Por Edgar Fernández Herrera
Un 18 de agosto de 1936, asesinaban al poeta
y dramaturgo español; nos referimos al gran Federico García Lorca.
El poeta inmortal nació un 5 de junio de 1898
en Fuente Vaqueros, una pequeña población andaluza. Fue un artista de su
tiempo, pero también fue una persona profundamente política. La situación
social y política de su país no le era nada ajena y, aunque no tenía una
afiliación política, apoyaba con convicción a la Segunda República y sus
reformas progresistas.
Su cercanía con la Generación del 27, grupo
literario muy comprometido con la modernidad y el renacimiento cultural
español; su afinidad con la izquierda y su abierta homosexualidad lo convirtieron
en el blanco del odio de la derecha mocha y reaccionaria española. Desde ese
momento se convirtió en una amenaza real para los falangistas.
En 1919 se encontraba en Madrid, donde
ingresó en la Residencia de Estudiantes, un espacio donde convivió con algunas
de las mentes más brillantes de su generación: Luis Buñuel, Rafael Alberti y,
sobre todo, Salvador Dalí, con quien mantendría una relación intensa y
compleja, de profunda amistad. Es en este periodo cuando empieza a publicar sus
primeros poemas, pero cabe destacar el “Romancero gitano”, de 1928, y con este
alcanzaría la fama mundial.
Sus inquietudes lo llevan a Nueva York; de
este viaje surge el emblemático “Poeta en Nueva York”, para después ir a Cuba.
En 1930 regresa a España para consolidarse como una de las figuras más
importantes de la literatura española. Es en 1931 cuando fundó la compañía
teatral La Barraca, con la que recorrió los pueblos de España para representar
obras clásicas ante un público que apenas había tenido contacto con el teatro.
Era su manera de devolver el arte al pueblo, de convertirlo en una herramienta
de educación y de transformación social.
Pero España sufría tiempos muy difíciles que
originarían una Guerra Civil y, dentro de todo este contexto, García Lorca se
convirtió en un símbolo de aquello que los golpistas de derecha tanto odiaban y
despreciaban: su simpatía por la República y su defensa de las clases
oprimidas. Por ello, fue un objetivo para los falangistas.
El 16 de agosto de 1936, en plena Guerra
Civil, Lorca se refugió en casa de su amigo, el poeta Luis Rosales, rechazando
las invitaciones de las embajadas de México y de Colombia para refugiarse en
cualquier país. Sin embargo, las rechazó y se quedó en Granada, pues pensaba
que allí estaría a salvo. Sin embargo, dos días después, un grupo de
falangistas, liderado por Ramón Ruiz Alonso, lo arrestó bajo cargos falsos: lo
acusaban de ser espía ruso, masón y de haber causado “más daño con la pluma que
otros con la pistola”. Fue trasladado al Gobierno Civil de Granada y, en la
madrugada del 18 o 19 de agosto, lo llevaron junto a otros detenidos al
barranco de Víznar, donde el poeta fue asesinado junto a Dióscoro Galindo, un
maestro de escuela, y dos banderilleros anarquistas, Francisco Galadí y Joaquín
Arcollas. Ahí fueron enterrados en una fosa común.
Han pasado 90 años de este asesinato atroz y
los restos de Federico García Lorca nunca han sido encontrados.
García Lorca, además de ser una víctima de la
Guerra Civil Española, ha sido una figura inspiradora para generaciones futuras
de escritores de habla española y de cualquier otro idioma y, por esta razón,
ha sido objeto de múltiples tributos; sus textos también han sido
musicalizados.
“Son de Negros en Cuba” – Compay Segundo
“Lorca” – Tim Buckley
“Take This Waltz” – Leonard Cohen
“Spanish Bombs” – The Clash, contenida en su elepé magistral “London
Calling”.
Las palabras y, en
general, el arte de Federico García Lorca reflejó el sufrimiento, la injusticia
y la incertidumbre de una España de principios del siglo XX.
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