Por Oscar
Fernández Herrera
Cuando murió mi papá en marzo de
2000, traté de recuperar mi alegría a través de muchísimos pasatiempos como la
escritura, la música y el cine. En una de esas, mi amiga Alejandra Sosa me
pidió que fuéramos a ver “Dancer In The Dark”, la película de Lars von Trier
que protagonizó Björk Guðmundsdóttir, nuestra diosa y heroína musical por más
de tres décadas. Gravísimo error: mi duelo y la tristísima belleza del filme
solo provocaron que mi amiga y yo saliéramos de la sala con los ojos hinchados
de tanto llorar.
Más allá de lo sorprendente que es
“Dancer…”, quiero detenerme en esta ocasión en “Selmasongs”, su banda sonora,
una en la que la artista (con mayúsculas) convirtió los sonidos cotidianos de
Selma en música. La fábrica donde trabaja, las máquinas, los trenes, los pasos
y otros ruidos ordinarios se transformaron, dentro de la imaginación de la
protagonista, en números musicales.
Björk declaró en una entrevista con
L'Express que estudió la historia de
los musicales y que, en lugar de imitar directamente sus fórmulas, buscó una
combinación mucho más extraña: una orquesta sinfónica mezclada con sonidos
físicos y materiales registrados en vivo, incluidos ruidos de fábrica y
ferrocarriles.
Mark Bell, colaborador de la
islandesa desde “Homogenic”, en 1997, participó en la producción y programación
con el firme propósito de respetar el hecho de que la narración del filme
impuso el movimiento y el estado de ánimo de la música. El ingeniero islandés
Valgeir Sigurðsson también formó parte del equipo creativo; Vincent Mendoza se
encargó de la orquestación y dirección, mientras que Mark “Spike” Stent realizó
la mezcla final.
“Selmasongs”, el resultado final
que acompañó a la película, fue un entrelazamiento de dos mundos: la
electrónica experimental y el lenguaje del gran musical cinematográfico, que
amplificó y robusteció las composiciones de Björk. Pese a lo asombroso de esta
banda sonora, no se pudo ignorar la tirantez que existió entre la protagonista
y su director.
Con solo siete pistas, este soundtrack destacó gracias a “Overture”,
una pieza esencialmente orquestal que presentó el universo emocional antes de
la entrada de los ritmos industriales; “Cvalda”, un temazo que contó con la
participación de Catherine Deneuve y que le proporcionó una dimensión casi
clásica de musical cinematográfico; “I've Seen It All”, un histórico dueto con
Thom Yorke, líder de Radiohead, que recibió una nominación al Oscar a la mejor
canción original en 2001; “Scatterheart”, la canción más dramática y sombría
del álbum; “In The Musicals”, con una peculiar mezcla de inocencia, ritmo
electrónico y teatralidad; “107 Steps”, una canción que adquiere una dimensión
mucho más dolorosa cuando se conoce el trágico destino de Selma; y “New World”,
una especie de conclusión emocional.
Los temas “My Favorite Things” y
“Next To The Last Song” fueron las grandes ausencias en “Selmasongs”, aunque
pueden escucharse tanto en la obra cinematográfica como en YouTube.
La reacción de la prensa y el
público fue positiva, aunque no fue un fenómeno comparable con los mayores
éxitos de la islandesa. Pese a que no logró el reconocimiento de “Post” u
“Homogenic”, su verdadera importancia histórica no se midió únicamente en
ventas físicas o digitales.
El diseño de la portada fue
realizado por Me Company, estudio encabezado por Paul White y responsable de
buena parte de la identidad gráfica de Björk durante los años noventa. La
imagen muestra el rostro de Björk/Selma convertido en una especie de mosaico
cubista o cristal roto, con predominio de tonos azules, naranjas y negros.
Lleva las gruesas gafas que caracterizaron visualmente a Selma en “Dancer In
The Dark”.
La elección fue particularmente
significativa porque la portada no presentó a Björk como la estrella internacional
que ya era en aquellos años. Presentó, en cambio, a Selma: una mujer
vulnerable, casi anónima, que miró el mundo a través de unas gafas que
representaron literalmente su deterioro visual.
Con todo y su extrañeza sonora,
escuchar “Selmasongs” más de veinte años después resulta interesante
precisamente porque nunca intentó ser cómodo: es desafiante, trágico y
esperanzador. Fácilmente se encuentra entre los mejores cinco discos de Björk.

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