Watching
him dash away, swinging an old bouquet (dead roses) …
Por Oscar Fernández Herrera
David Bowie marcó un hito en la historia del rock cuando,
como Ziggy Stardust, hermanó música, moda y teatralidad de una forma
completamente innovadora. Gracias a este alter ego andrógino y alienígena, el
delgado duque blanco desafió las normas de género e íntimas de la época para
transformarse en un ícono cultural y en un símbolo de libertad creativa.
Ziggy Stardust, personificado en tres gloriosos álbumes
(aunque algunos biógrafos aún discuten el número exacto), no sólo consolidó su
estatus como superestrella mundial, sino que también marcó el comienzo de una
nueva era de expresión artística en la música pop. Glam rock, para ser más
puntuales.
Solía ser un chambón en la preparatoria cuando, quizá por
mediación divina, descubrí que la música era un bálsamo para el alma, un
narcótico para el cuerpo y una compañera para la eternidad. Primero fue Michael
Jackson, a quien desatendí muy pronto, porque después conocí a Prince (de quien
nunca me apartaré) e, inmediatamente después, a David Bowie y a Björk.
Fue en El Chopo, el legendario tianguis contracultural,
donde encontré un casete de “Outside” y, con él, mi mundo comenzó a girar y
girar como nunca antes. Por consejos de Edgar, mi hermano y gurú musical,
retrocedí en el tiempo para contemplar y disfrutar los primeros trabajos del
camaleón. Con la irrebatible selección de “The Rise & Fall Of Ziggy
Stardust & The Spiders From Mars”, también me rendí a los pies de “Hunky
Dory” y, cómo no, “Aladdin Sane”.
Trágico, pasional y elegante,
“Aladdin Sane” es puro rock and roll; una suerte de “Sgt. Pepper's Lonely
Hearts Club Band”, de The Beatles, un disco interpretado por un álter ego. Está lleno de riffs
densos y rápidos (“Watch That Man”, el corte inicial, lo demuestra con creces),
delicadas notas de piano, cortesía de Mike Garson, y desconcertantes ecos del
cabaret berlinés anteriores a la guerra.
Pese a sus numerosas bondades, éste no funciona como un
trabajo conceptual, pues se pasea por el rock, el glam, el doo wop, el pop, y
hasta el proto-metal con poca naturalidad, lo que ocasionó detracciones entre
la prensa y el público. Es mutable, como si apelara a distintos estados de
ánimo.
El mensaje general de “Aladdin Sane” es poco claro, ya que
en él se percibe la lucha de Bowie en contra de Ziggy para que no se apodere de
su mente. Es, al mismo tiempo, sublime e improvisado.
Del mismo modo, esta increíble colección (y espero que no
malinterpreten el sentido de mis palabras) de diez himnos simboliza la
incursión de Bowie en Estados Unidos (él mismo lo llamó, en más de una ocasión,
como “Ziggy Goes To America”), pero no está libre de algunos tropiezos.
El tema que da nombre al disco es, a mi parecer, ¡monumental!,
aunque muchos la describen como laboriosa y confusa. Sugestionada por “Vile
Bodies”, de Evelyn Waugh, un escritor, novelista y periodista británico,
conocido principalmente por sus sátiras sociales y su estilo literario
refinado, irónico y hondamente observador, la letra deambula entre la
desesperación, el desamor y las guerras mundiales.
Muchos han escrito con relación al juego de palabras “A lad
insane” (“un muchacho loco”) como una referencia directa a su medio hermano
esquizofrénico, pero nada se ha aclarado aún.
En “Drive - In Saturday” encontramos una de las mejores
interpretaciones vocales de Bowie, a pesar de la distopia que narra en menos de
cinco minutos. Por otra parte, “Cracked Actor”, contrasta con esas pesadísimas
guitarras cortesía de Mick Ronson. Monumental.
“Time” es una de las grandes canciones de este disco. Corre
lenta en un inicio para despegar con una fuerza tremenda. Quizá la letra no sea
tan portentosa, pero resulta gloriosa gracias a todos los elementos que
presenta.
La gran joya de “Aladdin Sane” es, sin lugar a dudas, “The
Jean Genie”, un rock crudo y sucio, con fuertes raíces en el blues - rock y el
glam, caracterizado por un riff de guitarra potente y repetitivo tocado, otra
vez, por Mick Ronson. Tiene un aire rústico y sucio, que recuerda a bandas como
The Rolling Stones o a T. Rex, pero con el sello teatral y provocador de David Bowie.
La canción es un aparente homenaje a Iggy Pop, su gran
amigo y colaborador; el título es un juego de palabras entre Jean Genet, el
escritor francés abiertamente homosexual y rebelde, y la idea de un genio, o
“genie”. La letra habla de un personaje callejero, desinhibido, insurrecto,
salvaje y fuera de control, que encarna un espíritu decadente y urbano.
Un dato curioso: el riff se parece bastante al de “Blockbuster!”,
de Sweet, aunque ambos fueron escritos al mismo tiempo de forma independiente.
“Aladdin Sane” representa no sólo la evolución musical de
Bowie, sino también su madurez como artista que sabe trascender las modas y sus
propias máscaras. Con un sonido sofisticado, una producción meticulosa de Ken
Scott y una ejecución musical que bordea lo experimental, pero sigue siendo
rock and roll, el álbum es al mismo tiempo un reflejo del caos cultural
posterior a los años sesenta y una obra esencial del glam rock.
Bowie anticipó el movimiento de la contracultura y demostró
que el arte podía ser incómodo, bello y revolucionario al mismo tiempo.
“Aladdin Sane” es más que un simple disco: es una declaración de principios disfrazada
de espectáculo sonoro.

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