El mundo de la música brasileña lo conocí más a fondo por mi hermano
Oscar; se clavó gruesísimo en el movimiento Tropicalia, jóvenes brasileños que
a mediados de los 60 iban en contra del Bossa Nova, pero sí gustaban de sus
raíces, no las ignoraban; las conjugaron con un poco de psicodelia y de rock,
pero sobre todo con mensaje. ¿A qué me refiero? A que grandes artistas como
Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa y Os Mutantes le agregaron a su
movimiento cultural letras políticas, sociales y culturales.
Generacionalmente, la gran Elis Regina creo que no la consideran en
este movimiento cultural; ella comenzó su carrera en 1959. Sin embargo,
ideológicamente estaba acorde al Tropicalismo, ya que estuvo en contra de la
idea de que Brasil era diversión, playa, mujeres y hombres atractivos. Brasil
era mucho más, y lo que, en su música, y sobre todo en su arte, denunciaba Elis
—al igual que Caetano y Gilberto— era que había represión política, censura,
pobreza y desigualdad social. Elis era una mujer muy politizada.
Por el contrario, el gran Tom Jobim, a pesar de ser un gran artista
—nadie pone en juicio su genialidad—, a diferencia de los músicos antes
mencionados, en su música sí recurría o explotaba el Brasil paradisíaco: el de
las hermosas playas y, sobre todo, las mujeres hermosas. Basta con escuchar esa
canción hermosa que es “Garota de Ipanema”.
Difícil haber pensado en una colaboración entre Elis Regina y Tom Jobim;
sin embargo, sí se dio, por increíble que pueda pensarse, y la verdad fue un
gran trabajo. Pero esta mítica colaboración la pueden leer en “Escombros
Cósmicos”, que hace una semana nos relató Oscar Fernández.
Hoy quisiera concentrarme en una sola canción, quizás la mejor del
disco, o mejor dicho, mi favorita: me refiero a la sensacional Águas de Março.
Águas de Março fue compuesta por Jobim en el año de 1972, pero alcanzó
la gloria, notoriedad e inmortalidad con Elis Regina, una de las grandes glorias
de la música brasileña, en 1974 con la publicación del disco Elis & Tom.
Cuenta la leyenda que, al momento de grabarla, le recriminó al maestro
Jobim cómo le pedía que debía cantarla. Él siempre sugirió susurrar; Elis era
de voz fuerte, no se contenía, y sin embargo al final se logró una gran
canción.
La canción, que en apariencia solo plasma los cambios estacionales, en
realidad nos hace ver lo fugaz que es el paso por este mundo terrenal. Un tema
muy profundo que Jobim supo plasmar en esta hermosa composición. Hacia el final
de la canción se puede apreciar una divertida improvisación entre Regina y
Jobim, muy al estilo de los grandes vocalistas de jazz, un “scat” delicioso.
Jobim era un gran letrista, y en esta pieza lo demuestra con creces. La
metáfora de utilizar las grandes lluvias torrenciales que inician en marzo nos
indica que se está preparando la tierra para un nuevo florecimiento. Esto
resulta muy inspirador: son los ciclos de la naturaleza y de la vida humana,
todo tiene relación. Jobim lo muestra de una manera muy poética: hay que estar
preparados para los cambios o los momentos de transición.
Se cuenta que la intención del sello discográfico Philips era acercar
el Bossa Nova al público de ella, con la intención de que el radicalismo de las
ideas políticas de Elis y sus seguidores bajara. Recuerden que en esos años
Brasil vivía una dura dictadura militar, pero Elis era intocable: tenía una
popularidad enorme y el gobierno tenía miedo a las reacciones.
Hace muchos años escuchaba un podcast llamado “El soundtrack de una
vida”; en el, la gran cantante Jaramar decía que, para no olvidarse de qué es
cantar, qué es disfrutar el canto y, sobre todo, recordar las grandes voces,
siempre se remitía a Elis Regina y a sus Águas de Março.
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