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viernes, 17 de julio de 2026

Melody A.M.


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

A principios del nuevo milenio, la música electrónica atravesó una etapa de transformación. El auge del trip hop y el downtempo había demostrado que los sintetizadores también podían transmitir espíritu, nostalgia y belleza sin depender de la energía de la pista de baile. En ese contexto apareció Röyksopp, un dúo noruego integrado por Svein Berge y Torbjørn Brundtland que encontró un lenguaje propio a partir de la electrónica, el pop, el ambient y la música house. Su propuesta apostó por la construcción de atmósferas, melodías memorables y una producción minuciosa que convirtió cada pieza en una experiencia profundamente cinematográfica.

 

Si bien ambos músicos ya habían colaborado durante la década de los noventa en distintos proyectos, la consolidación de Röyksopp llegó con “Melody A.M”., álbum publicado originalmente en 2001 por el sello Wall of Sound. La crítica recibió el disco con entusiasmo y destacó su capacidad para revitalizar el downtempo mediante composiciones elegantes, accesibles y extraordinariamente detallistas. Con el paso de los años, la obra alcanzó el estatus de clásico moderno dentro de la electrónica.

 

Parte del encanto de este discazo residió en su aparente sencillez. A diferencia de otros proyectos electrónicos de la época, Röyksopp evitó la saturación de efectos y el exhibicionismo tecnológico. Berge y Brundtland privilegiaron las melodías cálidas, los bajos redondos, las percusiones discretas y una colección de sintetizadores que evocó tanto el pop de los años setenta como el ambient y el electro escandinavo. El resultado jamás sonó frío. Cada arreglo pareció ocupar el lugar exacto dentro de un paisaje sonoro que respiró con absoluta naturalidad.

 

Desde sus primeros minutos, el álbum transmitió la sensación de un amanecer. “So Easy” abrió el recorrido con un groove relajado y una utilización brillante del sample, mientras “Eple” presentó uno de los momentos más emblemáticos de toda la carrera del dúo. La pieza combinó un ritmo irresistible con una melodía luminosa que pareció flotar sobre una base minimalista.

 

Sin embargo, reducir “Melody A.M.” a sus sencillos representaría una enorme injusticia. El verdadero valor del disco apareció cuando el oyente recorrió la obra completa. Röyksopp organizó las canciones con un sentido narrativo que permitió pasar de momentos contemplativos a episodios más dinámicos sin romper jamás la unidad estética.

 

Uno de los grandes aciertos consistió en la incorporación de voces invitadas. Erlend Øye, conocido por Kings of Convenience, aportó una sensibilidad melancólica que encajó de forma perfecta con la identidad del álbum. Su participación en “Poor Leno” convirtió aquella canción en uno de los mayores éxitos de Röyksopp. La voz serena de Øye contrastó con la base electrónica y produjo una mezcla entre pop escandinavo y downtempo que todavía conservó una frescura sorprendente más de dos décadas después.

 

Algo similar ocurrió con “Remind Me”. La interpretación de Anneli Drecker añadió una delicadeza casi etérea a una composición que avanzó con absoluta elegancia. La canción jamás buscó un clímax explosivo; prefirió desarrollar una atmósfera de contemplación constante. Su arreglo equilibró pequeñas capas de sintetizadores, guitarras limpias y percusiones suaves hasta formar uno de los pasajes más bellos del álbum.

 

El resto del repertorio mantuvo un nivel igualmente notable. “Sparks” presentó una faceta más íntima; "In Space” exploró territorios cercanos al ambient sin perder claridad melódica; mientras “40 Years Back Come” cerró el recorrido con una sensación de calma que recordó el final de un largo viaje nocturno. Ninguna composición pareció colocada al azar. Todas contribuyeron a la construcción de una experiencia continua.

 

Desde una perspectiva técnica, este álbum sobresalió por la precisión de su producción. Röyksopp utilizó recursos propios del sampling, cajas de ritmos, sintetizadores analógicos y procesamiento digital, aunque jamás permitió que esas herramientas dominaran la música.

 

Su influencia también resultó considerable. Diversos críticos señalaron que Röyksopp tomó algunos elementos presentes en artistas como Air, Boards of Canada o Groove Armada, aunque desarrolló una personalidad mucho más orientada hacia la construcción de canciones que hacia la simple experimentación sonora.

 

Quizá la mayor virtud de “Melody A.M.” consistió en su capacidad para despertar imágenes. Cada escucha invitó a imaginar carreteras vacías, ciudades iluminadas al anochecer, paisajes nevados o habitaciones silenciosas durante la madrugada. Muy pocos discos electrónicos consiguieron establecer una conexión tan inmediata entre el sonido y la imaginación del oyente. Röyksopp no necesitó letras complejas para construir emociones; bastó la combinación precisa entre armonía, textura y ritmo.

 

Más de veinte años después de su publicación, Melody A.M. permaneció como la mejor carta de presentación para descubrir a Röyksopp. El álbum no solo definió la identidad artística del dúo; también demostró que la música electrónica podía emocionar con la misma intensidad que cualquier obra de rock, jazz o música clásica.

 

Un disco que sí o sí debe escucharse y coleccionarse.

Los doce sueños del Dr. Sardonicus


 

 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

Hace varios años, no estoy muy seguro si fue en 2006 o en 2007, compré mi revista habitual: La Mosca en la Pared, en su número cien. En la sección La nueva música clásica escribieron sobre un álbum cuya existencia conocí por primera vez gracias a ese artículo y que después pude conseguir en el Tianguis Cultural del Chopo. Vaya joya. Hoy quiero platicarles de él. Me refiero al extraordinario Twelve Dreams of Dr. Sardonicus, de esa gran banda californiana llamada Spirit.

 

Spirit se formó en 1967 en Los Ángeles, California, por Mark Andes, Jay Ferguson, John Locke, Ed Cassidy y Randy California. Esa alineación fue la que grabó en 1970 “Twelve Dreams of Dr. Sardonicus”, un disco que representa de manera muy acertada la psicodelia reinante de aquellos días, aunque muy lejos del "amor y paz" del hipismo de San Francisco. Producido por David Briggs (quien había trabajado anteriormente con Neil Young), el álbum logra conjuntar de manera espléndida el folk, el jazz, el rock, el hard rock y hasta la música clásica, géneros que la banda plasmó en este, su cuarto opus.

 

El álbum puede considerarse conceptual, pues toma como tema la existencia humana. Sin embargo, para mí se trata de una docena de canciones perfectamente independientes y de gran calidad, como la inicial y bellísima “Prelude-Nothing to Hide”, donde Randy California luce con su guitarra. En realidad, no deja de sorprendernos a lo largo de todo el álbum. Otra canción digna de destacar, y quizá la más popular de la agrupación, es “Nature's Way”, una especie de folk-jazz de manufactura preciosa. Y ni qué decir de la impresionante instrumental “Space Child”, donde podemos escuchar uno de los primeros Minimoog de la época.

 

Y no puedo dejar de resaltar la canción que más me gusta de este disco: "Animal Zoo". Es una maravilla, una canción llena de buen humor con una letra que recuerda el mordaz estilo crítico de Ray Davies, de The Kinks. Se trata de una crítica a la vida urbana, a lo monótono y a lo absurdo de la existencia en las grandes ciudades, pues utiliza a los zoológicos como metáfora del caos social. Jay Ferguson escribió esta canción en 1970; no sé cuál sería su opinión sobre los tiempos actuales.

 

“Twelve Dreams of Dr. Sardonicus” es una obra fundamental del rock psicodélico de finales de la década de los sesenta. Sin embargo, es un disco poco conocido, y puedo confirmarlo: he platicado con mucha gente que ni siquiera conoce a la banda. Es una lástima, porque se han perdido la oportunidad de escuchar este portento de álbum.

 

Siempre estará en mi lista de los grandes discos poco conocidos, y resulta decepcionante que aún tenga esa etiqueta. Si tienen oportunidad de escucharlo, háganlo; no los decepcionará.

Ekvílibríum


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Valgeir Sigurðsson es un compositor, productor e ingeniero de sonido islandés reconocido por crear increíbles paisajes sonoros que fusionan la música clásica contemporánea con la electrónica de una manera profundamente emocionante. Fundador del sello Bedroom Community y colaborador de artistas como Björk, Bonnie “Prince” Billy y Brian Eno, entre otros, Valgeir presume una trayectoria marcada por la experimentación y una gran sensibilidad artística, pues ha compuesto para cine, teatro, danza y conciertos.

 

Su capacidad para transformar el sonido en una experiencia sensorial quedó de manifiesto con “Ekvílibríum”, su álbum debut. Lanzado en 2007, éste se destacó como una obra pionera dentro de la corriente que fusiona la música de cámara, la electrónica ambiental y la producción experimental.

 

Con todo y la tibia recepción que logró al inicio de su promoción, este discazo llamó la atención de algunos críticos, quienes lo etiquetaron como una fusión orgánica entre lo acústico y lo electrónico. Poco a poco, “Ekvílibríum” empezó a cosechar elogios. Supe de este álbum gracias a un artículo digital que recomendaba a artistas “poco conocidos” como Fantastic Plastic Machine, Cornelius y Valgeir Sigurðsson, entre muchos otros.

 

En lugar de utilizar la electrónica como un simple acompañamiento, Sigurðsson la integró con cuerdas, piano, guitarras y voces hasta crear un único espectáculo melódico. Este equilibrio entre ambos mundos se convirtió en una de sus señas de identidad.

 

Este disco está lleno de pequeños detalles: grabaciones ambientales, procesamiento digital, reverberaciones, capas de cuerdas y silencios cuidadosamente diseñados. La producción resultó impecable.

Si bien incorporó técnicas propias de la música electroacústica y contemporánea, el resultado final cuidó un fuerte componente melódico y emocional, sin caer en la abstracción excesiva. La participación de músicos como Bonnie “Prince” Billy, Ólöf Arnalds, Dawn McCarthy y Samuli Kosminen lo catapultaron a la categoría de obra maestra.

 

En este preciosísimo trabajo destacaron “Equilibrium Is Restored”, el corazón de “Ekvílibríum” al presentarnos una delicada armonía entre lo acústico y lo electrónico; “Winter Sleep”, un folk ambiental escrito e interpretado por Dawn McCarthy; y “Evolution Of Waters”, la mejor síntesis entre folk, electrónica y música de cámara.

jueves, 9 de julio de 2026

Heathen


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

No tengo los suficientes calificativos para describir a David Bowie, uno de los genios musicales más trascendentales de nuestra época. Su legado, tan incomparable como fenomenal, desafía el paso del tiempo e inspira a generaciones de artistas. Bowie no solo transformó la música; también redefinió el arte, la identidad y la creatividad. Su obra permanece como prueba de un talento portentosamente original y de una libertad artística que marcó un antes y un después en la cultura contemporánea. Después de escuchar “Outside”, por recomendación de mi hermano, quedé enganchado a él para siempre.

 

Poco a poco logré reunir su discografía, que me dejó atónito por su prodigiosa calidad, pese a algunos descalabros sonoros durante los años ochenta. Mi admiración creció hasta tal punto que Bowie ocupa un lugar irrenunciable en mi humilde existencia. “Heathen”, publicado en 2002, es uno de mis discos favoritos porque reúne a un Bowie maduro, introspectivo y sereno, sin renunciar a la inquietud creativa que siempre definió su obra. Cada rola posee una identidad propia, pero todas conforman un conjunto sólido y emotivo, capaz de alternar entre la melancolía y la reflexión. Es un álbum que nunca pierde vigencia y que revela nuevas sorpresas con cada escucha.

 

Medios especializados como Pitchfork, Q Magazine y The Guardian destacaron la imperturbabilidad del álbum y elogiaron la capacidad inventiva de Bowie, quien prescindió de la necesidad de reinventarse a toda costa para entregar una obra consciente de sus propias fortalezas. Lo interpretaron como el testimonio de un artista que ya no buscaba demostrar nada, sino explorar nuevas posibilidades con absoluta libertad creativa.

 

Coproducido por el genial Tony Visconti, “Heathen” está repleto de arreglos fascinantes: algunos elegantes; otros, erráticos, ruidosos y caóticos. Lejos de las embriagantes experimentaciones de “Low”, “Station to Station” o “Scary Monsters”, parece que Bowie encontró la forma de abrazar el paso de los años con total maestría.

 

Destacan “Sunday”, con sus armonías tan delirantes; “Cactus”, una reinterpretación de The Pixies; “Slow Burn”, con una batería potentísima; “I Would Be Your Slave”, una hermosa canción de género neutro dirigida a una pareja; “5:15 The Angels Have Gone”, un lamento ante la pérdida del amor; “Everyone Says ‘Hi’”, rítmica y contagiosa de principio a fin; y “A Better Future”, una melodía marcada por los sucesos de la época en que fue grabada.

 

El segundo disco de la edición especial de “Heathen” reunió una selección de remezclas, rarezas y grabaciones poco conocidas que ampliaron el universo sonoro del álbum. Entre sus piezas resaltaron las remezclas de “Sunday”, a cargo de Moby, y de “A Better Future”, realizada por Air, las cuales ofrecieron nuevas perspectivas sobre dos de las canciones más introspectivas de la obra original. También incluyó una versión alternativa de “Panic In Detroit”, grabada en 1979 para un proyecto televisivo que nunca llegó a emitirse.

 

La pieza más destacada del conjunto es “Conversation Piece”, una canción escrita por David Bowie a finales de los años sesenta y regrabada en 2002 durante las sesiones del proyecto “Toy”. De este malogrado álbum también se rescataron “Wood Jackson”, “When The Boys Come Marching Home”, “Baby Loves That Way”, “You've Got A Habit Of Leaving”, “Shadow Man” y “Safe”. Todas ellas, increíbles.

 

¡Un discazo!

Walk Hard: la historia de Dewey Cox


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

 

Hace algunos años supe de la existencia de esta película y, hace un par de semanas, me la encontré en iTunes. No dudé ni un segundo en comprarla, y mi adquisición no me decepcionó en absoluto.

 

“Walk Hard: The Dewey Cox Story”, estrenada en 2007, es una falsa biopic dirigida por Jake Kasdan y protagonizada por el genial John C. Reilly. La película narra la vida de un ídolo del rock y el country —o, mejor dicho, del rockabilly—, desde su niñez hasta su muerte. El personaje guarda semejanzas con Johnny Cash, aunque a lo largo de la cinta también pueden apreciarse parodias de Roy Orbison, Bob Dylan, Jerry Lee Lewis y un largo etcétera. Todo transcurre de una manera muy divertida y disfrutable.

 

Dewey Cox toma la decisión de perseguir sus sueños después de prometerle a su hermano, quien fallece cuando ambos eran niños (vaya escena hilarante), que triunfará por los dos. Así, nuestro protagonista comienza a labrar su futuro en el mundo de la música desde un concurso escolar, cambia a toda una nación con su primitivo rock and roll y alcanza el éxito y la fortuna. A partir de ese momento, como era de esperarse, se le presentan todas las tentaciones del mundo: se acuesta con más de 400 mujeres, se casa tres veces, tiene 22 hijos y adopta a otros 14; conduce programas de televisión durante los años setenta, alcanza un enorme éxito, se codea con figuras de la talla de Elvis (interpretado por Jack White) y los Beatles, cae en la adicción a toda clase de drogas y, pese a llevar una vida tan convulsa, termina por convertirse en todo un ícono.

 

Además de Jack White personificando a Elvis, también veremos a Frankie Muniz como Buddy Holly. Jack Black interpreta a Paul McCartney y Paul Rudd a John Lennon. También aparecen, interpretándose a sí mismos, Jackson Browne, Jewel, Lyle Lovett, Ghostface Killah y hasta Eddie Vedder.

 

Se trata de una gran parodia del mundo del rock and roll, muy recomendable. Actualmente puede verse en Netflix o rentarse y comprarse en iTunes. Véanla: no tiene ningún desperdicio.

Computerwelt


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Cuando escuchas a Kraftwerk, una banda alemana formada en 1970 en Düsseldorf por Ralf Hütter y Florian Schneider, tu vida da un giro tan radical que resulta imposible dar marcha atrás. Su uso de sintetizadores, cajas de ritmo y vocoders, junto con una estética minimalista y futurista, redefinió la música electrónica para situarla en un mundo en el que conviven la tecnología, las luces de neón, el transporte, las computadoras y los robots.

 

“Digital Love”, de Daft Punk, me condujo directamente a ellos, aunque supe de su existencia gracias a David Bowie, Depeche Mode y ¡Coldplay! Pese a ello, fue la dupla francesa la que me animó a conocerlos con una curiosidad indescriptible para someterme a su música sin oponer resistencia. “Computerwelt” fue el primer disco que les escuché a los teutones de principio a fin. Quedé maravillado por la forma en que una banda tan adelantada a su tiempo logró esa revolución sonora al tomar las computadoras como punto de partida.

 

¿¡Cómo fue posible que Kraftwerk creara un álbum que hablara de redes informáticas, vigilancia, identidad digital y relaciones mediadas por computadoras, décadas antes de que el internet y los teléfonos inteligentes formaran parte de la vida cotidiana!? ¡Pura magia, señores! Pese a la tibia recepción que obtuvo en un inicio, su alcance y trascendencia han sido tales que incluso el productor y crítico Kirk Degiorgio aseguró que el disco ayudó a abrir el camino para el electro y el hip hop.

 

Más allá de sus logros sonoros, que son muchísimos, “Computerwelt” aseguró su lugar en el Olimpo de la Música gracias a su concepto general, pues cada tema abordó una faceta distinta de la informatización: “Computerwelt”, que exploró las bases de datos y la vigilancia; “Taschenrechner”, una celebración de la computadora de bolsillo como herramienta cotidiana; “Nummern”, que transformó los números en un elemento musical universal; “Computer Liebe”, un himno temprano a las relaciones amorosas mediadas por la tecnología; y “Heimcomputer”, que imaginó el trabajo y el entretenimiento desde casa.

 

Escuchar “Computerwelt” hoy produce una sensación extraña: la de encontrarse frente a un disco que no solo desafió las posibilidades técnicas de su época, sino que también anticipó buena parte del mundo en el que vivimos.

 

Esa capacidad para sonar vigente más de cuatro décadas después confirma que Kraftwerk no solo creó música electrónica; también diseñó, nota tras nota, la banda sonora del futuro. ¡Escucharlo resulta una tarea obligadísima!

La Trova Yucateca


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

 

Hace cien años México vivía uno de sus periodos más dolorosos y sangrientos (sí, uno más).

 

Era 1926 y el presidente Plutarco Elías Calles, quien se propuso hacer cumplir la Constitución de 1917 —de fuerte impronta atea y anticlerical—, surgida de la Revolución Mexicana iniciada en 1910, promulgó la llamada Ley Calles, que restringía severamente el culto religioso. Esto originó un levantamiento armado, especialmente en el centro y occidente de México. Bajo el grito de “¡Viva Cristo Rey!”, los llamados cristeros se opusieron a las leyes que limitaban la libertad de culto y sostuvieron una lucha violenta contra el gobierno de Plutarco Elías Calles. El conflicto se extendió hasta 1929, año en que se alcanzaron los acuerdos de paz, ya con el licenciado Emilio Portes Gil como presidente de la República.

 

Y mientras todo esto sucedía, la vida social y cultural continuaba en México. La ciudad de Mérida fue testigo de que, un 12 de octubre, en el Teatro Peón Contreras, Ricardo Palmerín subió al escenario con su Sexteto Mérida para interpretar por primera vez su composición “Languidece una estrellita”. Era la gran época de la trova yucateca.

 

La trova yucateca fue la música por excelencia durante la década de los veinte. Sus letras románticas y ese aire bohemio la hicieron inmensamente popular. El origen de este género es motivo de debate: Mérida y La Habana se han disputado el honor de su creación. Lo cierto es que, según diversos estudios, la tradición comenzó en el oriente de Cuba y desde ahí se desplazó hacia Puerto Rico y México, donde combinó elementos de la clave, el bolero y el bambuco. Todo ello ocurrió a finales del siglo XIX.

 

En México, especialmente en Yucatán, la trova floreció gracias a la sólida tradición literaria de la región, que se fusionó con la música. Su época de mayor esplendor se extendió entre 1900 y 1940, con grandes artistas como Ricardo Palmerín Pavía, Pepe Domínguez Zaldívar, Enrique Galaz Chacón y Guty Cárdenas Pinelo, quienes unieron su talento al de algunos de los mejores poetas de la región: Rosario Sansores Prén, Ermilo Padrón López, Ricardo López Méndez, Manuel Díaz Massa y José Díaz Bolio, por mencionar solo algunos.

 

Un gran ejemplo de esta colaboración es la inmortal “Peregrina”, de 1922, escrita por el poeta Luis Rosado Vega y dedicada a la periodista estadounidense Alma Reed, quien entonces era pareja sentimental del gobernador yucateco Felipe Carrillo Puerto. La música fue compuesta por el trovador originario de Tekax, Yucatán, Ricardo Palmerín.

 

Otro ejemplo es “Languidece una estrellita”, que originalmente fue un poema de Ricardo “El Vate” López Méndez, nacido en Izamal, Yucatán. Se trató del primer poema suyo musicalizado, y Palmerín fue el encargado de hacerlo hace exactamente un siglo. Otros poemas de “El Vate” que también fueron llevados a la música son las inmortales “Nunca” —quizá mi pieza favorita de la trova yucateca— y “Golondrina viajera”, aunque estas alcanzaron una enorme popularidad gracias al gran Augusto Alejandro Cárdenas Pinelo, mejor conocido como Guty Cárdenas.

 

Con el paso de los años, la trova perdió popularidad, sobre todo en el centro del país, debido a la llegada de otros géneros, como el bolero, la música ranchera, el chachachá y el mambo, que dominaron la radio. Sin embargo, nunca desapareció, especialmente en su lugar de origen. Aquí, en Yucatán, se sigue preservando y enseñando a las nuevas generaciones mediante programas educativos, no solo para evitar que desaparezca, sino también para que continúe renovándose sin perder su esencia y, sobre todo, para mantener viva la memoria de uno de los legados musicales más valiosos de la península.

Melody A.M.

  Por Oscar Fernández Herrera       A principios del nuevo milenio, la música electrónica atravesó una etapa de transformación. El a...