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sábado, 12 de septiembre de 2026

Selmasongs


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Cuando murió mi papá en marzo de 2000, traté de recuperar mi alegría a través de muchísimos pasatiempos como la escritura, la música y el cine. En una de esas, mi amiga Alejandra Sosa me pidió que fuéramos a ver “Dancer In The Dark”, la película de Lars von Trier que protagonizó Björk Guðmundsdóttir, nuestra diosa y heroína musical por más de tres décadas. Gravísimo error: mi duelo y la tristísima belleza del filme solo provocaron que mi amiga y yo saliéramos de la sala con los ojos hinchados de tanto llorar.

 

Más allá de lo sorprendente que es “Dancer…”, quiero detenerme en esta ocasión en “Selmasongs”, su banda sonora, una en la que la artista (con mayúsculas) convirtió los sonidos cotidianos de Selma en música. La fábrica donde trabaja, las máquinas, los trenes, los pasos y otros ruidos ordinarios se transformaron, dentro de la imaginación de la protagonista, en números musicales.

 

Björk declaró en una entrevista con L'Express que estudió la historia de los musicales y que, en lugar de imitar directamente sus fórmulas, buscó una combinación mucho más extraña: una orquesta sinfónica mezclada con sonidos físicos y materiales registrados en vivo, incluidos ruidos de fábrica y ferrocarriles.

 

Mark Bell, colaborador de la islandesa desde “Homogenic”, en 1997, participó en la producción y programación con el firme propósito de respetar el hecho de que la narración del filme impuso el movimiento y el estado de ánimo de la música. El ingeniero islandés Valgeir Sigurðsson también formó parte del equipo creativo; Vincent Mendoza se encargó de la orquestación y dirección, mientras que Mark “Spike” Stent realizó la mezcla final.

 

“Selmasongs”, el resultado final que acompañó a la película, fue un entrelazamiento de dos mundos: la electrónica experimental y el lenguaje del gran musical cinematográfico, que amplificó y robusteció las composiciones de Björk. Pese a lo asombroso de esta banda sonora, no se pudo ignorar la tirantez que existió entre la protagonista y su director.

 

Con solo siete pistas, este soundtrack destacó gracias a “Overture”, una pieza esencialmente orquestal que presentó el universo emocional antes de la entrada de los ritmos industriales; “Cvalda”, un temazo que contó con la participación de Catherine Deneuve y que le proporcionó una dimensión casi clásica de musical cinematográfico; “I've Seen It All”, un histórico dueto con Thom Yorke, líder de Radiohead, que recibió una nominación al Oscar a la mejor canción original en 2001; “Scatterheart”, la canción más dramática y sombría del álbum; “In The Musicals”, con una peculiar mezcla de inocencia, ritmo electrónico y teatralidad; “107 Steps”, una canción que adquiere una dimensión mucho más dolorosa cuando se conoce el trágico destino de Selma; y “New World”, una especie de conclusión emocional.

 

Los temas “My Favorite Things” y “Next To The Last Song” fueron las grandes ausencias en “Selmasongs”, aunque pueden escucharse tanto en la obra cinematográfica como en YouTube.

 

La reacción de la prensa y el público fue positiva, aunque no fue un fenómeno comparable con los mayores éxitos de la islandesa. Pese a que no logró el reconocimiento de “Post” u “Homogenic”, su verdadera importancia histórica no se midió únicamente en ventas físicas o digitales.

 

El diseño de la portada fue realizado por Me Company, estudio encabezado por Paul White y responsable de buena parte de la identidad gráfica de Björk durante los años noventa. La imagen muestra el rostro de Björk/Selma convertido en una especie de mosaico cubista o cristal roto, con predominio de tonos azules, naranjas y negros. Lleva las gruesas gafas que caracterizaron visualmente a Selma en “Dancer In The Dark”.

 

La elección fue particularmente significativa porque la portada no presentó a Björk como la estrella internacional que ya era en aquellos años. Presentó, en cambio, a Selma: una mujer vulnerable, casi anónima, que miró el mundo a través de unas gafas que representaron literalmente su deterioro visual.

 

Con todo y su extrañeza sonora, escuchar “Selmasongs” más de veinte años después resulta interesante precisamente porque nunca intentó ser cómodo: es desafiante, trágico y esperanzador. Fácilmente se encuentra entre los mejores cinco discos de Björk.

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