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sábado, 12 de septiembre de 2026

Pin Ups


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Presentado el 19 de octubre de 1973, apenas seis meses después del majestuoso “Aladdin Sane”, “Pin Ups” fue un extrañísimo lanzamiento en la trayectoria de David Bowie, después de que anunciara la separación de Las Arañas de Marte en julio de ese mismo año. Pese al enorme éxito de Ziggy Stardust, el camaleón no quiso aferrarse a él para apretarlo económica y artísticamente; así que decidió matarlo en todas las formas posibles. Su siguiente movimiento sería una adaptación de la novela “1984”, de George Orwell, aunque no prosperó como él hubiera deseado.

 

Por ello, decidió grabar un álbum con las canciones que respetaba y festejaba, por lo que se trató de un trabajo extremadamente personal. No escogió canciones al azar. Seleccionó canciones asociadas con la escena londinense que descubrió cuando era joven: The Yardbirds, The Who, The Kinks, The Pretty Things, Pink Floyd, Them, The Merseys y The Easybeats, entre otros. “Pin Ups” puede escucharse como una especie de colección de recuerdos.

 

Lo más especial de este disco fue que Bowie homenajeó a sus contemporáneos, músicos que llegaron antes que él a lugares que el Delgado Duque Blanco soñaba con alcanzar. En el proyecto participaron Mick Ronson, Trevor Bolder, Aynsley Dunbar, Mike Garson y Ken Fordham. De cierto modo, David Bowie afirmó: “antes de ser Ziggy Stardust, también fui uno de esos chicos que miraba desde abajo del escenario”.

 

Las sesiones comenzaron en julio de 1973, poco después del final de la gira de Ziggy, en el Château d'Hérouville, cerca de París, Francia. El mismo estudio ocuparía años después un lugar importante para el Hombre que cayó a la Tierra durante las sesiones de “Low”, en 1977. El productor fue Ken Scott, colaborador fundamental de Bowie durante su primera gran etapa de los setenta. “Pin Ups” fue la última colaboración de Bowie y Scott como productor.

 

Como ya estaban familiarizados con las selecciones, el proceso fue mucho más directo que el de otros álbumes de Major Tom. De este modo, el resultado fue un álbum rápido, visceral y mucho más espontáneo que varias de las obras más elaboradas de Bowie, si bien se mantuvo deliberadamente cerca de las estructuras originales.

 

Cuando por fin apareció en las tiendas de discos, la recepción inicial fue considerablemente más fría de lo que se esperaba para un artista que estaba en pleno apogeo. Greg Shaw escribió para Rolling Stone que las canciones originales eran superiores y que las interpretaciones de David no aportaron suficiente personalidad. Con todo, el público respondió positivamente. Tan solo el sencillo “Sorrow”, una versión de The Merseys, registró un desempeño extraordinario al posicionarse en el número tres en Reino Unido.

 

Pese a sus insuficiencias, en este álbum sobresalieron “Sorrow”, la rola más célebre; “I Can’t Explain”, una reinterpretación del clásico de The Who con una energía extraordinariamente directa; “See Emily Play”, la versión más interesante conceptualmente; “Friday On My Mind”, con su tono juguetón y rozagante; y “Rosalyn”, una excelente declaración de intenciones.

 

Conjuntamente, la portada de “Pin Ups” fue tan famosa que hoy puede resultar difícil imaginar que no fue concebida originalmente para el álbum. La fotografía fue tomada en París por Justin de Villeneuve, entonces representante y antiguo compañero sentimental de la modelo británica Twiggy, pues el intérprete de “Jean Genie” deseaba aparecer junto a ella en la portada de British Vogue.

 

A pesar de que todo se arregló para capturar una imagen perfecta, Twiggy apareció en el lugar con un bronceado notable, mientras que Bowie tenía la piel muy pálida. Para solucionar la diferencia visual, el maquillador Pierre LaRoche creó esas máscaras de maquillaje que terminaron convirtiéndose en uno de los rasgos más característicos del retrato. Como los editores de Vogue rechazaron la fotografía, David decidió entonces usarla en “Pin Ups”.

 

No se trató de uno de los álbumes esenciales de Bowie en términos de composición. No logró la importancia histórica de “Ziggy Stardust”, la sofisticación de “Station To Station”, la experimentación de “Low” ni el impacto cultural de “Let's Dance”, uno de los discos del duque que menos me gustan. La crítica tuvo razón en señalar que varias de las versiones no superaron a las originales.

 

Pero juzgarlo únicamente con esos parámetros sería injusto. “Pin Ups” capturó un momento irrepetible: el instante exacto en que una de las mayores estrellas del rock de los setenta se detuvo para rendir homenaje a los músicos que habían alimentado sus sueños cuando aún no era famoso.

 

Si ya has explorado los discos más célebres de este artista inglés, este trabajo es disfrutable de principio a fin, con todo y sus altibajos.

Selmasongs


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Cuando murió mi papá en marzo de 2000, traté de recuperar mi alegría a través de muchísimos pasatiempos como la escritura, la música y el cine. En una de esas, mi amiga Alejandra Sosa me pidió que fuéramos a ver “Dancer In The Dark”, la película de Lars von Trier que protagonizó Björk Guðmundsdóttir, nuestra diosa y heroína musical por más de tres décadas. Gravísimo error: mi duelo y la tristísima belleza del filme solo provocaron que mi amiga y yo saliéramos de la sala con los ojos hinchados de tanto llorar.

 

Más allá de lo sorprendente que es “Dancer…”, quiero detenerme en esta ocasión en “Selmasongs”, su banda sonora, una en la que la artista (con mayúsculas) convirtió los sonidos cotidianos de Selma en música. La fábrica donde trabaja, las máquinas, los trenes, los pasos y otros ruidos ordinarios se transformaron, dentro de la imaginación de la protagonista, en números musicales.

 

Björk declaró en una entrevista con L'Express que estudió la historia de los musicales y que, en lugar de imitar directamente sus fórmulas, buscó una combinación mucho más extraña: una orquesta sinfónica mezclada con sonidos físicos y materiales registrados en vivo, incluidos ruidos de fábrica y ferrocarriles.

 

Mark Bell, colaborador de la islandesa desde “Homogenic”, en 1997, participó en la producción y programación con el firme propósito de respetar el hecho de que la narración del filme impuso el movimiento y el estado de ánimo de la música. El ingeniero islandés Valgeir Sigurðsson también formó parte del equipo creativo; Vincent Mendoza se encargó de la orquestación y dirección, mientras que Mark “Spike” Stent realizó la mezcla final.

 

“Selmasongs”, el resultado final que acompañó a la película, fue un entrelazamiento de dos mundos: la electrónica experimental y el lenguaje del gran musical cinematográfico, que amplificó y robusteció las composiciones de Björk. Pese a lo asombroso de esta banda sonora, no se pudo ignorar la tirantez que existió entre la protagonista y su director.

 

Con solo siete pistas, este soundtrack destacó gracias a “Overture”, una pieza esencialmente orquestal que presentó el universo emocional antes de la entrada de los ritmos industriales; “Cvalda”, un temazo que contó con la participación de Catherine Deneuve y que le proporcionó una dimensión casi clásica de musical cinematográfico; “I've Seen It All”, un histórico dueto con Thom Yorke, líder de Radiohead, que recibió una nominación al Oscar a la mejor canción original en 2001; “Scatterheart”, la canción más dramática y sombría del álbum; “In The Musicals”, con una peculiar mezcla de inocencia, ritmo electrónico y teatralidad; “107 Steps”, una canción que adquiere una dimensión mucho más dolorosa cuando se conoce el trágico destino de Selma; y “New World”, una especie de conclusión emocional.

 

Los temas “My Favorite Things” y “Next To The Last Song” fueron las grandes ausencias en “Selmasongs”, aunque pueden escucharse tanto en la obra cinematográfica como en YouTube.

 

La reacción de la prensa y el público fue positiva, aunque no fue un fenómeno comparable con los mayores éxitos de la islandesa. Pese a que no logró el reconocimiento de “Post” u “Homogenic”, su verdadera importancia histórica no se midió únicamente en ventas físicas o digitales.

 

El diseño de la portada fue realizado por Me Company, estudio encabezado por Paul White y responsable de buena parte de la identidad gráfica de Björk durante los años noventa. La imagen muestra el rostro de Björk/Selma convertido en una especie de mosaico cubista o cristal roto, con predominio de tonos azules, naranjas y negros. Lleva las gruesas gafas que caracterizaron visualmente a Selma en “Dancer In The Dark”.

 

La elección fue particularmente significativa porque la portada no presentó a Björk como la estrella internacional que ya era en aquellos años. Presentó, en cambio, a Selma: una mujer vulnerable, casi anónima, que miró el mundo a través de unas gafas que representaron literalmente su deterioro visual.

 

Con todo y su extrañeza sonora, escuchar “Selmasongs” más de veinte años después resulta interesante precisamente porque nunca intentó ser cómodo: es desafiante, trágico y esperanzador. Fácilmente se encuentra entre los mejores cinco discos de Björk.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Hail To The Thief


 Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Sin temor a equivocarme, puedo asegurarles, estimados lectores, que Radiohead es una de las bandas de música alternativa más grandes que hayamos escuchado jamás. Originarios de Oxfordshire, Inglaterra, el grupo comenzó a tocar a mediados de los años ochenta, cuando Thom Yorke, Ed O'Brien, Phil Selway y Colin Greenwood se reunieron para tocar juntos bajo el nombre On A Friday; posteriormente se incorporó Jonny Greenwood y, en 1991, el grupo adoptó definitivamente el nombre con el que lograron la perfección y el estrellato.

 

Después del majestuoso “OK Computer”, lanzado en 1997, y los asombrosos “Kid A” y “Amnesiac”, grabados y comercializados entre 2000 y 2001, Radiohead giró en diferentes direcciones para distinguirse como una banda que ayudó a transformar la relación entre el rock y la tecnología. “Hail To The Thief” fue un álbum que reconcilió las dos partes de la agrupación que durante años habían parecido separarse: los cinco músicos que tocaron juntos y el laboratorio electrónico que construyeron en el estudio.

 

Resulta importantísimo señalar que, al momento de grabar este disco, Thom Yorke sufría de una cargada ansiedad política. Como si se tratara de una parodia de la expresión Hail to the Chief, el himno asociado a la presidencia estadounidense, “Hail To The Thief” fue, en realidad, un trabajo mucho más amplio, pues habló de una sensación de miedo, intolerancia, propaganda, manipulación y pérdida de control que se intensificó después del 11 de septiembre y durante la llamada “guerra contra el terrorismo”. Por ello, el título funcionó porque resumió precisamente esa contradicción: una frase solemne, casi patriótica, aplicada a una situación absurda y perturbadora.

 

Contrario a los larguísimos procesos de grabación de “Kid A” y “Amnesiac”, “Hail To The Thief” se registró en un tiempo récord. En lugar de construir las canciones pieza por pieza durante meses, capturaron interpretaciones completas sin recurrir a las sobregrabaciones.

 

El álbum, uno de los más extensos en su discografía, abrigó un montón de elementos: rock, electrónica, ambientación, baladas, guitarras, ritmos programados, canciones agresivas, momentos casi infantiles y otros directamente amenazantes. Todo resultó un tanto desigual, aunque la prensa y el público aceptaron a “Hail To The Thief” con todo y sus detrimentos.

 

Los temas que sobresalieron fueron “2 + 2 = 5”, que tomó la idea orwelliana de aceptar una falsedad como verdad para transformarla en un gran arranque; “There There”, una pinche rolototota con su percusión escalonada, guitarras estridentes y atmósfera hipnótica; “A Wolf At The Door”, una canción inquietante en la que Yorke abandonó el canto convencional para recitar casi como si estuviera contando una pesadilla; “Sail To The Moon”, quizá el tema más sobresaliente; “Where I End And You Begin”, con bajo contundente, electrónica, guitarra y una tensión que nunca termina de resolverse; y “Mixomatosis”, con su riff de guitarra, pero que está construido alrededor de un sonido de bajo sintetizado.

 

Con una portada tan seductora como desagradable al mismo tiempo, este discazo nos mostró un mapa que se parece a una ciudad gobernada por señales. Cada palabra atrapó nuestra atención. Cada anuncio prometió, amenazó o vendió algo. Y en medio de ese ruido aparecieron palabras asociadas a las preocupaciones de Yorke.

 

Imperfecto, pero tremendamente humano, “Hail To The Thief” es un trabajo que debe revalorarse cada vez más. Uno de mis favoritos, sin lugar a dudas.

We Started Nothing


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

The Ting Tings es un dúo inglés formado por Katie White y Jules De Martino que surgió de Dear Eskiimo, un proyecto con una orientación trip hop que llegó a firmar con Mercury Records, pero que terminó desapareciendo sin publicar el álbum que se esperaba de él. Después de que la pareja se instalara en Islington Mill, una antigua fábrica de algodón de Salford convertida en comunidad artística, ambos compusieron, ensayaron y grabaron “We Started Nothing”, el material discográfico que los llevó al estrellato en 2008.

 

Con la ayuda de una computadora con GarageBand, un par de amplificadores, guitarras, una batería y un teclado, registraron sus propias maquetas y las pusieron en MySpace. No hicieron las cosas como se suponía que debían hacerse. En lugar de esperar a que una compañía discográfica les dijera qué canciones grabar, cómo presentarse o qué imagen vender, tomaron el control de la situación.

 

El proceso tuvo algo casi artesanal. Su música comenzó a circular antes de que existiera una verdadera campaña discográfica detrás de ellos. Publicaron material en cantidades muy pequeñas y organizaron fiestas y conciertos en Islington Mill. La respuesta del público fue inmediata, y entonces aparecieron los representantes de compañías discográficas entre el público.

 

Esto también explicó muy bien el título de “We Started Nothing”. No fue simplemente una frase ingeniosa, pues reflejó la sensación de haber empezado sin el respaldo de nadie. El disco se grabó con tremenda rapidez, ya que The Ting Tings quería mantener la energía de una idea cuando todavía estaba fresca.

 

Todo cambió con “That’s Not My Name”, una rola de Dear Eskiimo que De Martino apreciaba muchísimo por razones personales. No hablaba de que alguien confundiera su nombre, sino de la sensación de ser ignorado, etiquetado o tratado como alguien que no tiene voz propia.

 

Cuando “We Started Nothing” llegó a las tiendas, la recepción fue positiva, aunque no unánime ni universal. El crítico Alexis Petridis consideró que el dúo, con rolas como “That's Not My Name”, “Great DJ” y “Shut Up And Let Me Go”, demostró una capacidad extraordinaria para fabricar pop inmediato, pero encontró que algunas de sus canciones restantes eran menos contundentes.

 

Con todo, el álbum llegó al mercado estadounidense, donde se posicionó bastante bien. Como resultado, The Ting Tings se fueron de gira por todo el mundo.

 

Les recomiendo “That’s Not My Name”, un temazo en el que la frustración de White con la industria se hizo súper viral gracias a un estribillo casi infantil, repetitivo y tremendamente efectivo; “Great DJ”, una fusión de percusión, guitarra, electrónica y actitud juguetona que resumió muy bien esa mezcla entre indie, dance y pop; “Shut Up And Let Me Go”, un exitazo que escaló alto en las listas de popularidad; “Fruit Machine”, una canción que representó el espíritu do it yourself que está detrás del disco; y “We Walk”, un tema que gozó de un carácter más melancólico y que funcionó como contrapunto dentro del disco.

 

Quizá “We Started Nothing” no alborotó el panorama del pop internacional, pero vaya que lo disfrutamos en aquel momento. Fue y sigue siendo un trabajo explosivo, desenfadado y contundente.

Timeless


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

El fandom esperó con ansiedad la reedición de “Parade”, debido a que cumplía cuarenta años desde su primera aparición y, tristemente, también coincidía con el décimo aniversario luctuoso de Prince, un auténtico genio de la música que se caracterizó, entre otras cosas, por la desmedida cantidad de canciones que grabó antes de morir en 2016. Por ello, el anuncio de “Timeless” dividió a la comunidad de fanáticos y generó opiniones bastante divididas.

 

“Timeless” no es un disco que el Genio de Minneapolis haya concebido como tal. Se trata de una obra póstuma que se construyó a partir de grabaciones procedentes de diferentes momentos de su vida. El concepto consistió en seleccionar diez piezas que facilitaran un recorrido por casi cuatro décadas de transformación sonora: desde 1977, cuando Prince apenas tenía 19 años, hasta 2016, pocos meses antes de su muerte.

 

Por ello, el álbum reunió nueve grabaciones de estudio y una actuación en directo. La compilación fue producida por L. Londell McMillan, Charles F. Spicer Jr. y Chris James, mientras que James, antiguo ingeniero de Prince, se encargó de la mezcla y masterización. Tora Bliss figuró como responsable de la dirección artística. Es importante decir que los temas nacieron con propósitos muy diferentes, pues algunos fueron descartados de proyectos concretos; otros estaban destinados a otros artistas; alguno fue posteriormente regrabado y publicado; otro es una actuación de su última gira.

 

Pese a lo interesante del proyecto, “Timeless” resultó una obra dispar e insuficiente, pues no posee la cohesión natural de una producción concebida por su autor. La prensa ya señaló esa tensión. Rockol, por ejemplo, consideró que el orden cronológico tiene sentido precisamente porque permite reconstruir sintéticamente la carrera de Prince, aunque reconoció que diez canciones son pocas teniendo en cuenta la magnitud del archivo. Quizá la mejor forma de escucharlo sea como una ventana abierta a su increíble proceso creativo.

 

Escuchamos, en el lado uno, “I Am You”, una grabación de 1977 que se trabajó en los estudios Sound 80, en Minneapolis, y que sobresale por sus elementos: funk, sensualidad, cambios de dinámica y una sorprendente seguridad musical para alguien que apenas comenzaba; “Tick Tick Bang”, una pista de la era de “Controversy”, mucho más cruda y enérgica que la versión que apareció en “Graffiti Bridge”, casi diez años después; “Heaven”, una de las mejores canciones del proyecto y que data de la época de “Around The World In A Day”; “I Wonder”, un temazo que se remonta a una época de enorme actividad creativa alrededor de los soundtracks de “Batman” y “Graffiti Bridge”; y “With This Tear”, una hermosa balada grabada en Paisley Park en noviembre de 1991, con él a cargo de las voces y prácticamente toda la instrumentación. Posteriormente, la canción fue regrabada por Céline Dion con sus propios músicos y apareció en su álbum homónimo de 1992.

 

En la segunda cara de esta discutida propuesta sonora, escuchamos “Stone”, un track trabajado a partir de una composición de Sandra St. Victor, Tom Hammer y Jules Van Even, cuando el geniecillo púrpura grabó “The Gold Experience”; “Calabama”, uno de los mejores temas de “Timeless”, que se grabó el 24 de junio de 2003 mientras se desarrollaba “Musicology”; “The Guilty Ones”, una rola que parcialmente emergió durante la promoción del libro “21 Nights”; “Bestest Friend”, grabada el 3 de septiembre de 2012 en Paisley Park; y “How Come You Don't Call Me Anymore?”, una interpretación en directo registrada el 4 de marzo de 2016 en el Oracle Arena de Oakland, durante la gira “Piano & A Microphone”.

 

La recepción ha sido tremendamente dispar. Por un lado, hay críticos que disfrutan la posibilidad de recorrer la carrera de Prince de esta manera. Por el otro, algunos han señalado que solo algunas canciones lograron un nivel verdaderamente sobresaliente.

 

Con todo, resulta importantísimo señalar que esta colección es un documento del proceso creativo de Prince y, sobre todo, una demostración de que su capacidad de generar ideas era tan desbordante que incluso una selección relativamente pequeña de material archivado puede ofrecer distintas versiones de él mismo.

 

El público, por otra parte, se ha mostrado entusiasmado con la oportunidad de escuchar nuevas canciones de un músico tan asombroso como Prince, aunque ha reprobado, de forma casi unánime, la portada, que partió de una fotografía de Neil Lupin, tomada durante la actuación de Prince en el Hop Farm Festival, en Inglaterra, el 3 de julio de 2011. Sin embargo, la imagen que aparece en “Timeless” fue bruscamente manipulada hasta convertir a su intérprete en una figura prácticamente silueteada. La dirección artística se atribuyó a Tora Bliss.

 

En lo personal, me sentí muy decepcionado de que no se anunciara una versión extendida de “Parade”; sin embargo, “Timeless” tiene joyitas increíbles que, sin duda, agradarán al público en general. Eso sí, aquí no escucharemos una sola obra maestra. Mis favoritas son “I Am You”, “I Wonder” y “Calabama”.

Angela Davis


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

Angela, you soon will be

Returning to your sisters and

Brothers of the world…

 

El pasado 26 de agosto, la máxima casa de estudios del país, la Universidad Nacional Autónoma de México, tuvo dentro de sus instalaciones a la filósofa, figura política de tendencia marxista y antirracista Angela Davis para una conferencia.

 

Angela Yvonne Davis nació en Birmingham, Alabama, un 26 de enero de 1944. Es conocida por su activismo político durante la década de los años 60 y por su contribución al feminismo de una manera muy particular e interesante, ya que siempre lo ha analizado desde un punto de vista marxista. Consciente desde su niñez de la segregación, se interesó y luchó por los derechos de la comunidad y de su sexo.

 

En 1969 fue expulsada de la Universidad de California, donde impartía clases de Filosofía como profesora auxiliar, al descubrirse su afiliación al Partido Comunista de los Estados Unidos, y en 1972 fue acusada de asesinato y secuestro, un caso que tuvo gran repercusión mundial y por el que recibió apoyo de numerosos activistas y artistas; tras pasar un año en prisión, fue declarada inocente en 1973. Hoy en día, sigue con su activismo firme, como hace más de 50 años.

 

Pues esta gran mujer visitó la UNAM y fue tal el impacto que la Universidad tuvo que habilitar salas y hasta una explanada por la alta afluencia; la Sala Miguel Covarrubias resultó insuficiente.

 

La conferencia tenía hora programada de inicio a las 18:00 h; hubo un retraso ante unas protestas de personas que acusaban a la UNAM de un ambiente represor. Los moderadores, al igual que el público, instaron a los protestantes a detener sus actividades y dejar que iniciara el evento. A las 18:30 h, Angela Davis, ante un aplauso generoso, inició su participación magistral sobre feminismo. También tocó el tema de los feminicidios que se sufren en México, además de invocar a las mujeres palestinas y latinoamericanas a la liberación mundial.

 

Además de Angela Davis, participó Gina Dent, académica estadounidense. Ambas son coautoras del libro Abolición, feminismo, ¡ahora!, editado por la UNAM en coedición con la librería U-Tópicas, del centro de Coyoacán.

 

Algo que quiero destacar y que me alegró demasiado es que Angela Davis elogió el poder transformador de la lectura. Pero quizás lo más fuerte, sensato e inspirador que expresó ayer esta gran mujer fue: “En una época marcada por campañas antifeministas, antigénero y con gobiernos semifascistas o fascistas en el mundo, la desesperanza no es una opción”.

 

Mujer inspiradora, ante la cual hasta grandes artistas se rindieron, como Pablo Milanés al escribirle “Canción para Angela” (1971), la hermosa “Sweet Black Angel”, de Jagger y Richards, aparecida en su gran Exile on Main St., y, por supuesto, John Lennon y Yoko Ono con “Angela”, en su flamante y bastante infravalorado elepé Some Time in New York City.

 

Esta magistral charla se puede ver en los canales de YouTube de la UNAM; les aseguro que será un gran alimento para el conocimiento y sin ningún desperdicio.

sábado, 22 de agosto de 2026

La Llorona


 

Por Oscar Fernández Herrera


Para mis padres y hermanos

 

 

 

Uno de los recuerdos más bellos de mi niñez incluye a “Mariana”, de Óscar Chávez, un relato cantado que apareció en el álbum “Mariguana”, de 1969, uno de sus éxitos que usó el enamoramiento como pretexto para construir una sucesión de disparates, conocimientos, exageraciones y fanfarronerías. Esta canción fue siempre mi preferida hasta que escuché “La Llorona”. Sin lugar a dudas, mi buen tocayo, un actor, director escénico, compositor, investigador e intérprete de música popular mexicana y latinoamericana, nos regaló música asombrosa, casi inmortal.

 

Publicado en 1972 por el sello Polydor, “La Llorona” es un disco con el que Chávez buscaba la reivindicación de la música tradicional mexicana. Para lograrlo, reunió ocho piezas relacionadas con el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca: “La Llorona”, “Úrsula”, “La Juanita”, “La Tortuga”, “Son Del ombligo”, “La Ixhuateca” y “El Gorrión Hermoso”, además de la segunda parte de la canción que da título a la producción.

 

Son pocos los datos técnicos conocidos con relación a esta obra, aunque sí se sabe que Benjamín Correa fue el director musical y el propio Óscar Chávez se encargó de los arreglos. “La Llorona” se dividió en dos caras y abrió y cerró con el tema homónimo, presentado en dos partes de más de diez minutos de duración, pues su intérprete le dio el suficiente espacio para desarrollarse.

 

El gran atractivo de este álbum es su representación artística. “La Llorona” no tiene un autor único reconocido ni una letra fija. Sus versos han ido cambiando y acumulándose a lo largo del tiempo. El investigador Rodrigo Bazán señaló que el “Cancionero Folklórico de México” cuenta con 134 coplas relacionadas con esta canción. Quizá esa fue la razón por la que Óscar se enfrentó a todo un reto: lograr una interpretación personal de un tema que pertenece a todos los mexicanos.

 

Y vaya que lo logró. El cantante le dio a “La Llorona” un trato especial, susceptible de ser ordenado, seleccionado y reinterpretado. Se la devolvió al público contemporáneo, pues. Este disco se creó más como un ejercicio de memoria que como una simple colección de adaptaciones o relecturas. Fue tal su notoriedad que después la cantaron grandes artistas, desde Chavela Vargas hasta Lila Downs.

 

Con todo y los elogios y cumplidos, en aquella época Óscar Chávez se dedicó a seleccionar versos, organizar canciones, hacer arreglos y encontrar un equilibrio entre su personalidad y la identidad de una comunidad musical para garantizar su aceptación.

 

Hay algo especialmente hermoso en que el disco se llame “La Llorona” y que la propia canción aparezca al principio y al final. Es como si Chávez hubiera construido un círculo: entramos al álbum a través de una de las melodías más conocidas de México, viajamos por otras voces del Istmo de Tehuantepec y finalmente regresamos a ella. Pero cuando vuelve a sonar, ya no la escuchamos exactamente igual.

 

En una obra tan soberbia y bellamente cuidada resaltan “La Llorona, Primera Parte”, un son solemne, íntimo y dramático; “La Ixhuateca”, una especie de “hermana siamesa” de “La Llorona” dentro de la propuesta de Chávez; “La Juanita”, una canción enérgica y puntual; “Son Del Ombligo”, que bien representa una faceta mucho más festiva; y “Úrsula”, una melodía amorosa y de alabanza a una mujer.

 

No recuerdo con precisión cuándo escuché “La Llorona” por primera vez, pero sí puedo asegurarles, estimadísimos lectores, que es uno de los álbumes de música tradicional mexicana más bellos que hay. No tiene desperdicio y su legado, se los aseguro, perdurará para siempre. Obligadísimo escucharlo con atención, curiosidad y desmedida adoración.

 

Para mí, “La Llorona” simboliza una herencia casi espiritual que mis padres me obsequiaron como una entrada segura para mi melomanía.

Pin Ups

  Por Oscar Fernández Herrera       Presentado el 19 de octubre de 1973, apenas seis meses después del majestuoso “Aladdin Sane”, “P...