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sábado, 22 de agosto de 2026

La Llorona


 

Por Oscar Fernández Herrera


Para mis padres y hermanos

 

 

 

Uno de los recuerdos más bellos de mi niñez incluye a “Mariana”, de Óscar Chávez, un relato cantado que apareció en el álbum “Mariguana”, de 1969, uno de sus éxitos que usó el enamoramiento como pretexto para construir una sucesión de disparates, conocimientos, exageraciones y fanfarronerías. Esta canción fue siempre mi preferida hasta que escuché “La Llorona”. Sin lugar a dudas, mi buen tocayo, un actor, director escénico, compositor, investigador e intérprete de música popular mexicana y latinoamericana, nos regaló música asombrosa, casi inmortal.

 

Publicado en 1972 por el sello Polydor, “La Llorona” es un disco con el que Chávez buscaba la reivindicación de la música tradicional mexicana. Para lograrlo, reunió ocho piezas relacionadas con el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca: “La Llorona”, “Úrsula”, “La Juanita”, “La Tortuga”, “Son Del ombligo”, “La Ixhuateca” y “El Gorrión Hermoso”, además de la segunda parte de la canción que da título a la producción.

 

Son pocos los datos técnicos conocidos con relación a esta obra, aunque sí se sabe que Benjamín Correa fue el director musical y el propio Óscar Chávez se encargó de los arreglos. “La Llorona” se dividió en dos caras y abrió y cerró con el tema homónimo, presentado en dos partes de más de diez minutos de duración, pues su intérprete le dio el suficiente espacio para desarrollarse.

 

El gran atractivo de este álbum es su representación artística. “La Llorona” no tiene un autor único reconocido ni una letra fija. Sus versos han ido cambiando y acumulándose a lo largo del tiempo. El investigador Rodrigo Bazán señaló que el “Cancionero Folklórico de México” cuenta con 134 coplas relacionadas con esta canción. Quizá esa fue la razón por la que Óscar se enfrentó a todo un reto: lograr una interpretación personal de un tema que pertenece a todos los mexicanos.

 

Y vaya que lo logró. El cantante le dio a “La Llorona” un trato especial, susceptible de ser ordenado, seleccionado y reinterpretado. Se la devolvió al público contemporáneo, pues. Este disco se creó más como un ejercicio de memoria que como una simple colección de adaptaciones o relecturas. Fue tal su notoriedad que después la cantaron grandes artistas, desde Chavela Vargas hasta Lila Downs.

 

Con todo y los elogios y cumplidos, en aquella época Óscar Chávez se dedicó a seleccionar versos, organizar canciones, hacer arreglos y encontrar un equilibrio entre su personalidad y la identidad de una comunidad musical para garantizar su aceptación.

 

Hay algo especialmente hermoso en que el disco se llame “La Llorona” y que la propia canción aparezca al principio y al final. Es como si Chávez hubiera construido un círculo: entramos al álbum a través de una de las melodías más conocidas de México, viajamos por otras voces del Istmo de Tehuantepec y finalmente regresamos a ella. Pero cuando vuelve a sonar, ya no la escuchamos exactamente igual.

 

En una obra tan soberbia y bellamente cuidada resaltan “La Llorona, Primera Parte”, un son solemne, íntimo y dramático; “La Ixhuateca”, una especie de “hermana siamesa” de “La Llorona” dentro de la propuesta de Chávez; “La Juanita”, una canción enérgica y puntual; “Son Del Ombligo”, que bien representa una faceta mucho más festiva; y “Úrsula”, una melodía amorosa y de alabanza a una mujer.

 

No recuerdo con precisión cuándo escuché “La Llorona” por primera vez, pero sí puedo asegurarles, estimadísimos lectores, que es uno de los álbumes de música tradicional mexicana más bellos que hay. No tiene desperdicio y su legado, se los aseguro, perdurará para siempre. Obligadísimo escucharlo con atención, curiosidad y desmedida adoración.

 

Para mí, “La Llorona” simboliza una herencia casi espiritual que mis padres me obsequiaron como una entrada segura para mi melomanía.

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