Por Edgar Fernández Herrera
El 19 de abril, pero de 1966, falleció uno de
los cantantes más extraordinarios que ha tenido México; con una voz que
estremecía a cualquiera. Dice la leyenda que “La Voz”, entiéndase el enorme
Frank Sinatra, admiraba mucho a este intérprete mexicano: nos referimos al gran
Javier Solís.
Escuché a Javier Solís gracias a mi papá;
varios fines de semana salían de las bocinas “Entrega Total”, “Las Rejas No
Matan”, “Sombras”, etc., y quedé maravillado y prendado de esa voz, tanto así
que, aún hoy en día, lo sigo escuchando con vehemencia.
De orígenes humildes, el “Señor de Sombras”,
Gabriel Siria Levario, nació un 1 de septiembre de 1931 en el entonces Distrito
Federal, en el emblemático barrio de Tacubaya. Desde muy niño tuvo que trabajar
para apoyar la economía familiar; se dedicó a varias actividades, entre ellas
ser carnicero y hasta boxeador (el ídolo soñaba con convertirse en un gran pugilista).
“Mi vocación artística se inició por hambre; en la carnicería solo ganaba 17
pesos y eso no me alcanzaba para nada”. Por esta razón, comenzó a ir a Plaza
Garibaldi, donde solía cantar para ganar unos pesos más y tratar de salir de su
situación tan precaria; al principio, aun con su gran voz, solía imitar a Pedro
Infante y a Jorge Negrete, pues aún no encontraba su distintivo vocal. Fue en
el mítico Garibaldi donde Julito Rodríguez Reyes, quien fuera la primera voz de
Los Panchos, lo descubrió y lo puso en el camino correcto para llegar a la cima
del éxito.
Tardó, pero descubrió su personalidad y, en
ese momento, se ganó la admiración y la simpatía del público mexicano, que
encontró en Javier Solís al ídolo que le hacía falta a la música ranchera, sobre
todo después de las lamentables muertes de Jorge Negrete y de Pedro Infante.
Con temas como “Llorarás”, “Cuatro Cirios”,
“Si Dios Me Quita la Vida”, “Esclavo y Amo”, “En mi viejo San Juan” y, sobre
todo, “Sombras”, se encumbró como el “Rey del Bolero Ranchero”.
El ritmo de trabajo y
su adicción al alcohol le hicieron padecer fuertes dolores en el estómago, lo
que provocó una operación de vesícula. Salió bien de la intervención
quirúrgica; sin embargo, el 19 de abril de 1966, a las 5:25 de la madrugada, en
la habitación 406 del Hospital Santa Elena de la Ciudad de México, Javier Solís
murió. Tenía tan solo 34 años.

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