Por Edgar Fernández Herrera
Hablar o escribir de Marilyn Monroe es casi
referirse al símbolo sexual por excelencia del cine. Error fatal: detrás de esa
mujer hermosa hubo una mente inteligente que se esforzó, desde sus orígenes
humildes, por llegar a ser un ícono de Hollywood y que fue una luchadora
incansable contra las injusticias que le tocó vivir y presenciar en su tiempo.
Marilyn Monroe nació en Los Ángeles el 1.º de
junio de 1926. Tuvo una infancia inestable que transcurrió entre orfanatos y
hogares temporales, y se casó por primera vez a los 16 años. Fue descubierta
accidentalmente por un fotógrafo mientras trabajaba en una fábrica. A partir de
ahí comenzó a modelar como chica pin-up. Hubo que hacer sacrificios: se
divorció y cambió su cabello castaño por el rubio platinado con el que saltó al
estrellato. Su primer contrato llegó con Fox y, antes de cumplir los treinta
años, ya era una estrella mundial.
En un mundo misógino que intentó demeritar su
trabajo, en 1950 se negó rotundamente a trabajar en el musical The Girl in Pink
Tights por considerar mediocres sus líneas en el guion. Además, ganaba mucho
menos que el protagonista masculino, que era nada más y nada menos que Frank
Sinatra. También, medio siglo antes del movimiento #MeToo, denunció a
productores, representantes y otras figuras de la industria por abusar de su
estatus y poder al ofrecer oportunidades de trabajo a jóvenes a cambio de
favores sexuales.
Monroe era consciente de su atractivo físico.
Odiaba la forma en que era catalogada y estereotipada, pero supo aprovechar esa
tipificación de manera muy inteligente. Su enorme popularidad también
contribuyó a ello, y citó la siguiente anécdota para ejemplificarlo. En 1954
obligó a los dueños del club nocturno Mocambo, en Hollywood, a cumplir un
contrato con la cantante Ella Fitzgerald que amenazaban con romper. Ella llamó
personalmente al propietario del local y le pidió que no anulara el contrato,
sino que contratara de inmediato a la cantante. Además, le aseguró que, si lo
hacía, ella ocuparía una mesa en primera fila todas las noches. Y eso fue
exactamente lo que sucedió. Vaya paradoja: una mujer rubia enfrentándose al
racismo, pero sobre todo al sexismo y al clasismo. Eso era tener empatía,
conciencia social y feminismo. Recordemos que hablamos de los años cincuenta y
de un contexto social muy diferente al actual.
¿Cómo hubiera sido la participación de Monroe
en los años sesenta, una década agitada y de grandes cambios? No le tocó
presenciar plenamente la lucha por los derechos civiles; posiblemente hubiera
participado activamente en el movimiento. ¿O qué postura habría tomado ante la
infame guerra en el sudeste asiático? Jamás lo sabremos.
La artista, que
enamoró a la leyenda del béisbol Joe DiMaggio y cantó el "Feliz
cumpleaños" al presidente John F. Kennedy en el Madison Square Garden,
falleció el 4 de agosto de 1962, a los 36 años, por una sobredosis de
barbitúricos.

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