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jueves, 9 de julio de 2026

Heathen


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

No tengo los suficientes calificativos para describir a David Bowie, uno de los genios musicales más trascendentales de nuestra época. Su legado, tan incomparable como fenomenal, desafía el paso del tiempo e inspira a generaciones de artistas. Bowie no solo transformó la música; también redefinió el arte, la identidad y la creatividad. Su obra permanece como prueba de un talento portentosamente original y de una libertad artística que marcó un antes y un después en la cultura contemporánea. Después de escuchar “Outside”, por recomendación de mi hermano, quedé enganchado a él para siempre.

 

Poco a poco logré reunir su discografía, que me dejó atónito por su prodigiosa calidad, pese a algunos descalabros sonoros durante los años ochenta. Mi admiración creció hasta tal punto que Bowie ocupa un lugar irrenunciable en mi humilde existencia. “Heathen”, publicado en 2002, es uno de mis discos favoritos porque reúne a un Bowie maduro, introspectivo y sereno, sin renunciar a la inquietud creativa que siempre definió su obra. Cada rola posee una identidad propia, pero todas conforman un conjunto sólido y emotivo, capaz de alternar entre la melancolía y la reflexión. Es un álbum que nunca pierde vigencia y que revela nuevas sorpresas con cada escucha.

 

Medios especializados como Pitchfork, Q Magazine y The Guardian destacaron la imperturbabilidad del álbum y elogiaron la capacidad inventiva de Bowie, quien prescindió de la necesidad de reinventarse a toda costa para entregar una obra consciente de sus propias fortalezas. Lo interpretaron como el testimonio de un artista que ya no buscaba demostrar nada, sino explorar nuevas posibilidades con absoluta libertad creativa.

 

Coproducido por el genial Tony Visconti, “Heathen” está repleto de arreglos fascinantes: algunos elegantes; otros, erráticos, ruidosos y caóticos. Lejos de las embriagantes experimentaciones de “Low”, “Station to Station” o “Scary Monsters”, parece que Bowie encontró la forma de abrazar el paso de los años con total maestría.

 

Destacan “Sunday”, con sus armonías tan delirantes; “Cactus”, una reinterpretación de The Pixies; “Slow Burn”, con una batería potentísima; “I Would Be Your Slave”, una hermosa canción de género neutro dirigida a una pareja; “5:15 The Angels Have Gone”, un lamento ante la pérdida del amor; “Everyone Says ‘Hi’”, rítmica y contagiosa de principio a fin; y “A Better Future”, una melodía marcada por los sucesos de la época en que fue grabada.

 

El segundo disco de la edición especial de “Heathen” reunió una selección de remezclas, rarezas y grabaciones poco conocidas que ampliaron el universo sonoro del álbum. Entre sus piezas resaltaron las remezclas de “Sunday”, a cargo de Moby, y de “A Better Future”, realizada por Air, las cuales ofrecieron nuevas perspectivas sobre dos de las canciones más introspectivas de la obra original. También incluyó una versión alternativa de “Panic In Detroit”, grabada en 1979 para un proyecto televisivo que nunca llegó a emitirse.

 

La pieza más destacada del conjunto es “Conversation Piece”, una canción escrita por David Bowie a finales de los años sesenta y regrabada en 2002 durante las sesiones del proyecto “Toy”. De este malogrado álbum también se rescataron “Wood Jackson”, “When The Boys Come Marching Home”, “Baby Loves That Way”, “You've Got A Habit Of Leaving”, “Shadow Man” y “Safe”. Todas ellas, increíbles.

 

¡Un discazo!

Walk Hard: la historia de Dewey Cox


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

 

Hace algunos años supe de la existencia de esta película y, hace un par de semanas, me la encontré en iTunes. No dudé ni un segundo en comprarla, y mi adquisición no me decepcionó en absoluto.

 

“Walk Hard: The Dewey Cox Story”, estrenada en 2007, es una falsa biopic dirigida por Jake Kasdan y protagonizada por el genial John C. Reilly. La película narra la vida de un ídolo del rock y el country —o, mejor dicho, del rockabilly—, desde su niñez hasta su muerte. El personaje guarda semejanzas con Johnny Cash, aunque a lo largo de la cinta también pueden apreciarse parodias de Roy Orbison, Bob Dylan, Jerry Lee Lewis y un largo etcétera. Todo transcurre de una manera muy divertida y disfrutable.

 

Dewey Cox toma la decisión de perseguir sus sueños después de prometerle a su hermano, quien fallece cuando ambos eran niños (vaya escena hilarante), que triunfará por los dos. Así, nuestro protagonista comienza a labrar su futuro en el mundo de la música desde un concurso escolar, cambia a toda una nación con su primitivo rock and roll y alcanza el éxito y la fortuna. A partir de ese momento, como era de esperarse, se le presentan todas las tentaciones del mundo: se acuesta con más de 400 mujeres, se casa tres veces, tiene 22 hijos y adopta a otros 14; conduce programas de televisión durante los años setenta, alcanza un enorme éxito, se codea con figuras de la talla de Elvis (interpretado por Jack White) y los Beatles, cae en la adicción a toda clase de drogas y, pese a llevar una vida tan convulsa, termina por convertirse en todo un ícono.

 

Además de Jack White personificando a Elvis, también veremos a Frankie Muniz como Buddy Holly. Jack Black interpreta a Paul McCartney y Paul Rudd a John Lennon. También aparecen, interpretándose a sí mismos, Jackson Browne, Jewel, Lyle Lovett, Ghostface Killah y hasta Eddie Vedder.

 

Se trata de una gran parodia del mundo del rock and roll, muy recomendable. Actualmente puede verse en Netflix o rentarse y comprarse en iTunes. Véanla: no tiene ningún desperdicio.

Computerwelt


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Cuando escuchas a Kraftwerk, una banda alemana formada en 1970 en Düsseldorf por Ralf Hütter y Florian Schneider, tu vida da un giro tan radical que resulta imposible dar marcha atrás. Su uso de sintetizadores, cajas de ritmo y vocoders, junto con una estética minimalista y futurista, redefinió la música electrónica para situarla en un mundo en el que conviven la tecnología, las luces de neón, el transporte, las computadoras y los robots.

 

“Digital Love”, de Daft Punk, me condujo directamente a ellos, aunque supe de su existencia gracias a David Bowie, Depeche Mode y ¡Coldplay! Pese a ello, fue la dupla francesa la que me animó a conocerlos con una curiosidad indescriptible para someterme a su música sin oponer resistencia. “Computerwelt” fue el primer disco que les escuché a los teutones de principio a fin. Quedé maravillado por la forma en que una banda tan adelantada a su tiempo logró esa revolución sonora al tomar las computadoras como punto de partida.

 

¿¡Cómo fue posible que Kraftwerk creara un álbum que hablara de redes informáticas, vigilancia, identidad digital y relaciones mediadas por computadoras, décadas antes de que el internet y los teléfonos inteligentes formaran parte de la vida cotidiana!? ¡Pura magia, señores! Pese a la tibia recepción que obtuvo en un inicio, su alcance y trascendencia han sido tales que incluso el productor y crítico Kirk Degiorgio aseguró que el disco ayudó a abrir el camino para el electro y el hip hop.

 

Más allá de sus logros sonoros, que son muchísimos, “Computerwelt” aseguró su lugar en el Olimpo de la Música gracias a su concepto general, pues cada tema abordó una faceta distinta de la informatización: “Computerwelt”, que exploró las bases de datos y la vigilancia; “Taschenrechner”, una celebración de la computadora de bolsillo como herramienta cotidiana; “Nummern”, que transformó los números en un elemento musical universal; “Computer Liebe”, un himno temprano a las relaciones amorosas mediadas por la tecnología; y “Heimcomputer”, que imaginó el trabajo y el entretenimiento desde casa.

 

Escuchar “Computerwelt” hoy produce una sensación extraña: la de encontrarse frente a un disco que no solo desafió las posibilidades técnicas de su época, sino que también anticipó buena parte del mundo en el que vivimos.

 

Esa capacidad para sonar vigente más de cuatro décadas después confirma que Kraftwerk no solo creó música electrónica; también diseñó, nota tras nota, la banda sonora del futuro. ¡Escucharlo resulta una tarea obligadísima!

La Trova Yucateca


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

 

Hace cien años México vivía uno de sus periodos más dolorosos y sangrientos (sí, uno más).

 

Era 1926 y el presidente Plutarco Elías Calles, quien se propuso hacer cumplir la Constitución de 1917 —de fuerte impronta atea y anticlerical—, surgida de la Revolución Mexicana iniciada en 1910, promulgó la llamada Ley Calles, que restringía severamente el culto religioso. Esto originó un levantamiento armado, especialmente en el centro y occidente de México. Bajo el grito de “¡Viva Cristo Rey!”, los llamados cristeros se opusieron a las leyes que limitaban la libertad de culto y sostuvieron una lucha violenta contra el gobierno de Plutarco Elías Calles. El conflicto se extendió hasta 1929, año en que se alcanzaron los acuerdos de paz, ya con el licenciado Emilio Portes Gil como presidente de la República.

 

Y mientras todo esto sucedía, la vida social y cultural continuaba en México. La ciudad de Mérida fue testigo de que, un 12 de octubre, en el Teatro Peón Contreras, Ricardo Palmerín subió al escenario con su Sexteto Mérida para interpretar por primera vez su composición “Languidece una estrellita”. Era la gran época de la trova yucateca.

 

La trova yucateca fue la música por excelencia durante la década de los veinte. Sus letras románticas y ese aire bohemio la hicieron inmensamente popular. El origen de este género es motivo de debate: Mérida y La Habana se han disputado el honor de su creación. Lo cierto es que, según diversos estudios, la tradición comenzó en el oriente de Cuba y desde ahí se desplazó hacia Puerto Rico y México, donde combinó elementos de la clave, el bolero y el bambuco. Todo ello ocurrió a finales del siglo XIX.

 

En México, especialmente en Yucatán, la trova floreció gracias a la sólida tradición literaria de la región, que se fusionó con la música. Su época de mayor esplendor se extendió entre 1900 y 1940, con grandes artistas como Ricardo Palmerín Pavía, Pepe Domínguez Zaldívar, Enrique Galaz Chacón y Guty Cárdenas Pinelo, quienes unieron su talento al de algunos de los mejores poetas de la región: Rosario Sansores Prén, Ermilo Padrón López, Ricardo López Méndez, Manuel Díaz Massa y José Díaz Bolio, por mencionar solo algunos.

 

Un gran ejemplo de esta colaboración es la inmortal “Peregrina”, de 1922, escrita por el poeta Luis Rosado Vega y dedicada a la periodista estadounidense Alma Reed, quien entonces era pareja sentimental del gobernador yucateco Felipe Carrillo Puerto. La música fue compuesta por el trovador originario de Tekax, Yucatán, Ricardo Palmerín.

 

Otro ejemplo es “Languidece una estrellita”, que originalmente fue un poema de Ricardo “El Vate” López Méndez, nacido en Izamal, Yucatán. Se trató del primer poema suyo musicalizado, y Palmerín fue el encargado de hacerlo hace exactamente un siglo. Otros poemas de “El Vate” que también fueron llevados a la música son las inmortales “Nunca” —quizá mi pieza favorita de la trova yucateca— y “Golondrina viajera”, aunque estas alcanzaron una enorme popularidad gracias al gran Augusto Alejandro Cárdenas Pinelo, mejor conocido como Guty Cárdenas.

 

Con el paso de los años, la trova perdió popularidad, sobre todo en el centro del país, debido a la llegada de otros géneros, como el bolero, la música ranchera, el chachachá y el mambo, que dominaron la radio. Sin embargo, nunca desapareció, especialmente en su lugar de origen. Aquí, en Yucatán, se sigue preservando y enseñando a las nuevas generaciones mediante programas educativos, no solo para evitar que desaparezca, sino también para que continúe renovándose sin perder su esencia y, sobre todo, para mantener viva la memoria de uno de los legados musicales más valiosos de la península.

Lua De Mel Como O Diabo Gosta


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Cuando la música brasileña llamó mi atención, nunca imaginé el infinito sonoro que me esperaba. Desesperado, pero seguro de que jamás renunciaría a ese torbellino de sentimientos que solo los cariocas pueden crear, escuché a Gal Costa. ¡Divina, maravillosa!

 

“Lua De Mel Como O Diabo Gosta”, publicado en 1987, en un momento de transición artística, es uno de los mejores discos de Gal. Después de una primera mitad de los años ochenta marcada por grandes éxitos comerciales y una fuerte presencia en la televisión brasileña (“Chuva de Prata”, “Um Dia de Domingo”, entre otros), la musa del Tropicalismo buscó un repertorio que conciliara el pop de la época con compositores de mayor prestigio dentro de la música popular brasileña, sin renunciar a una producción moderna.

 

Producido por Guto Graça Mello y la propia Gal Costa, “Lua De Mel…” buscó un sonido elegante, con un abundante uso de sintetizadores y guitarras eléctricas, para mantener su enorme popularidad y, al mismo tiempo, recuperar el prestigio artístico asociado a la escuela tropicalista. Para asegurar su éxito, Gal eligió composiciones de Lulu Santos (“Arara”, “Lua De Mel”, “Creio”), Djavan (“O Vento”), Caetano Veloso (“Tenda”), Milton Nascimento y Fernando Brant (“Me Faz Bem”), Gonzaguinha (“Morro De Saudade”) y Joyce Moreno (“Todos Os Instrumentos”), además de una adaptación de “Here, There and Everywhere”, de The Beatles.

 

La producción reunió a varios de los músicos de estudio más solicitados de Brasil en aquel momento, entre ellos Carlinhos Brown, Nico Assumpção, Torcuato Mariano, Robson Jorge y el propio Djavan. Esto confirma que el proyecto fue concebido como una producción de alto nivel dentro del catálogo de RCA/BMG.

 

A diferencia de obras experimentales de los años setenta como “Fa - Tal/Gal A Todo Vapor” o “Cantar”, “Lua De Mel…” apostó por un lenguaje mucho más cercano al pop brasileño contemporáneo, sin abandonar a los autores fundamentales de la música popular brasileña. Esa mezcla permitió que hoy muchos críticos y fanáticos lo consideren un disco representativo del sonido brasileño de finales de los ochenta.

Heathen

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