Por Oscar
Fernández Herrera
Cuando David Bowie publicó “Diamond Dogs” en 1974, se
encontraba en uno de los momentos más inciertos de su magnífica carrera, pues
ya había abandonado a Ziggy Stardust y, como consecuencia, disuelto a The Spiders
from Mars, lo que le permitió deshacerse de la identidad que le había dado el
reconocimiento mundial que buscó durante años. El disco nació, en gran medida,
de su obsesión por llevar al terreno musical la novela “1984”, de George
Orwell.
Bowie llegó a escribir varias canciones inspiradas
directamente en la obra del prosista británico y planeó incluso una adaptación
escénica, pero los derechos le fueron negados por Sonia Orwell, viuda del
escritor. Lejos de abandonar la idea, decidió reciclar parte del material e
integrarlo en una visión propia de un mundo decadente y posapocalíptico. El
resultado fue “Diamond Dogs”.
Para su grabación, el Delgado Duque Blanco asumió el
control creativo para lograr un álbum prácticamente solista, lo que implicó un
cambio en su método de trabajo. Como resultado, puede apreciarse una obra más
personal y experimental, casi oscura y teatral, muy lejos de las fórmulas que
hicieron tan famoso a Ziggy Stardust.
El material final se movió entre el rock áspero, el soul
primario que Bowie desarrollaría más tarde en “Young Americans” y los paisajes
sonoros teatrales reflejados en “Sweet Thing”, “Candidate” o “Big Brother”.
Muchos críticos señalaron que el disco funcionó como un puente entre dos etapas
fundamentales de su enorme trayectoria.
Si bien la recepción inicial fue positiva, este lanzamiento
no se libró de cierto desconcierto debido a su irregularidad, según los
comentarios de la prensa de aquella época. No obstante, con el paso de los
años, “Diamond Dogs” ha sido reconsiderado hasta establecerse como una obra
maestra del camaleón inglés.
De este discazo sobresalen, especialmente, “Diamond Dogs”,
el célebre tema que funcionó como una puerta de entrada al universo distópico
de Hunger City, con su ambiente oscuro y amenazante; “Rebel Rebel”, la pieza
más famosa gracias a su riff de guitarra, uno de los más reconocibles de la
historia del rock, y cuya letra celebra la ambigüedad de género, la
individualidad y la rebeldía juvenil; y “1984”, inspirada en la obra de Orwell,
que rememora un mundo angustioso donde predominan el control estatal y la
pérdida de la libertad individual.
Debo admitir, queridos lectores, que cuando escuché
“Diamond Dogs” por primera vez, me resultó muy difícil disfrutarlo.
Probablemente me pareció desigual o, incluso, malísimo. Mi amor por él creció
con las continuas reproducciones. En ocasiones, así funciona el mágico universo
de Bowie.
Por otra parte, es necesario hablar de su portada. David le
encargó el arte al ilustrador belga Guy Peellaert, a quien admiraba
profundamente tras descubrir su libro “Rock Dreams”. A partir de fotografías
tomadas por Terry O’Neill, Peellaert creó una de las imágenes más perturbadoras
e inmortales de la historia del rock: Bowie convertido en una criatura híbrida,
mitad hombre y mitad perro. La ilustración reflejó perfectamente las obsesiones
del disco por la mutación, la decadencia, la deformación física y la
supervivencia en un mundo en ruinas.
La reacción fue inmediata. Los ejecutivos se escandalizaron
al descubrir que la imagen original mostraba explícitamente los genitales del
ser híbrido. La compañía ordenó que fueran eliminados mediante retoques antes
de la distribución masiva, pero algunas copias sin censura sí llegaron a las
tiendas antes de la modificación y, con el tiempo, se transformaron en
auténticas piezas de colección.
Por otra parte, muchísimas bandas y artistas han realizado
interpretaciones personales de algunos de los temas más célebres de este
trabajo: “Diamond Dogs” fue tocada también por Beck, Duran Duran, Def Leppard y
Joan As Police Woman; y Tina Turner grabó una poderosa lectura de “1984” para
transformarla en un tema más cercano al soul y al pop de los ochenta.
“Diamond Dogs” es un disco que merece estar en cualquier
colección musical que se precie de rigurosa.

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