.

Lodger


 

Por Oscar Fernández Herrera

                                                                                                                

 

 

Después de una escandalosa temporada en Estados Unidos, donde las drogas y los excesos lo controlaron, David Bowie se trasladó a Berlín Occidental en 1976, donde inició una reconstrucción artística y personal que dio como resultado “Low” y “Heroes”, discazos realizados con Brian Eno y Tony Visconti en 1977. Este ciclo lo apartó de las estructuras más tradicionales del rock para acercarlo a la electrónica, la improvisación y los procedimientos más experimentales.

 

“Lodger”, lanzado en 1979, nació de ese mismo impulso creativo, aunque no se trató de una obra propiamente berlinesa, pues el camaleón se encontraba de gira y tuvo que adaptarse a su calendario para grabar en Suiza y Nueva York.

 

Bowie, acompañado por Eno y Visconti, recurrió nuevamente a la transformación del estudio para obligar a los músicos a abandonar sus hábitos y enfrentarse a escenarios totalmente impredecibles. La incorporación de Adrian Belew, entonces guitarrista de la banda de Frank Zappa, produjo esas guitarras extrañas, angulares y, a veces, casi animales que recorren el disco. Pese a su naturaleza experimental, “Lodger” es el más accesible de los llamados álbumes berlineses.

 

Definido como una “especie de mezcla de prácticamente todos los estilos que exploró anteriormente”, “Lodger” presentó canciones más cortas, estribillos reconocibles y estructuras pop, pero alteradas desde dentro.

 

El disco se dividió en dos partes muy bien definidas: la primera mostró una fuerte relación con el desplazamiento, los viajes y la sensación de ser un extranjero; la segunda fue más social y psicológica. Pese a sus cualidades, la prensa lo calificó de disperso e impersonal.

 

Si bien puede argumentarse que se trató de una obra poco cohesionada, esta produjo un gran sencillo: “Boys Keep Swinging”, que llegó al número siete de las listas británicas.

 

“Lodger” se distinguió por rolotas como “Fantastic Voyage”, que habla sobre la fragilidad del mundo y la posibilidad de una catástrofe; “African Night Flight”, una pieza de ritmos inquietos y atmósferas extrañas; “Move On”, que retoma la idea del viaje y el movimiento; y “Look Back In Anger”, donde Bowie combina una interpretación intensa con una instrumentación que desafía las convenciones del rock.

 

También destacaron “DJ”, una mirada irónica al mundo de la fama y la figura del disc jockey, y “Red Sails”, que mezcla influencias musicales diversas con una energía impredecible.

 

Quizá este disco no alcanzó la consistencia ni el impacto de “Low” y “Heroes”, pero eso no le resta méritos. Es un álbum inquieto, cambiante y deliberadamente extraño, en el que Bowie se negó a repetir una fórmula que ya le había dado excelentes resultados. Más que cerrar una etapa de manera convencional, el disco demostró que su curiosidad artística seguía intacta.

 

Más que recomendable.

At War with The Mystics


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

Después del magistral Yoshimi Battles the Pink Robots, todo mundo (incluido yo) esperaba el siguiente trabajo de The Flaming Lips, que llegó cuatro años después. El 3 de abril de 2006, Wayne Coyne, Steven Drozd y Michael Ivins publicaron “At War with the Mystics”.

 

Un álbum más guitarrero y con letras de temática política (los tiempos lo ameritaban). La verdad, yo creo que, en el fondo, esperábamos una segunda parte de “Yoshimi”. ¡Qué equivocados estábamos! Eso no quiere decir que sea un mal disco; no, para nada, pero sí es diferente.

 

Nuevamente bajo la tutela del gran Dave Fridmann, quien se encargó de producir esta nueva placa, el álbum presenta una propuesta distinta. El tema que abre el disco, “The Yeah Yeah Yeah Song”, es prescindible, pero totalmente adictivo; muy pegadizo. El falsete de Coyne en la canción funk “Free Radicals” lo lleva a un terreno que ya exploraron Beck y Prince, y la verdad es que no sale bien librado. Por suerte, se redime rápidamente con “Vein of Stars” y “My Cosmic Autumn Rebellion”.

 

Como decía, las letras están muy politizadas, pero resultan bastante endebles. No están al nivel de las de Dylan (ya sé, una comparación muy cruel, pero el de Minnesota es una referencia obligatoria en este tipo de temas). Sin embargo, “At War with the Mystics” brilla con una asombrosa intensidad en lo musical. El trabajo de Fridmann es determinante, pero también lo son la ejecución y las ideas musicales de los integrantes de la banda. Como ejemplo de esta brillantez están “The W.A.N.D.” y “Pompeii Am Götterdämmerung”, dos piezas increíbles que suenan al Pink Floyd de 1972. Ojo, no digo que sean una copia, para nada, pero Waters y compañía pudieron haber firmado sin problemas este par de canciones.

 

La banda celebrará el próximo mes de noviembre las dos décadas de la publicación de este álbum con una edición de lujo (Deluxe Edition). El lanzamiento estará disponible en formatos de seis LP y seis CD, e incluirá 19 demos y 14 grabaciones de estudio que no se habían publicado oficialmente durante la creación del disco, junto con dos presentaciones en vivo de 2006: U.F.O.s at the Zoo y Live at the Hollywood Bowl. De esta manera, la colección reúne una amplia cantidad de material que permite conocer una faceta distinta de la banda liderada por Wayne Coyne.

 

Si el existencialismo tierno de Yoshimi atrajo a nuevos fans a The Flaming Lips, la incoherencia de “At War with the Mystics” inevitablemente los dividirá. Sin embargo, es un disco que vale la pena escuchar: de esos que, cuanto más los escuchas, más cosas nuevas y asombrosas descubres.

Homogenic


 

Por Oscar Fernández Herrera

                                                                                                                

 

 

Escribir sobre Björk Guðmundsdóttir es siempre un placer y, al mismo tiempo, un reto, porque difícilmente podría ser imparcial. Su música me ha acompañado durante más de tres décadas, así que imaginen la cantidad de sentimientos que ha despertado en mí a lo largo de todo este tiempo. Dueña de una voz etérea, versátil y llena de matices, capaz de transitar entre la dulzura y la intensidad con un timbre único e inconfundible, la islandesa es una artista intrépida y vanguardista que explora constantemente los límites de la música, la moda y la expresión artística con una autenticidad inquebrantable.

 

Después del ataque perpetrado en su contra por Ricardo López, Björk se trasladó a España para trabajar en El Cortijo, un estudio instalado en una casa en las montañas del sur de la península ibérica. Allí trabajó con Mark Bell, Howie B, Guy Sigsworth, Markus Dravs y Mark «Spike» Stent, además de Eumir Deodato, quien se encargó de los arreglos orquestales.

 

“Homogenic”, lanzado en 1997, cuyo título original iba a ser “Homogeneous”, fue la contraparte de la pluralidad de “Post”, pues representó, en palabras de Björk, “un estado mental y un período de obsesiones concreto”. La islandesa llegó a describir el álbum como una especie de anatomía musical: las cuerdas representarían el sistema nervioso; la voz, los pulmones y el oxígeno; y el ritmo, el corazón. Pese a su estética definida, el disco fue el resultado de un proceso de prueba, error y descubrimiento.

 

Resulta imposible destacar solo un puñado de temas, pues todos son increíbles, pero me quedo con “Hunter”, una canción sobre la búsqueda, la independencia y la transformación; “Jóga”, dedicada a su amiga Jóhanna Jóhannsdóttir y relacionada con Islandia y la sensación de pertenencia a un territorio; “Unravel”, una composición vulnerable y casi susurrante; “Bachelorette”, un sencillo dramático, teatral y profundamente emocional; “5 Years”, que representa la faceta más agresiva y amarga del álbum; “Pluto”, un temazo de electrónica abrasiva y ritmo frenético, en el que Björk parece querer destruir la versión anterior de sí misma para comenzar de nuevo; y “All Is Full Of Love”, un himno sublime.

 

De aquellas sesiones también surgieron canciones destacadas como “So Broken”, “Scary”, “Sod Off” y “My Snare”, publicadas como lados B, así como outtakes como “Oxygen” y “You Only Live Twice”, además de numerosos remixes disponibles en las distintas versiones de los sencillos.

 

El disco fue recibido por la prensa con entusiasmo, aunque también con cierta sorpresa ante su sonido más oscuro y experimental. Los críticos destacaron la manera en que Björk combinó la electrónica, las cuerdas y una enorme carga emocional. Aunque algunos consideraron que “Homogenic” era menos accesible que Post, con el tiempo se consolidó como una de las obras más importantes y arriesgadas de su carrera. Sus seguidores más incondicionales lo amaron desde el principio.

 

La portada del álbum es tan importante como sus canciones. Para conseguir un gran impacto visual, Björk contactó al diseñador Alexander McQueen y al fotógrafo Nick Knight, pues quería aparecer como una especie de criatura procedente del fondo del mar, sometida a la presión del agua y con rasgos que recordaran a los de un pez gato.

 

El resultado fue deliberadamente incómodo: Björk apareció como una criatura de otro mundo, con el rostro transformado en una máscara y el cuerpo envuelto en un kimono diseñado por McQueen. No se presentó como una estrella pop accesible. Mostró a alguien que se transformó en otra cosa para sobrevivir.

Panteón Rococó en el Tiny Desk


 

Por Edgar Fernández Herrera

 


El pasado 1 de octubre, la agrupación mexicana de ska Panteón Rococó se presentó en el popular Tiny Desk de NPR, durante el Mes de la Herencia Hispana en Estados Unidos.

 

Panteón Rococó interpretó canciones emblemáticas de su repertorio, pero también destacó por los poderosos mensajes sobre las personas desaparecidas en México y por su apoyo a Palestina y a los migrantes.

 

La sesión comenzó con «Arréglame el alma», tema que la banda interpretó con mucho entusiasmo. Dr. Shenka interactuó con el público en español e inglés y mostró su orgullo por sus raíces mexicanas al referirse a la agrupación como «el gran y maldito monstruo de la Ciudad de México».

 

El momento más significativo de la sesión llegó con “1993”, una canción que transmitió un mensaje triste y poderoso, a manera de testimonio y reclamo ante las desapariciones en México. Esta problemática mantiene al país sumido en una crisis social y coloca al Estado mexicano bajo la mirada de la comunidad internacional, que exige soluciones al respecto.

 

La banda aprovechó su espacio en NPR para expresar, de manera enérgica y contundente, el siguiente mensaje:

 

“Para todos nuestros desaparecidos allá en México: te extraño, siempre te busco. Algún día nos encontraremos de nuevo”.

 

El ska mexicano se mostró solidario y empático a través de esta reflexión.

 

Pero, además de la música y los mensajes, hubo símbolos de apoyo a distintas causas sociales y políticas. Dr. Shenka vistió un jersey del Club Deportivo Palestino, equipo de la liga de fútbol chilena estrechamente vinculado con la comunidad palestina. La prenda, que incluía la leyenda “Bank of Palestine”, fue una muestra de apoyo a Palestina por parte del vocalista y, por extensión, de la banda.

 

Por su parte, Leonel Rosales, guitarrista de la agrupación, tampoco se quedó atrás: lució una playera con la leyenda “Ningún ser humano es ilegal”, en respaldo a los derechos de las personas migrantes.

 

La sesión terminó con dos clásicos de la banda y del rock mexicano: “La dosis perfecta” y “La carencia”. Esta presentación se puede ver en el canal de YouTube de NPR Music.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Yoshimi Battles The Pink Robots


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

Escuché por primera vez a los Flaming Lips por ahí de 1993 o 1994, en la radio. Lo más seguro es que haya sido en Radioactivo 98.5 de FM; era la única onda radial donde podías escuchar este tipo de grupos. No había muchas opciones para conocer y escuchar bandas recientes de esos años.

 

Sin embargo, no recuerdo si me gustaron o no los oriundos de Oklahoma City. En esos días estaba sumergido —unos dirán que aún estoy— en las sonoridades oscuras de The Cure. Tendrían que pasar unos años más para escuchar con fervor a Wayne Coyne y compañía.

 

Corría el año 2002 y The Flaming Lips publicaban su décimo álbum, el flamante “Yoshimi Battles the Pink Robots”, un disco conceptual entre comillas, ya que solo un par de canciones narran la pelea de Yoshimi contra unos robots rosados que pretenden acabar con la humanidad. Sin embargo, a lo largo del disco hay temas que no tienen ninguna relación con el supuesto tema principal, pero funcionan. En una entrevista, Coyne explica que no era la intención hacer un álbum conceptual. Él tenía la idea y, al final, me parece que lo logró: que tuviera esa idea conceptual sin serlo al 100%, algo así como el Sargento Pimienta de The Beatles, un disco con un tema, pero también con melodías independientes que no contrastaran con el producto final. Y repito, los Flaming Lips lo lograron.

 

El disco, en su momento y con el paso de los años, ha sido objeto de reseñas positivas, que resaltan la capacidad de sus letras para evocar emociones que inspiraron a músicos y muchos oyentes —me incluyo—, con temas tan universales como el amor, la melancolía y la lucha contra alguna enfermedad.

 

La pieza abridora es la fantástica “Fight Test”, la cual tiene acordes muy similares a una canción llamada “Father and Son”, de Cat Stevens, también conocido como Yusuf Islam por su simpatía hacia la religión islámica. A pesar de que se le advirtió a Wayne Coyne de esta similitud, lo ignoró por completo y así se publicó, lo que ocasionó que Yusuf Islam facturara, hasta la fecha, pagos por derechos de autor, recibiendo el 75% de las regalías por la canción, además de ser acreditado como coautor.

 

Yoshimi es un personaje real. Su nombre es Yoshimi P-We, es amiga de la banda y fue miembro de una banda llamada Boredoms. Y no solamente toman prestado su nombre para esta aventura; ella también participó al prestar su voz o gritar en algunas canciones.

 

Yoshimi es una chica japonesa que sabe karate y no duda en utilizarlo para defender a la humanidad de una amenaza terrorífica. Llegan a la Tierra unos robots rosados dispuestos a aniquilar a los seres humanos, toda una historia de cómic, pero tiene un significado más siniestro —no sé si sea apropiado este adjetivo— y triste, y por lo cual me “caló muy hondo” este disco. Además de ser un álbum de una gran calidad letrística y musical, me identifiqué con la temática del disco, pues resulta que la pelea de nuestra protagonista contra los robots es una metáfora, ya que la lucha es contra el cáncer. El papá de Wayne Coyne sufría de un cáncer terminal y todo ese proceso lo plasmó en las letras de un par de canciones. Yo tenía muy poco de haber pasado por un proceso similar y, pues, no fue tan difícil conectar con el “Yoshimi Battles the Pink Robots”.

 

“Yoshimi Battles the Pink Robots, Pt. 1” la escribió durante el momento en que su padre perdía la batalla contra la enfermedad. En la canción, ella defiende la ciudad con toda su energía, trata de no agotarse ni perder el entusiasmo, pero empieza a notar que todos a su alrededor la cuestionan y muy pocos le dan su voto de confianza. Para ellos, la pelea está perdida. Aunque no recuerdo haber escuchado a algún familiar o amigo hacer algún comentario que bajara nuestras defensas y ánimos, sin embargo, de repente sí llegué a notar pesimismo ante la situación.

 

La parte 2 de esta canción, según explica Wayne Coyne, ya que es un tema instrumental, deja la batalla abierta: todo puede ocurrir, un triunfo o una derrota.

 

Pero no todo en el disco, fue sobre la enfermedad terminal del padre de Wayne Coyne, también notaremos lazos de amistad. Uno de los momentos más hermosos del disco lo encontramos en la extraordinaria “Do You Realize??”. No solamente Coyne atravesaba por momentos difíciles; Steven Drozd, baterista de la agrupación, recién había perdido a su padre en un accidente automovilístico y, en su depresión, caía en un espiral de drogas. La canción se le dedicó a Drozd, con una letra que lo invita a un mundo sobrio. Ahí lo estarán esperando sus amigos para apoyarlo.

 

Como decíamos con anterioridad, no todo el álbum trata de la batalla contra los robots. También encontramos canciones con temas distintos, pero muy emocionales, como la bellísima “It’s Summertime”, que nos remite a algún verano de nuestra niñez, al recuerdo de estar de vacaciones con la familia o convivir con los amigos. Un tema muy simple, pero reconfortante y nostálgico.

 

La producción de un álbum tan fundamental corrió a cargo de Dave Fridmann.

 

En 2022, con motivo del vigésimo aniversario y para celebrarlo con bombos y platillos, se publicó un box set que remasterizó el disco y se complementó con B-sides, demos y presentaciones en concierto, toda una experiencia totalizadora.

 

“Yoshimi Battles the Pink Robots” es una joya de la música de este nuevo milenio, un disco de gran calidad que muestra lo poderoso que puede ser el pop bien trabajado. Por esta razón y, además, por identificarme en una cuestión muy personal, se convirtió en un álbum fundamental en mi vida.

La Maldición De La Malinche

  Por Oscar Fernández Herrera A mi Poncita , mi eterna compañera                                                                        ...