Por Oscar Fernández Herrera
No tengo los suficientes calificativos para describir a
David Bowie, uno de los genios musicales más trascendentales de nuestra época.
Su legado, tan incomparable como fenomenal, desafía el paso del tiempo e
inspira a generaciones de artistas. Bowie no solo transformó la música; también
redefinió el arte, la identidad y la creatividad. Su obra permanece como prueba
de un talento portentosamente original y de una libertad artística que marcó un
antes y un después en la cultura contemporánea. Después de escuchar “Outside”,
por recomendación de mi hermano, quedé enganchado a él para siempre.
Poco a poco logré reunir su discografía, que me dejó
atónito por su prodigiosa calidad, pese a algunos descalabros sonoros durante
los años ochenta. Mi admiración creció hasta tal punto que Bowie ocupa un lugar
irrenunciable en mi humilde existencia. “Heathen”, publicado en 2002, es uno de
mis discos favoritos porque reúne a un Bowie maduro, introspectivo y sereno,
sin renunciar a la inquietud creativa que siempre definió su obra. Cada rola
posee una identidad propia, pero todas conforman un conjunto sólido y emotivo,
capaz de alternar entre la melancolía y la reflexión. Es un álbum que nunca
pierde vigencia y que revela nuevas sorpresas con cada escucha.
Medios especializados como Pitchfork, Q Magazine y The
Guardian destacaron la imperturbabilidad del álbum y elogiaron la capacidad
inventiva de Bowie, quien prescindió de la necesidad de reinventarse a toda
costa para entregar una obra consciente de sus propias fortalezas. Lo
interpretaron como el testimonio de un artista que ya no buscaba demostrar
nada, sino explorar nuevas posibilidades con absoluta libertad creativa.
Coproducido por el genial Tony Visconti, “Heathen” está
repleto de arreglos fascinantes: algunos elegantes; otros, erráticos, ruidosos
y caóticos. Lejos de las embriagantes experimentaciones de “Low”, “Station to
Station” o “Scary Monsters”, parece que Bowie encontró la forma de abrazar el
paso de los años con total maestría.
Destacan “Sunday”, con sus armonías tan delirantes;
“Cactus”, una reinterpretación de The Pixies; “Slow Burn”, con una batería
potentísima; “I Would Be Your Slave”, una hermosa canción de género neutro
dirigida a una pareja; “5:15 The Angels Have Gone”, un lamento ante la pérdida
del amor; “Everyone Says ‘Hi’”, rítmica y contagiosa de principio a fin; y “A
Better Future”, una melodía marcada por los sucesos de la época en que fue
grabada.
El segundo disco de la edición especial de “Heathen” reunió
una selección de remezclas, rarezas y grabaciones poco conocidas que ampliaron
el universo sonoro del álbum. Entre sus piezas resaltaron las remezclas de
“Sunday”, a cargo de Moby, y de “A Better Future”, realizada por Air, las
cuales ofrecieron nuevas perspectivas sobre dos de las canciones más
introspectivas de la obra original. También incluyó una versión alternativa de
“Panic In Detroit”, grabada en 1979 para un proyecto televisivo que nunca llegó
a emitirse.
La pieza más destacada del conjunto es “Conversation
Piece”, una canción escrita por David Bowie a finales de los años sesenta y
regrabada en 2002 durante las sesiones del proyecto “Toy”. De
este malogrado álbum también se rescataron “Wood Jackson”, “When The Boys Come
Marching Home”, “Baby Loves That Way”, “You've Got A Habit Of Leaving”, “Shadow
Man” y “Safe”. Todas ellas, increíbles.
¡Un discazo!



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