Por Oscar
Fernández Herrera
“Araçá Azul”, lanzado en 1972, fue el primer álbum que
Caetano Veloso grabó en Brasil después de su exilio en Londres, ciudad a la que
se trasladó forzado por la dictadura militar tras su detención en 1968. Este
regreso, tanto metafórico como literal, no buscó satisfacer las expectativas
comerciales de su discográfica; por el contrario, se inclinó por la liberación
alcanzada después de un periodo de nostalgia, tristeza y desarraigo.
Esa libertad comenzó cuando Caetano entró al estudio sin
composiciones acabadas y sin un productor, pues la idea consistió en improvisar
durante el proceso de grabación y utilizar el estudio como un instrumento en sí
mismo. Las tomas que se escuchan en el disco fueron el resultado de
superposiciones, ediciones y múltiples registros de voz, algo poco habitual en
la música popular brasileña de comienzos de los años setenta.
Grabado en los Estudios Eldorado, considerados en aquel
momento los más modernos de Brasil desde el punto de vista tecnológico, “Araçá
Azul” es un disco único porque incorporó transposiciones de voz, manipulación
de cintas, collages sonoros, grabaciones de ambientes urbanos y mezclas entre
improvisación, poesía concreta y canción. Los estudiosos denominaron estos recursos
“procedimientos transfonográficos”, es decir, técnicas en las que la grabación
modifica y genera la propia obra musical.
Caetano Veloso sabía que el público esperaba un sucesor de “Transa”,
un álbum mucho más accesible y exitoso. En lugar de ello entregó,
probablemente, la obra más radical de toda su carrera artística. El resultado
fue un fracaso comercial inmediato. La cantidad de devoluciones en las tiendas
fue tan alta que durante años se habló de ello entre el público y la crítica
especializada.
Pese a su naturaleza tan controvertida, “Araçá Azul” llamó
la atención por incluir una reinterpretación completamente transformada de “Tú
Me Acostumbraste”, del cubano Frank Domínguez; el uso de la voz de Dona Edith
do Prato como elemento tímbrico; y el empleo de sonidos ambientales y
estructuras abiertas que difuminaron la frontera entre canción popular,
performance y arte sonoro.
Para mí, estimados lectores, la gran joya de este disco es,
sin duda, “Sugar Cane Fields Forever”, una canción con la que su autor llevó al
límite todas las ideas de “Araçá Azul”, pues en ella tuvieron cabida la
memoria, la poesía, el paisaje disonante, la propia grabación y mucho más. Su
nombre es un guiño directo a “Strawberry Fields Forever”, de The Beatles,
aunque no se trató de una versión ni de una parodia.
Caetano sustituyó las fresas por la caña de azúcar, uno de
los símbolos más profundos de la historia brasileña. Ese cambio desplazó por
completo el significado del título, pues la caña de azúcar representa la
colonización portuguesa, el sistema esclavista, la cultura del nordeste
brasileño y el Brasil colonial. Con más de diez minutos de duración, “Sugar
Cane Fields Forever” no presenta una sucesión clara de verso, coro y puente. Es
una obra de carácter procesual.
Para crearla, el maestro del Tropicalismo grabó nociones
incompletas, añadió nuevas capas, cortó cintas, reorganizó materiales y
permitió que las decisiones técnicas se convirtieran en decisiones musicales.
Totalmente incomprendida, esta pista representó un diálogo con el rock inglés,
al que respondió: “Mi paisaje no son los campos de fresas; son los cañaverales”.
Es una obra maestra.
La portada del disco, realizada por Ivan Cardoso, parece
fragmentar la identidad y desafiar la percepción. La imagen muestra a un
Caetano casi de frente, pero su rostro aparece alterado mediante un efecto
óptico. Por ello, muchos críticos la describieron como una portada de
inspiración cubista, ya que presenta un mismo rostro desde perspectivas
incompatibles al mismo tiempo.
Un disco muy difícil de escuchar, pero que enamora con cada
reproducción. Desafiante.

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