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jueves, 9 de julio de 2026

La Trova Yucateca


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

 

Hace cien años México vivía uno de sus periodos más dolorosos y sangrientos (sí, uno más).

 

Era 1926 y el presidente Plutarco Elías Calles, quien se propuso hacer cumplir la Constitución de 1917 —de fuerte impronta atea y anticlerical—, surgida de la Revolución Mexicana iniciada en 1910, promulgó la llamada Ley Calles, que restringía severamente el culto religioso. Esto originó un levantamiento armado, especialmente en el centro y occidente de México. Bajo el grito de “¡Viva Cristo Rey!”, los llamados cristeros se opusieron a las leyes que limitaban la libertad de culto y sostuvieron una lucha violenta contra el gobierno de Plutarco Elías Calles. El conflicto se extendió hasta 1929, año en que se alcanzaron los acuerdos de paz, ya con el licenciado Emilio Portes Gil como presidente de la República.

 

Y mientras todo esto sucedía, la vida social y cultural continuaba en México. La ciudad de Mérida fue testigo de que, un 12 de octubre, en el Teatro Peón Contreras, Ricardo Palmerín subió al escenario con su Sexteto Mérida para interpretar por primera vez su composición “Languidece una estrellita”. Era la gran época de la trova yucateca.

 

La trova yucateca fue la música por excelencia durante la década de los veinte. Sus letras románticas y ese aire bohemio la hicieron inmensamente popular. El origen de este género es motivo de debate: Mérida y La Habana se han disputado el honor de su creación. Lo cierto es que, según diversos estudios, la tradición comenzó en el oriente de Cuba y desde ahí se desplazó hacia Puerto Rico y México, donde combinó elementos de la clave, el bolero y el bambuco. Todo ello ocurrió a finales del siglo XIX.

 

En México, especialmente en Yucatán, la trova floreció gracias a la sólida tradición literaria de la región, que se fusionó con la música. Su época de mayor esplendor se extendió entre 1900 y 1940, con grandes artistas como Ricardo Palmerín Pavía, Pepe Domínguez Zaldívar, Enrique Galaz Chacón y Guty Cárdenas Pinelo, quienes unieron su talento al de algunos de los mejores poetas de la región: Rosario Sansores Prén, Ermilo Padrón López, Ricardo López Méndez, Manuel Díaz Massa y José Díaz Bolio, por mencionar solo algunos.

 

Un gran ejemplo de esta colaboración es la inmortal “Peregrina”, de 1922, escrita por el poeta Luis Rosado Vega y dedicada a la periodista estadounidense Alma Reed, quien entonces era pareja sentimental del gobernador yucateco Felipe Carrillo Puerto. La música fue compuesta por el trovador originario de Tekax, Yucatán, Ricardo Palmerín.

 

Otro ejemplo es “Languidece una estrellita”, que originalmente fue un poema de Ricardo “El Vate” López Méndez, nacido en Izamal, Yucatán. Se trató del primer poema suyo musicalizado, y Palmerín fue el encargado de hacerlo hace exactamente un siglo. Otros poemas de “El Vate” que también fueron llevados a la música son las inmortales “Nunca” —quizá mi pieza favorita de la trova yucateca— y “Golondrina viajera”, aunque estas alcanzaron una enorme popularidad gracias al gran Augusto Alejandro Cárdenas Pinelo, mejor conocido como Guty Cárdenas.

 

Con el paso de los años, la trova perdió popularidad, sobre todo en el centro del país, debido a la llegada de otros géneros, como el bolero, la música ranchera, el chachachá y el mambo, que dominaron la radio. Sin embargo, nunca desapareció, especialmente en su lugar de origen. Aquí, en Yucatán, se sigue preservando y enseñando a las nuevas generaciones mediante programas educativos, no solo para evitar que desaparezca, sino también para que continúe renovándose sin perder su esencia y, sobre todo, para mantener viva la memoria de uno de los legados musicales más valiosos de la península.

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