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sábado, 13 de septiembre de 2025

Aladdin Sane


 

Watching him dash away, swinging an old bouquet (dead roses) …

 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

David Bowie marcó un hito en la historia del rock cuando, como Ziggy Stardust, hermanó música, moda y teatralidad de una forma completamente innovadora. Gracias a este alter ego andrógino y alienígena, el delgado duque blanco desafió las normas de género e íntimas de la época para transformarse en un ícono cultural y en un símbolo de libertad creativa.

 

Ziggy Stardust, personificado en tres gloriosos álbumes (aunque algunos biógrafos aún discuten el número exacto), no sólo consolidó su estatus como superestrella mundial, sino que también marcó el comienzo de una nueva era de expresión artística en la música pop. Glam rock, para ser más puntuales.

 

Solía ser un chambón en la preparatoria cuando, quizá por mediación divina, descubrí que la música era un bálsamo para el alma, un narcótico para el cuerpo y una compañera para la eternidad. Primero fue Michael Jackson, a quien desatendí muy pronto, porque después conocí a Prince (de quien nunca me apartaré) e, inmediatamente después, a David Bowie y a Björk.

 

Fue en El Chopo, el legendario tianguis contracultural, donde encontré un casete de “Outside” y, con él, mi mundo comenzó a girar y girar como nunca antes. Por consejos de Edgar, mi hermano y gurú musical, retrocedí en el tiempo para contemplar y disfrutar los primeros trabajos del camaleón. Con la irrebatible selección de “The Rise & Fall Of Ziggy Stardust & The Spiders From Mars”, también me rendí a los pies de “Hunky Dory” y, cómo no, “Aladdin Sane”.

 

Trágico, pasional y elegante, “Aladdin Sane” es puro rock and roll; una suerte de “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”, de The Beatles, un disco interpretado por un álter ego. Está lleno de riffs densos y rápidos (“Watch That Man”, el corte inicial, lo demuestra con creces), delicadas notas de piano, cortesía de Mike Garson, y desconcertantes ecos del cabaret berlinés anteriores a la guerra.

 

Pese a sus numerosas bondades, éste no funciona como un trabajo conceptual, pues se pasea por el rock, el glam, el doo wop, el pop, y hasta el proto-metal con poca naturalidad, lo que ocasionó detracciones entre la prensa y el público. Es mutable, como si apelara a distintos estados de ánimo.

 

El mensaje general de “Aladdin Sane” es poco claro, ya que en él se percibe la lucha de Bowie en contra de Ziggy para que no se apodere de su mente. Es, al mismo tiempo, sublime e improvisado.

 

Del mismo modo, esta increíble colección (y espero que no malinterpreten el sentido de mis palabras) de diez himnos simboliza la incursión de Bowie en Estados Unidos (él mismo lo llamó, en más de una ocasión, como “Ziggy Goes To America”), pero no está libre de algunos tropiezos.

 

El tema que da nombre al disco es, a mi parecer, ¡monumental!, aunque muchos la describen como laboriosa y confusa. Sugestionada por “Vile Bodies”, de Evelyn Waugh, un escritor, novelista y periodista británico, conocido principalmente por sus sátiras sociales y su estilo literario refinado, irónico y hondamente observador, la letra deambula entre la desesperación, el desamor y las guerras mundiales.

 

Muchos han escrito con relación al juego de palabras “A lad insane” (“un muchacho loco”) como una referencia directa a su medio hermano esquizofrénico, pero nada se ha aclarado aún.

 

En “Drive - In Saturday” encontramos una de las mejores interpretaciones vocales de Bowie, a pesar de la distopia que narra en menos de cinco minutos. Por otra parte, “Cracked Actor”, contrasta con esas pesadísimas guitarras cortesía de Mick Ronson. Monumental.

 

“Time” es una de las grandes canciones de este disco. Corre lenta en un inicio para despegar con una fuerza tremenda. Quizá la letra no sea tan portentosa, pero resulta gloriosa gracias a todos los elementos que presenta.

 

La gran joya de “Aladdin Sane” es, sin lugar a dudas, “The Jean Genie”, un rock crudo y sucio, con fuertes raíces en el blues - rock y el glam, caracterizado por un riff de guitarra potente y repetitivo tocado, otra vez, por Mick Ronson. Tiene un aire rústico y sucio, que recuerda a bandas como The Rolling Stones o a T. Rex, pero con el sello teatral y provocador de David Bowie.

 

La canción es un aparente homenaje a Iggy Pop, su gran amigo y colaborador; el título es un juego de palabras entre Jean Genet, el escritor francés abiertamente homosexual y rebelde, y la idea de un genio, o “genie”. La letra habla de un personaje callejero, desinhibido, insurrecto, salvaje y fuera de control, que encarna un espíritu decadente y urbano.

 

Un dato curioso: el riff se parece bastante al de “Blockbuster!”, de Sweet, aunque ambos fueron escritos al mismo tiempo de forma independiente.

 

“Aladdin Sane” representa no sólo la evolución musical de Bowie, sino también su madurez como artista que sabe trascender las modas y sus propias máscaras. Con un sonido sofisticado, una producción meticulosa de Ken Scott y una ejecución musical que bordea lo experimental, pero sigue siendo rock and roll, el álbum es al mismo tiempo un reflejo del caos cultural posterior a los años sesenta y una obra esencial del glam rock.

 

Bowie anticipó el movimiento de la contracultura y demostró que el arte podía ser incómodo, bello y revolucionario al mismo tiempo. “Aladdin Sane” es más que un simple disco: es una declaración de principios disfrazada de espectáculo sonoro.

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