Por Oscar Fernández Herrera
Michael Jackson es el responsable de mi gusto desmedido por
la música. Sí, era un adolescente cuando “El Rey del Pop” visitó México como
parte de su gira “Dangerous”. Resultó casi imposible no escucharlo y enamorarse
de sus canciones, monumentales clásicos que aún podemos disfrutar en diferentes
formatos.
Gracias a ese fanatismo, pronto me interesé en otros
géneros y creadores, lo que causó que me alejara de la música de Jackson, aunque,
cada tanto, siempre regresaba para escucharlo con mucha emoción y nostalgia,
sobre todo sus discos de la Motown, donde puede apreciársele una voz
francamente sorprendente. Con todo, el anuncio de su película autobiográfica no
me emocionó en lo absoluto porque este tipo de filmes me decepcionan por lo
superficiales e insípidos que son. Por desgracia no me equivoqué.
La ambiciosa “Michael”, dirigida por Antoine Fuqua, se
presentó como el retrato definitivo de Michael Jackson, pero terminó por
quedarse en una versión cuidadosamente “perfecta” de su figura. Lejos de
ofrecer un acercamiento honesto, la película optó por una narrativa que sorteó
de la forma más despreciable los episodios más controvertidos de su vida, lo
que resultó en una biografía incompleta y, por momentos, complaciente. Esta
decisión no solo redujo su alcance dramático, sino que también limitó cualquier
intento de adentrarse en la complejidad psicológica del artista, cuya
personalidad aparece apenas esbozada entre viñetas superficiales de éxito y
genialidad.
El guion, estructurado bajo los códigos más convencionales
del biopic musical, prosperó sin riesgos ni hallazgos formales para acumular
momentos emblemáticos sin una verdadera cohesión emocional. En lugar de
construir un arco narrativo sólido, el filme se percibe como una sucesión de
estampas que dependen en exceso del poder de canciones icónicas como “Billie
Jean” o “Thriller”, utilizadas más como sostén que como una parte sistémica del
discurso cinematográfico. Ni siquiera estas recreaciones lograron el impacto
esperado: muchísimas secuencias carecen de la energía y el magnetismo que
definieron al artista en su mejor momento.
A ello se sumó un desarrollo débil de los personajes
secundarios, que orbitaron alrededor de Jackson sin aportar matices ni
conflictos reales, y una sensación persistente de relato recortado, como si la
historia se negara a completarse. Me dio la impresión de que sólo se trató de
una interminable secuencia de cómo se filmaron sus célebres videoclips y ya.
El resultado es una obra técnicamente complaciente, pero
dramáticamente inofensiva, que beneficia el homenaje por encima de la
introspección. En última instancia, “Michael” funciona como un espectáculo
pulido y accesible, pero renuncia a la profundidad y al riesgo que exige un
personaje de tal magnitud: mucho brillo, sí, pero sorprendentemente poca
verdad.
Eso sí, los fanáticos más conformes la amaran porque, para
ellos, es impensable reconocer que Michael fue la suma de éxitos y fracasos.

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