Por Oscar Fernández Herrera
A mi Poncita, mi
eterna compañera
Conocí a Gabino Palomares gracias a mi mamá, quien, en su
momento, no paró de escuchar su participación en “El Soundtrack de una Vida”,
una producción del Instituto Mexicano de la Radio conducida por la periodista
cultural Laura Barrera. La propuesta consistió en reconstruir la vida del
cantautor a partir de las canciones que marcaron distintos momentos de su
existencia. El episodio resulta sumamente entretenido gracias al talento y la
simpatía de Palomares.
Originario de Comonfort, Guanajuato, Palomares pasó buena
parte de su juventud en San Luis Potosí. Si bien estudió Ingeniería Química, la
música y la poesía ocuparon el centro de su vida. En 1972 y 1973 ganó festivales
de la canción universitaria y presentó su espectáculo “Poemas y Canciones”. En
1975 se trasladó a la Ciudad de México, donde encontró el ambiente de las
peñas, universidades, sindicatos, plazas y organizaciones sociales que dieron
forma al Canto Nuevo Mexicano. Allí se relacionó estrechamente con Amparo
Ochoa, Óscar Chávez y Los Folkloristas.
Frente a una industria musical que privilegiaba las
propuestas más asimilables y facilonas, Discos Pueblo, fundado por José Ávila
en 1973, fue precisamente una de las pequeñas compañías que permitieron grabar
y difundir “La Maldición De La Malinche”. Su propósito era crear un espacio
alternativo frente al predominio de las grandes empresas y los medios
comerciales. En el disco, Palomares habló de pobreza, explotación,
trabajadores, pueblos indígenas, desigualdad y poder político; es decir, de
asuntos que no encajaban fácilmente en la lógica de la radio comercial.
En esta obra participaron Grupo Canek, José Ávila, Gerardo
Tamez, Ramón Sánchez y otros músicos vinculados al movimiento, mientras que
Fernando Martín aparece relacionado con la grabación y el diseño. El resultado
fue un disco bastante breve: nueve canciones, todas compuestas por Palomares,
con una duración total cercana a la media hora. Y eso también dice algo de la
época: no era un álbum construido alrededor de sencillos comerciales, sino una
especie de declaración artística y política.
El repertorio nos acercó a distintas preocupaciones del
cantautor. Desde “Mi desierto” y “Nicaragua” hasta “La Letanía De Los poderosos”
y “Son Del Obrero”, el álbum estableció una relación directa entre la canción y
la realidad social. No hay demasiados rodeos ni metáforas que oculten sus
intenciones: Palomares habló de las desigualdades, de quienes trabajan y sostienen
al país, de los abusos del poder y de los pueblos que han tenido que defender
su identidad frente a distintas formas de dominación.
Por supuesto, el momento cumbre llegó con “La Maldición De La
Malinche”, una canción que trasciende el disco y se convirtió en una de las
composiciones más reconocidas del Canto Nuevo Mexicano. A través de una mirada
crítica sobre la conquista española y sus consecuencias, Palomares cuestionó
una mentalidad que desprecia lo propio y admira lo extranjero, una
contradicción que sigue presente en distintos ámbitos de la sociedad mexicana.
La canción no se limitó a recordar un episodio histórico: señaló una herida
cultural que permanece abierta.
Lo interesante es que el tema no se quedó únicamente en los
espacios alternativos donde nació y circuló buena parte de esta música. Amparo
Ochoa y Los Folkloristas contribuyeron a su difusión, y la canción llegó a
convertirse en una referencia del repertorio latinoamericano comprometido con
las causas sociales. Su permanencia demostró que una composición puede superar
las circunstancias que le dieron origen y encontrar nuevos significados con el
paso del tiempo.
No estamos ante una obra que deba medirse con los mismos
criterios que una producción comercial ni que necesite cifras de ventas
extraordinarias para justificar su importancia. Su legado se encuentra en las
canciones, en los espacios donde encontraron resonancia y en la manera en que
algunas de ellas se incorporaron a la memoria colectiva. La canción que da
título al disco es el ejemplo más evidente, pero el resto del repertorio
permite comprender mejor las preocupaciones artísticas y políticas de su autor.
“La Maldición De La Malinche” fue, en definitiva, un
testimonio de una época en la que la música también servía para tomar posición,
cuestionar el orden establecido y dar voz a quienes pocas veces encontraban un
lugar en los medios comerciales. ¡Discazo!





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