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viernes, 1 de mayo de 2026

Javier Solís, a sesenta años de su partida


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

 

El 19 de abril, pero de 1966, falleció uno de los cantantes más extraordinarios que ha tenido México; con una voz que estremecía a cualquiera. Dice la leyenda que “La Voz”, entiéndase el enorme Frank Sinatra, admiraba mucho a este intérprete mexicano: nos referimos al gran Javier Solís.

 

Escuché a Javier Solís gracias a mi papá; varios fines de semana salían de las bocinas “Entrega Total”, “Las Rejas No Matan”, “Sombras”, etc., y quedé maravillado y prendado de esa voz, tanto así que, aún hoy en día, lo sigo escuchando con vehemencia.

 

De orígenes humildes, el “Señor de Sombras”, Gabriel Siria Levario, nació un 1 de septiembre de 1931 en el entonces Distrito Federal, en el emblemático barrio de Tacubaya. Desde muy niño tuvo que trabajar para apoyar la economía familiar; se dedicó a varias actividades, entre ellas ser carnicero y hasta boxeador (el ídolo soñaba con convertirse en un gran pugilista). “Mi vocación artística se inició por hambre; en la carnicería solo ganaba 17 pesos y eso no me alcanzaba para nada”. Por esta razón, comenzó a ir a Plaza Garibaldi, donde solía cantar para ganar unos pesos más y tratar de salir de su situación tan precaria; al principio, aun con su gran voz, solía imitar a Pedro Infante y a Jorge Negrete, pues aún no encontraba su distintivo vocal. Fue en el mítico Garibaldi donde Julito Rodríguez Reyes, quien fuera la primera voz de Los Panchos, lo descubrió y lo puso en el camino correcto para llegar a la cima del éxito.

 

Tardó, pero descubrió su personalidad y, en ese momento, se ganó la admiración y la simpatía del público mexicano, que encontró en Javier Solís al ídolo que le hacía falta a la música ranchera, sobre todo después de las lamentables muertes de Jorge Negrete y de Pedro Infante.

 

Con temas como “Llorarás”, “Cuatro Cirios”, “Si Dios Me Quita la Vida”, “Esclavo y Amo”, “En mi viejo San Juan” y, sobre todo, “Sombras”, se encumbró como el “Rey del Bolero Ranchero”.

 

El ritmo de trabajo y su adicción al alcohol le hicieron padecer fuertes dolores en el estómago, lo que provocó una operación de vesícula. Salió bien de la intervención quirúrgica; sin embargo, el 19 de abril de 1966, a las 5:25 de la madrugada, en la habitación 406 del Hospital Santa Elena de la Ciudad de México, Javier Solís murió. Tenía tan solo 34 años.

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