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sábado, 8 de agosto de 2026

Bloodflowers


 Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Escuché a The Cure cuando aún estudiaba la secundaria gracias a mi hermano, quien pasaba buena parte de sus tardes y seguía a la banda como si se tratara de un pronunciamiento casi religioso. Resultó imposible no enamorarse de obras maestras como “Disintegration”, “Pornography”, “The Head On The Door”, “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me” o “Faith”, por mencionar apenas una parte de lo más sobresaliente que esta agrupación británica nos ha regalado. Sin embargo, debo confesarles que “Bloodflowers” es, quizá, mi disco favorito.

 

Lanzado en 2000, este álbum llegó en un momento crítico para Robert Smith y compañía debido al irregular desempeño de “Wild Mood Swings”, publicado en 1996 y del que apenas puedo rescatar el sencillo “The 13th”. Después de esta colección de rolas tan dispersas, The Cure decidió recuperar su identidad emocional con “Bloodflowers”, un trabajo pulido, coherente y bastante sólido.

 

Pese a ser un grupo tan afamado, Robert asumió el control creativo para lograr una producción íntima, pausada y, en ocasiones, desmedidamente atmosférica. El disco se caracterizó por sus largos paisajes sonoros, sus guitarras envolventes y sus letras marcadas por la reflexión sobre el paso del tiempo, el envejecimiento, la pérdida y la memoria.

 

En aquellos años, la industria musical se encontraba dominada por el britpop, el nu metal y el pop adolescente, por lo que “Bloodflowers” aparentaba ser una obra pretérita o caduca. Nada de eso, pues Robert Smith recuperó, con estas canciones, su esencia lóbrega y maliciosa. La recepción fue generosa, ya que la grabación fue calificada como conmovedora, aunque algunos críticos objetaron la duración de ciertos temas.

 

Con todo, “Bloodflowers” no consiguió ventas millonarias, aunque los fanáticos sí lo celebraron como el último gran disco de The Cure antes del prolongado silencio que vino después.

 

Sobresalen “Out Of This World”, con su atmósfera inmensa y contemplativa; “The Last Day Of Summer”, una reflexión sobre el paso del tiempo y la pérdida de la juventud; “Bloodflowers”, un tema largo, lento y meditabundo; “Maybe Someday”, un sencillo más directo y melódico; y “There Is No If...”, con una de las letras más íntimas y dolorosas del álbum.

 

¿Qué más decir? ¡Corra a escucharlo!

Diamond Dogs


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Cuando David Bowie publicó “Diamond Dogs” en 1974, se encontraba en uno de los momentos más inciertos de su magnífica carrera, pues ya había abandonado a Ziggy Stardust y, como consecuencia, disuelto a The Spiders from Mars, lo que le permitió deshacerse de la identidad que le había dado el reconocimiento mundial que buscó durante años. El disco nació, en gran medida, de su obsesión por llevar al terreno musical la novela “1984”, de George Orwell.

 

Bowie llegó a escribir varias canciones inspiradas directamente en la obra del prosista británico y planeó incluso una adaptación escénica, pero los derechos le fueron negados por Sonia Orwell, viuda del escritor. Lejos de abandonar la idea, decidió reciclar parte del material e integrarlo en una visión propia de un mundo decadente y posapocalíptico. El resultado fue “Diamond Dogs”.

 

Para su grabación, el Delgado Duque Blanco asumió el control creativo para lograr un álbum prácticamente solista, lo que implicó un cambio en su método de trabajo. Como resultado, puede apreciarse una obra más personal y experimental, casi oscura y teatral, muy lejos de las fórmulas que hicieron tan famoso a Ziggy Stardust.

 

El material final se movió entre el rock áspero, el soul primario que Bowie desarrollaría más tarde en “Young Americans” y los paisajes sonoros teatrales reflejados en “Sweet Thing”, “Candidate” o “Big Brother”. Muchos críticos señalaron que el disco funcionó como un puente entre dos etapas fundamentales de su enorme trayectoria.

 

Si bien la recepción inicial fue positiva, este lanzamiento no se libró de cierto desconcierto debido a su irregularidad, según los comentarios de la prensa de aquella época. No obstante, con el paso de los años, “Diamond Dogs” ha sido reconsiderado hasta establecerse como una obra maestra del camaleón inglés.

 

De este discazo sobresalen, especialmente, “Diamond Dogs”, el célebre tema que funcionó como una puerta de entrada al universo distópico de Hunger City, con su ambiente oscuro y amenazante; “Rebel Rebel”, la pieza más famosa gracias a su riff de guitarra, uno de los más reconocibles de la historia del rock, y cuya letra celebra la ambigüedad de género, la individualidad y la rebeldía juvenil; y “1984”, inspirada en la obra de Orwell, que rememora un mundo angustioso donde predominan el control estatal y la pérdida de la libertad individual.

 

Debo admitir, queridos lectores, que cuando escuché “Diamond Dogs” por primera vez, me resultó muy difícil disfrutarlo. Probablemente me pareció desigual o, incluso, malísimo. Mi amor por él creció con las continuas reproducciones. En ocasiones, así funciona el mágico universo de Bowie.

 

Por otra parte, es necesario hablar de su portada. David le encargó el arte al ilustrador belga Guy Peellaert, a quien admiraba profundamente tras descubrir su libro “Rock Dreams”. A partir de fotografías tomadas por Terry O’Neill, Peellaert creó una de las imágenes más perturbadoras e inmortales de la historia del rock: Bowie convertido en una criatura híbrida, mitad hombre y mitad perro. La ilustración reflejó perfectamente las obsesiones del disco por la mutación, la decadencia, la deformación física y la supervivencia en un mundo en ruinas.

 

La reacción fue inmediata. Los ejecutivos se escandalizaron al descubrir que la imagen original mostraba explícitamente los genitales del ser híbrido. La compañía ordenó que fueran eliminados mediante retoques antes de la distribución masiva, pero algunas copias sin censura sí llegaron a las tiendas antes de la modificación y, con el tiempo, se transformaron en auténticas piezas de colección.

 

Por otra parte, muchísimas bandas y artistas han realizado interpretaciones personales de algunos de los temas más célebres de este trabajo: “Diamond Dogs” fue tocada también por Beck, Duran Duran, Def Leppard y Joan As Police Woman; y Tina Turner grabó una poderosa lectura de “1984” para transformarla en un tema más cercano al soul y al pop de los ochenta.

 

“Diamond Dogs” es un disco que merece estar en cualquier colección musical que se precie de rigurosa.

Life Will See You Now


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Como si se tratara de un accidente, escuché “Night Falls Over Kortedala”, de Jens Lekman, en 2007, justo en un momento en el que necesitaba descubrir sonidos apasionantes y genuinos. Tanto me enamoré de ese disco que rápidamente lo situé entre mis favoritos. Desde entonces, sigo a este artista con inconmensurable atención.

 

Después de casi cinco años sin lanzar un álbum de estudio, Jens regresó en 2017 con “Life Will See You Now”, una colección de diez temazos que surgió tras un bloqueo creativo que se presentó al finalizar la promoción de “I Know What Love Isn’t”, de 2012. Para superarlo, el intérprete sueco escribió y publicó una canción cada semana hasta darle forma a “Postcards”, el proyecto que inspiraría uno de sus discos más aplaudidos.

 

A diferencia de sus trabajos anteriores, Lekman colaboró estrechamente con el productor británico Ewan Pearson. El resultado fue un sonido más pulido y natural, que fusionó elementos de disco, samba, calipso y pop orquestal sin perder la sensibilidad narrativa que siempre lo había caracterizado.

 

“Life Will See You Now” nació de pequeñas historias cotidianas que, bajo una apariencia ligera o incluso humorística, escondieron reflexiones sobre la soledad, la enfermedad, la inseguridad y el paso del tiempo. El tema “Evening Prayer”, por ejemplo, abordó la incapacidad de expresar afecto entre amigos varones, mientras que “Postcard #17” mostró a un cronista atrapado por las dudas y la falta de confianza en sí mismo.

 

Pero este discazo tiene muchísimo más para el público: “Hotwire The Ferris Wheel”, mi favorita, un tema que contó con la participación de la británica Tracey Thorn y que habla de rebelarse, aunque sea por una noche, contra la apatía y la resignación; “What’s That Perfume That You Wear?”, que describe a un narrador que reconoce un perfume y queda atrapado por una avalancha de emociones asociadas a una relación pasada; “Wedding In Finistère”, cuya historia se centra en una novia que atraviesa una crisis existencial justo en uno de los días más importantes de su vida; y “Dandelion Seed”, una canción súper emotiva, pues cuenta la historia de una persona que reconoce cuánto tiempo ha vivido a la defensiva, esperando siempre que ocurra lo peor.

 

El álbum, ilustrado por la sueca Klara Wiksten, consolidó el prestigio de Lekman dentro del ámbito del indie pop internacional. “Life Will See You Now” apareció en numerosas listas de recomendaciones de 2017 y reforzó la reputación de un compositor que ya era considerado una figura de culto. ¡De colección!

viernes, 31 de julio de 2026

Strange Attitude


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Durante los primeros años del milenio, me desempeñaba como asistente de prensa internacional cuando un compañero del área llevó el disco “Strange Attitude”, de Benjamin Diamond, para amenizar nuestra mañana. Quedé tan fascinado con el álbum, de principio a fin, que lo compré tan pronto como pude.

 

Benjamin Diamond, el sobrenombre artístico de Benjamin Cohen, es un intérprete, compositor, productor y músico francés, considerado una de las voces más reconocibles del French Touch. Si bien desarrolló una carrera en solitario, su nombre quedó asociado para siempre a Stardust, grupo integrado por Alan Braxe y Thomas Bangalter, los genios detrás de Daft Punk. Diamond fue el intérprete de “Music Sounds Better With You”, uno de los sencillos más influyentes de la música electrónica de finales de los noventa.

 

Antes del arrollador éxito que alcanzó con Stardust, Diamond ya había probado suerte con bandas como Chicken Pops y The Party, con las que logró notoriedad en tierras francesas. Después, influido por artistas como New Order, Roxy Music, Prince y Michael Jackson, orientó su trabajo hacia el electrofunk. Todos esos antecedentes germinaron en “Strange Attitude”, lanzado en 2000, un debut con una personalidad amplia y adictiva.

 

Con un sonido que abrazó el house galo, la música disco, el funk ochentero, el R&B y el synthpop, “Strange Attitude” se distinguió rápidamente por sus temas con estructura pop y un fuerte componente melódico. La prensa especializada lo elogió sin objeciones. El crítico Prasad Bidaye, de Exclaim!, aseguró que Benjamin se erigía como un “divo masculino” dotado de un gran carisma.

 

Pese a sus abundantes cualidades, este álbum no logró un éxito descomunal debido a que solo recibió el respaldo de un público de nicho. Sin embargo, es un trabajo lleno de temas increíbles como “Joyride”, un house elegante y desenfadado; “Strange Attitude”, un groove pausado que incorpora poco a poco capas de sintetizadores y efectos vocales; “Little Scare”, un pegajoso himno repleto de sensualidad, funk y electrónica; “18 & Over”, un sencillo descaradamente funk; “The Rain”, una remezcla del éxito de Oran ‘Juice’ Jones; “Playin’ With Myself”, una canción minimalista que aborda la infidelidad y el desencanto sentimental; “Rich Personality”, una pista funk muy emocionante; y “Read In Your Mind”, un jam electrónico asombroso.

 

“Strange Attitude” merece ser escuchado porque representó un momento muy particular en la evolución de la música electrónica francesa. Es, al mismo tiempo, juguetón y sofisticado. Con una ingeniosa combinación de sintetizadores coloridos, bajos profundos y una estética que recuerda al funk y al disco de finales de los setenta, ofrece melodías completas, estructuras elaboradas y una identidad propia. ¡Magnífico!

Tour De France


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Después de una pausa de más de diez años, “Tour De France” fue el glorioso regreso de Kraftwerk a los escenarios y a las listas de popularidad. Lanzado en 2003, este ambicioso proyecto comenzó inmediatamente después de “Computerwelt”, en 1981, cuando Ralf Hütter y Florian Schneider idearon un álbum que, en un principio, llevaría por título “Technopop”. La pieza central de ese proyecto fue “Tour De France”, un sencillo publicado en 1983 como homenaje a la carrera ciclista francesa.

 

Si bien la intención original fue construir un disco completo alrededor del ciclismo, el proyecto quedó suspendido y nunca llegó a completarse en aquella época. Las razones de este aplazamiento fueron el accidente de bicicleta que Hütter sufrió en 1982 y la modernización de los estudios Kling Klang, proceso que tomó varios años. Finalmente, gran parte del material previsto para “Technopop” terminó transformándose en “Electric Café”, de 1986, mientras que la idea de “Tour De France” quedó archivada durante más de dos décadas.

 

Fue hasta inicios del milenio que Kraftwerk recuperó aquel concepto musical inconcluso, aunque reescribió buena parte del material desde cero. Su intención fue que “Tour De France” coincidiera con el centenario de la competencia ciclista más famosa del mundo. El resultado final no solo retrató la carrera, sino también la relación entre el cuerpo humano, la tecnología, el ritmo cardiaco y el movimiento, temas que ya formaban parte del universo creativo de los teutones.

 

Pese a las opiniones divididas, el álbum logró despuntar gracias a su capacidad para sonar contemporáneo sin renunciar a su identidad minimalista. Los críticos destacaron la manera en que el disco dialogó con corrientes modernas como el microhouse sin perder la esencia mecánica y sofisticada del grupo. Del mismo modo, es necesario reconocer que “Tour De France” no puede compararse con “Autobahn”, “Die Mensch - Maschine” o “Trans Europa Express”, sus más grandes obras.

 

De este discazo puedo recomendar “Tour De France, Étape 1, 2, 3”, el corazón del proyecto, una pieza que funciona como una sola composición continua, igual que un recorrido ciclista; “Aéro Dynamik”, con su base rítmica casi hipnótica, donde cada sonido parece colocado con una precisión casi quirúrgica; “Vitamin”, tan memorable gracias a sus sintetizadores; y “Elektro Kardiogramm”, que traduce literalmente el funcionamiento del cuerpo al lenguaje electrónico.

 

Escuchar este álbum nos regala una experiencia sonora donde cada pedalazo, cada respiración y cada latido del corazón tienen un equivalente musical. Es un trabajo que no busca impresionar con grandes explosiones sonoras; su fuerza radica en los pequeños detalles, en la repetición hipnótica y en la sensación de movimiento constante. ¡Un lujo!

West End Girl


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Después de una pausa de siete años, Lily Allen lanzó “West End Girl” el 24 de octubre de 2025, su séptimo álbum de estudio, un trabajo que nació en un momento de profunda transformación emocional, pues coincidió con la separación del actor David Harbour, su esposo, y con su residencia simultánea en Nueva York y Londres. La artista británica explicó que este disco surgió como “una forma de ordenar sus pensamientos y transformar experiencias difíciles en canciones”.

 

El proceso de grabación fue rápido, ya que Lily escribió y grabó el álbum durante una intensa sesión de aproximadamente diez días en Los Ángeles, a finales de 2024, antes de concluirlo en estudios de Londres y Nueva York. Allen trabajó estrechamente con el productor y compositor Blue May, quien más tarde declaró que ambos quisieron capturar la emoción del momento sin permitir que el exceso de planificación apaciguara las ideas.

 

En lo musical, “West End Girl” representó una transformación con respecto al estilo que siempre ha caracterizado a Lily Allen, aunque mantuvo la ironía y la agudeza de sus letras. El disco contó con una producción mucho más cinematográfica y diversa, con elementos de synth pop, música electrónica, arreglos orquestales y pasajes acústicos.

 

Son muy recomendables “Ruminating”, un tema que retrata la ansiedad y los pensamientos obsesivos que aparecen después de una ruptura amorosa; “West End Girl”, con un ingenio lírico que hizo famosa a Lily Allen en discos como “It’s Not Me, It’s You”; “Madeline”, una canción que aborda la figura de “la otra mujer” con una mezcla de ironía, enojo y empatía; “Nonmonogamummy”, que explora las relaciones abiertas, la maternidad y las expectativas sociales; “Just Enough”, una canción minimalista y poderosa; y “Pussy Palace”, que, pese a su título tan provocador, reflexiona sobre la libertad y el redescubrimiento personal tras un rompimiento amoroso.

 

En términos comerciales, “West End Girl” significó un regreso exitoso para Lily Allen. El álbum es su primer trabajo de estudio en siete años y volvió a situarla en la conversación de la crítica musical y de los medios internacionales. El público lo recibió con entusiasmo y está de más decirles, queridos lectores, que resulta obligadísimo escucharlo con mucha atención.

Art Official Age


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Cuando Prince lanzó, simultáneamente, “Art Official Age” y “Plectrumelectrum”, en 2014, jamás me imaginé que su existencia estaba por llegar a un trágico final. Me lo imaginé eterno, pues. Con todo, debo confesarles, estimados lectores, que disfruté “Art Official Age” al máximo, como si sospechara lo que sucedería dos años después.

 

Dos álbumes tan dispares merecen un análisis por separado; así que me centraré en el primero de ellos. Después de años de una punzante disputa con Warner Bros., el geniecillo de Minneapolis regresó a su antigua discográfica para regalarnos uno de los mejores trabajos de toda su carrera. En aquel momento, Prince experimentaba con la producción digital moderna, el R&B contemporáneo, la psicodelia, el funk clásico, la palabra hablada y el soul. El resultado fue “Art Official Age”, un disco que jugó con el concepto de la ciencia ficción de una manera sutil e inquietante.

 

La temática del álbum giró alrededor de un protagonista que despertó tras décadas de criogenización en una sociedad futura. La narración transcurre gracias a las intervenciones habladas de Lianne La Havas, quien actuó como una especie de cronista de ese universo. En “AOA”, Prince cantó sobre el paso del tiempo, la tecnología, el amor, la identidad, el envejecimiento y la permanencia del arte frente al cambio tecnológico.

 

A pesar de que su autor asumió un férreo control creativo, aquí escuchamos las colaboraciones de Lianne La Havas, Andy Allo, Delilah, Stringenius y The Hornheads. Prince se encargó de las voces, las guitarras, el bajo, los teclados, la programación, la producción y los arreglos.

 

De este discazo podemos señalar “Breakdown”, una balada emocionante; “Breakfast Can Wait”, un tema juguetón y sensual; “Clouds”, una reinvención del sonido más clásico de Prince sin parecer desesperadamente moderno; “The Gold Standard”, un funk súper explosivo; y “Way Back Home”, un tema espiritual e introspectivo.

 

Pero también destacan “This Could B Us”, un temazo que habla de una relación marcada por la distancia emocional y la nostalgia de lo que pudo haber sido; “U Know”, un funk digital caracterizado por su programación electrónica; “Time”, una reflexión sobre el paso del tiempo, la memoria y la transformación personal; y “Funknroll”, una versión futurista muy distinta de la que aparece en “Plectrumelectrum”.

 

La prensa especializada elogió “Art Official Age” desde un principio y le otorgó valoraciones sobresalientes. Medios como Billboard, Rolling Stone y Los Angeles Times se mostraron entusiastas al señalar que Prince aún conservaba su creatividad, sofisticación y genialidad. Pitchfork, por otra parte, fue más severo al afirmar que el álbum era “demasiado disperso” y que no suponía un auténtico regreso a su mejor nivel.

 

Los aspectos más sobresalientes del álbum fueron la enorme variedad estilística, la producción extremadamente detallada y la mezcla categórica entre el funk clásico y la electrónica moderna.

 

Quizá no sea una obra maestra, pero “Art Official Age” plasmó una visión artística clara en lugar de buscar el éxito comercial fácil, combinó reflexión con experimentación y demostró una curiosidad musical poco común en un artista con más de tres décadas de trayectoria.

Bloodflowers

  Por Oscar Fernández Herrera       Escuché a The Cure cuando aún estudiaba la secundaria gracias a mi hermano, quien pasaba buena par...