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sábado, 25 de julio de 2026

Araçá Azul


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

“Araçá Azul”, lanzado en 1972, fue el primer álbum que Caetano Veloso grabó en Brasil después de su exilio en Londres, ciudad a la que se trasladó forzado por la dictadura militar tras su detención en 1968. Este regreso, tanto metafórico como literal, no buscó satisfacer las expectativas comerciales de su discográfica; por el contrario, se inclinó por la liberación alcanzada después de un periodo de nostalgia, tristeza y desarraigo.

 

Esa libertad comenzó cuando Caetano entró al estudio sin composiciones acabadas y sin un productor, pues la idea consistió en improvisar durante el proceso de grabación y utilizar el estudio como un instrumento en sí mismo. Las tomas que se escuchan en el disco fueron el resultado de superposiciones, ediciones y múltiples registros de voz, algo poco habitual en la música popular brasileña de comienzos de los años setenta.

 

Grabado en los Estudios Eldorado, considerados en aquel momento los más modernos de Brasil desde el punto de vista tecnológico, “Araçá Azul” es un disco único porque incorporó transposiciones de voz, manipulación de cintas, collages sonoros, grabaciones de ambientes urbanos y mezclas entre improvisación, poesía concreta y canción. Los estudiosos denominaron estos recursos “procedimientos transfonográficos”, es decir, técnicas en las que la grabación modifica y genera la propia obra musical.

 

Caetano Veloso sabía que el público esperaba un sucesor de “Transa”, un álbum mucho más accesible y exitoso. En lugar de ello entregó, probablemente, la obra más radical de toda su carrera artística. El resultado fue un fracaso comercial inmediato. La cantidad de devoluciones en las tiendas fue tan alta que durante años se habló de ello entre el público y la crítica especializada.

 

Pese a su naturaleza tan controvertida, “Araçá Azul” llamó la atención por incluir una reinterpretación completamente transformada de “Tú Me Acostumbraste”, del cubano Frank Domínguez; el uso de la voz de Dona Edith do Prato como elemento tímbrico; y el empleo de sonidos ambientales y estructuras abiertas que difuminaron la frontera entre canción popular, performance y arte sonoro.

 

Para mí, estimados lectores, la gran joya de este disco es, sin duda, “Sugar Cane Fields Forever”, una canción con la que su autor llevó al límite todas las ideas de “Araçá Azul”, pues en ella tuvieron cabida la memoria, la poesía, el paisaje disonante, la propia grabación y mucho más. Su nombre es un guiño directo a “Strawberry Fields Forever”, de The Beatles, aunque no se trató de una versión ni de una parodia.

 

Caetano sustituyó las fresas por la caña de azúcar, uno de los símbolos más profundos de la historia brasileña. Ese cambio desplazó por completo el significado del título, pues la caña de azúcar representa la colonización portuguesa, el sistema esclavista, la cultura del nordeste brasileño y el Brasil colonial. Con más de diez minutos de duración, “Sugar Cane Fields Forever” no presenta una sucesión clara de verso, coro y puente. Es una obra de carácter procesual.

 

Para crearla, el maestro del Tropicalismo grabó nociones incompletas, añadió nuevas capas, cortó cintas, reorganizó materiales y permitió que las decisiones técnicas se convirtieran en decisiones musicales. Totalmente incomprendida, esta pista representó un diálogo con el rock inglés, al que respondió: “Mi paisaje no son los campos de fresas; son los cañaverales”. Es una obra maestra.

 

La portada del disco, realizada por Ivan Cardoso, parece fragmentar la identidad y desafiar la percepción. La imagen muestra a un Caetano casi de frente, pero su rostro aparece alterado mediante un efecto óptico. Por ello, muchos críticos la describieron como una portada de inspiración cubista, ya que presenta un mismo rostro desde perspectivas incompatibles al mismo tiempo.

 

Un disco muy difícil de escuchar, pero que enamora con cada reproducción. Desafiante.

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