Por Edgar Fernández Herrera
Hace cien años México vivía uno de sus
periodos más dolorosos y sangrientos (sí, uno más).
Era 1926 y el presidente Plutarco Elías
Calles, quien se propuso hacer cumplir la Constitución de 1917 —de fuerte
impronta atea y anticlerical—, surgida de la Revolución Mexicana iniciada en
1910, promulgó la llamada Ley Calles, que restringía severamente el culto
religioso. Esto originó un levantamiento armado, especialmente en el centro y
occidente de México. Bajo el grito de “¡Viva Cristo Rey!”, los llamados
cristeros se opusieron a las leyes que limitaban la libertad de culto y
sostuvieron una lucha violenta contra el gobierno de Plutarco Elías Calles. El
conflicto se extendió hasta 1929, año en que se alcanzaron los acuerdos de paz,
ya con el licenciado Emilio Portes Gil como presidente de la República.
Y mientras todo esto sucedía, la vida social
y cultural continuaba en México. La ciudad de Mérida fue testigo de que, un 12
de octubre, en el Teatro Peón Contreras, Ricardo Palmerín subió al escenario
con su Sexteto Mérida para interpretar por primera vez su composición
“Languidece una estrellita”. Era la gran época de la trova yucateca.
La trova yucateca fue la música por
excelencia durante la década de los veinte. Sus letras románticas y ese aire
bohemio la hicieron inmensamente popular. El origen de este género es motivo de
debate: Mérida y La Habana se han disputado el honor de su creación. Lo cierto
es que, según diversos estudios, la tradición comenzó en el oriente de Cuba y
desde ahí se desplazó hacia Puerto Rico y México, donde combinó elementos de la
clave, el bolero y el bambuco. Todo ello ocurrió a finales del siglo XIX.
En México, especialmente en Yucatán, la trova
floreció gracias a la sólida tradición literaria de la región, que se fusionó
con la música. Su época de mayor esplendor se extendió entre 1900 y 1940, con
grandes artistas como Ricardo Palmerín Pavía, Pepe Domínguez Zaldívar, Enrique
Galaz Chacón y Guty Cárdenas Pinelo, quienes unieron su talento al de algunos
de los mejores poetas de la región: Rosario Sansores Prén, Ermilo Padrón López,
Ricardo López Méndez, Manuel Díaz Massa y José Díaz Bolio, por mencionar solo
algunos.
Un gran ejemplo de esta colaboración es la
inmortal “Peregrina”, de 1922, escrita por el poeta Luis Rosado Vega y dedicada
a la periodista estadounidense Alma Reed, quien entonces era pareja sentimental
del gobernador yucateco Felipe Carrillo Puerto. La música fue compuesta por el
trovador originario de Tekax, Yucatán, Ricardo Palmerín.
Otro ejemplo es “Languidece una estrellita”,
que originalmente fue un poema de Ricardo “El Vate” López Méndez, nacido en
Izamal, Yucatán. Se trató del primer poema suyo musicalizado, y Palmerín fue el
encargado de hacerlo hace exactamente un siglo. Otros poemas de “El Vate” que
también fueron llevados a la música son las inmortales “Nunca” —quizá mi pieza
favorita de la trova yucateca— y “Golondrina viajera”, aunque estas alcanzaron
una enorme popularidad gracias al gran Augusto Alejandro Cárdenas Pinelo, mejor
conocido como Guty Cárdenas.
Con el paso de los
años, la trova perdió popularidad, sobre todo en el centro del país, debido a
la llegada de otros géneros, como el bolero, la música ranchera, el chachachá y
el mambo, que dominaron la radio. Sin embargo, nunca desapareció, especialmente
en su lugar de origen. Aquí, en Yucatán, se sigue preservando y enseñando a las
nuevas generaciones mediante programas educativos, no solo para evitar que desaparezca,
sino también para que continúe renovándose sin perder su esencia y, sobre todo,
para mantener viva la memoria de uno de los legados musicales más valiosos de
la península.
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