Por Oscar Fernández Herrera
Después de una escandalosa temporada en Estados Unidos,
donde las drogas y los excesos lo controlaron, David Bowie se trasladó a Berlín
Occidental en 1976, donde inició una reconstrucción artística y personal que dio
como resultado “Low” y “Heroes”, discazos realizados con Brian Eno y Tony
Visconti en 1977. Este ciclo lo apartó de las estructuras más tradicionales del
rock para acercarlo a la electrónica, la improvisación y los procedimientos más
experimentales.
“Lodger”, lanzado en 1979, nació de ese mismo impulso
creativo, aunque no se trató de una obra propiamente berlinesa, pues el
camaleón se encontraba de gira y tuvo que adaptarse a su calendario para grabar
en Suiza y Nueva York.
Bowie, acompañado por Eno y Visconti, recurrió nuevamente a
la transformación del estudio para obligar a los músicos a abandonar sus
hábitos y enfrentarse a escenarios totalmente impredecibles. La incorporación
de Adrian Belew, entonces guitarrista de la banda de Frank Zappa, produjo esas
guitarras extrañas, angulares y, a veces, casi animales que recorren el disco.
Pese a su naturaleza experimental, “Lodger” es el más accesible de los llamados
álbumes berlineses.
Definido como una “especie de mezcla de prácticamente todos
los estilos que exploró anteriormente”, “Lodger” presentó canciones más cortas,
estribillos reconocibles y estructuras pop, pero alteradas desde dentro.
El disco se dividió en dos partes muy bien definidas: la
primera mostró una fuerte relación con el desplazamiento, los viajes y la
sensación de ser un extranjero; la segunda fue más social y psicológica. Pese a
sus cualidades, la prensa lo calificó de disperso e impersonal.
Si bien puede argumentarse que se trató de una obra poco
cohesionada, esta produjo un gran sencillo: “Boys Keep Swinging”, que llegó al
número siete de las listas británicas.
“Lodger” se distinguió por rolotas como “Fantastic Voyage”,
que habla sobre la fragilidad del mundo y la posibilidad de una catástrofe; “African
Night Flight”, una pieza de ritmos inquietos y atmósferas extrañas; “Move On”,
que retoma la idea del viaje y el movimiento; y “Look Back In Anger”, donde
Bowie combina una interpretación intensa con una instrumentación que desafía
las convenciones del rock.
También destacaron “DJ”, una mirada irónica al mundo de la
fama y la figura del disc jockey, y “Red Sails”, que mezcla influencias
musicales diversas con una energía impredecible.
Quizá este disco no alcanzó la consistencia ni el impacto
de “Low” y “Heroes”, pero eso no le resta méritos. Es un álbum inquieto,
cambiante y deliberadamente extraño, en el que Bowie se negó a repetir una
fórmula que ya le había dado excelentes resultados. Más que cerrar una etapa de
manera convencional, el disco demostró que su curiosidad artística seguía
intacta.
Más que recomendable.

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