Por Oscar Fernández Herrera
Paul McCartney siempre ha sido mi beatle favorito gracias a
su talento melódico, su versatilidad y su indiscutible carisma. Pese a sus
tropiezos artísticos, le reconozco su habilidad para crear música de primerísima
categoría, perpetua e irremplazable. “Red Rose Speedway”, su cuarto álbum en
solitario y el segundo acreditado a Wings, es una muestra de por qué me gusta
tanto Macca.
Después del irregular “Wild Life”, de 1971, que fue
duramente criticado por su sonido en extremo básico y poco pulido, Sir Paul se
dispuso a grabar uno de sus discos más célebres gracias a temazos como “My
Love”, “Little Lamb Dragonfly” y “When The Night”.
Pese a sus bondades, una buena parte de la crítica se
mostró fraccionada al acusarlo de ligero y cursi. La exclusión de temas
compuestos por Denny Laine y McCullough robusteció la idea de que en “Red Rose
Speedway” únicamente se incluyeron canciones de relleno, a pesar de los
experimentos “Loup” y “Hold Me Tight/Lazy Dynamite/Hands Of Love/Power Cut”,
que replicaba lo hecho por los Beatles en el lado b de “Abbey Road”.
Concebido originalmente como un álbum doble, “Red Rose
Speedway” fue un disco suave y melódico, que reflejó su faceta más romántica y
accesible tras la disolución de The Beatles. Destacó por sus baladas elegantes
y arreglos pulidos, con el éxito “My Love” como sencillo principal.
La versión ampliada contiene muchísimas joyas como “Mary
Had A Little Lamb”, “Hi, Hi, Hi”, “C Moon”, “I Would Only Smile”, “Tragedy”, “Live
And Let Die”, y una increíble versión en directo de “1882”, entre otras muchas
tomas y curiosidades.
Un trabajo cálido, sencillo y pasional, a pesar de las
lapidarias palabras de jueces como Robert Christgau, quien lo calificó como
“posiblemente el peor álbum” de un gran rockero.
“Red Rose Speedway” se disfruta sin mayores pretensiones.

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