Por Oscar Fernández Herrera
Escuché a The Cure cuando aún estudiaba la secundaria
gracias a mi hermano, quien pasaba buena parte de sus tardes y seguía a la
banda como si se tratara de un pronunciamiento casi religioso. Resultó imposible
no enamorarse de obras maestras como “Disintegration”, “Pornography”, “The Head
On The Door”, “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me” o “Faith”, por mencionar apenas una
parte de lo más sobresaliente que esta agrupación británica nos ha regalado.
Sin embargo, debo confesarles que “Bloodflowers” es, quizá, mi disco favorito.
Lanzado en 2000, este álbum llegó en un momento crítico
para Robert Smith y compañía debido al irregular desempeño de “Wild Mood
Swings”, publicado en 1996 y del que apenas puedo rescatar el sencillo “The
13th”. Después de esta colección de rolas tan dispersas, The Cure decidió
recuperar su identidad emocional con “Bloodflowers”, un trabajo pulido,
coherente y bastante sólido.
Pese a ser un grupo tan afamado, Robert asumió el control
creativo para lograr una producción íntima, pausada y, en ocasiones,
desmedidamente atmosférica. El disco se caracterizó por sus largos paisajes
sonoros, sus guitarras envolventes y sus letras marcadas por la reflexión sobre
el paso del tiempo, el envejecimiento, la pérdida y la memoria.
En aquellos años, la industria musical se encontraba
dominada por el britpop, el nu metal y el pop adolescente, por lo que
“Bloodflowers” aparentaba ser una obra pretérita o caduca. Nada de eso, pues
Robert Smith recuperó, con estas canciones, su esencia lóbrega y maliciosa. La
recepción fue generosa, ya que la grabación fue calificada como conmovedora,
aunque algunos críticos objetaron la duración de ciertos temas.
Con todo, “Bloodflowers” no consiguió ventas millonarias,
aunque los fanáticos sí lo celebraron como el último gran disco de The Cure
antes del prolongado silencio que vino después.
Sobresalen “Out Of This World”, con su atmósfera inmensa y
contemplativa; “The Last Day Of Summer”, una reflexión sobre el paso del tiempo
y la pérdida de la juventud; “Bloodflowers”, un tema largo, lento y
meditabundo; “Maybe Someday”, un sencillo más directo y melódico; y “There Is
No If...”, con una de las letras más íntimas y dolorosas del álbum.
¿Qué más decir? ¡Corra a escucharlo!






