Por Oscar Fernández Herrera
Beck Hansen se formó musicalmente gracias a que David
Campbell, su padre, es arreglista y compositor, mientras que su abuelo materno,
Al Hansen, se relacionó con el movimiento Fluxus y su madre, Bibbe Hansen,
formó parte del entorno artístico de Andy Warhol. Después de sus primeros
trabajos independientes, irrumpió en la escena pública con “Loser”, canción que
llevó a “Mellow Gold” al estrellato en 1994. Dos años después llegó “Odelay”,
el disco que consolidó su reputación internacional y que fusionó hip hop, rock,
folk, funk, electrónica y sampleos con una libertad nada habitual en el pop de
aquel entonces.
Después de “Mutations”, un disco mucho más orgánico y
melancólico que apareció en 1998, las multitudes esperaban un trabajo que, de
alguna manera, siguiera los pasos de “Odelay”, pues supusieron que Beck era el
líder y portavoz de la Generación X. Pese a estos calificativos, el intérprete
de “Devil’s Haircut” nos regaló un álbum cargado de funk, R&B, soul, hip
hop, disco, electrónica y mucho humor sexual.
Grabado durante julio de 1998, “Midnite Vultures” se
confeccionó alrededor de bajos, baterías, sintetizadores, guitarras, órganos,
metales, coros, programación y una enorme cantidad de detalles de estudio.
Producido por Mickey Petralia y Tony Hoffer, este discazo lució influencias que
pasaron desde Rick James y Prince hasta Kraftwerk y David Bowie. Cuando salió a
la venta en noviembre de 1999, el público no supo si debía tomarlo en serio,
pues “Sexx Laws”, “Nicotine & Gravy”, “Mixed Bizness”, “Hollywood Freaks” y
“Debra” estuvieron llenas de insinuaciones sexuales, personajes exagerados y
frases deliberadamente absurdas.
La prensa también reaccionó desconcertada. Pitchfork dudó si se trataba de una obra
musical genuina o de una parodia deliberadamente exagerada. The Washington Post distinguió una
apropiación problemática de estilos musicales afroamericanos y consideró que la
acumulación de imitaciones podía terminar revelando más la audacia de Beck que
una verdadera profundidad musical.
Con todo, vale la pena escuchar “Sexx Laws”, una
declaración de principios cargada de funk, soul, metales, banjo, pedal steel y
una letra deliberadamente provocadora; “Mixed Bizness”, un súper temazo que
representó la versión más accesible de esta “extravagancia sonora”; “Get Real
Paid”, que mostró el interés de Beck por la electrónica y Kraftwerk; “Hollywood
Freaks”, una pieza intencionadamente caricaturesca que contó con la
participación de los Dust Brothers; “Beautiful Way”, una balada cálida y
sombría; y “Debra”, un tremendo cierre con falsete, soul lento, humor y
obsesión romántica.
Para mí, estimados lectores, “Midnite Vultures” tuvo un
asombroso valor sentimental porque mis amigos de la universidad me lo
obsequiaron cuando cumplí años, menos de un mes después de que muriera mi papá.
Recuerdo que, aún con la tristeza que experimentaba, rompí el envoltorio del
regalo para descubrir esta joyita del maestro Hansen. En aquellos años me
emocionaba demasiado con la música que escuchaba en la radio.
De las sesiones emergieron temas que no llegaron a la
versión final del disco. “Arabian Nights”, “Dirty Dirty”, “Earthquake Weather”,
“Rental Car” y “Zatyricon”, entre otros, aparecieron posteriormente como lados
B o en lanzamientos relacionados con la época.
El tiempo le ha hecho justicia a “Midnite Vultures”,
aunque, en su momento, Q llegó al
extremo de incluirlo en una lista de los cincuenta peores discos de la
historia. Omitan el dato y lléguenle a esta singular colección de himnos funk.


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