Por Edgar Fernández Herrera
Hace justo sesenta años moría, en el entonces
llamado Distrito Federal, la periodista norteamericana Alma Reed, una mujer que
fue una gran profesionista, experimentada, conocedora y especialista de las
culturas helénica y maya. Precisamente por esta última llegó a México.
Alma Marie Prescott Sullivan Reed nació en
San Francisco, Estados Unidos, en 1889. Estudió Trabajo Social en la
Universidad de California. Ganó notoriedad en 1921 al defender a un joven
mexicano menor de edad que había sido condenado a muerte. El problema era que,
al no saber hablar inglés, no pudo defenderse. Ante tal injusticia, Alma Reed
decidió apoyarlo y comenzó a publicar las irregularidades del sistema judicial
norteamericano, lo que permitió que le conmutaran la pena de muerte. No solo
ocurrió en ese caso, sino que, a partir de ese suceso, las condenas de muerte
para menores de edad quedaron prohibidas en California.
Este hecho le ganó notoriedad y celebridad no
solo a nivel local, sino también en México. El entonces presidente Álvaro
Obregón la invitó al país. Reed aprovechó la ocasión y, durante esa visita,
conoció los murales que pintaban en la Escuela Nacional Preparatoria de San
Ildefonso. Quedó profundamente impresionada por su calidad y, muy en especial,
por la expresividad y el espíritu crítico de las obras de José Clemente Orozco.
A través del New York Times, Reed regresó al
país. En 1922 acompañó a una delegación de arqueólogos del Instituto Carnegie
de Nueva York a Mérida, desde donde iniciaron una misión científica para
estudiar los sitios arqueológicos del estado. En una recepción ofrecida por el
gobernador Felipe Carrillo Puerto, un 14 de febrero —vaya fecha para conocer a
alguien—, Reed y el llamado “Dragón Rojo de Ojos de Jade” iniciaron una
relación de amistad que pronto se transformó en un romance.
Felipe Carrillo Puerto, oriundo de Motul,
Yucatán, fue un político de ideología socialista y agrarista. No en balde se
fue a echar balazos al lado del gran Emiliano Zapata. Al ser elegido gobernador
de su estado natal, repartió tierras, enfrentó a la llamada Casta Divina —las
familias influyentes y adineradas dedicadas a la industria henequenera—,
promovió el voto femenino, legalizó el divorcio e impulsó numerosas obras de
carácter social y educativo.
De aquella relación tan repentina como fugaz
nació una de las melodías emblemáticas de la música mexicana y,
particularmente, de la trova yucateca: la inmortal “Peregrina”.
Se cuenta que, durante un paseo por las
calles de Mérida en un automóvil convertible, en compañía del escritor Luis
Rosado Vega, y después de la lluvia, Alma comentó: “¡Qué bien huele!”. En
respuesta, Rosado Vega le dijo: “Todo huele bien porque usted pasa. Tierra,
flores, quisieran besarla y por eso llegan a usted con sus perfumes”. Carrillo
Puerto solicitó al poeta que plasmara esas palabras en un poema, pero nació
algo aún mejor: una canción. Rosado buscó a Ricardo Palmerín para musicalizar
la letra. El resultado fue una auténtica joya de la música mexicana.
Después llegaron los tristes acontecimientos
de la insurrección delahuertista, que provocó la aprehensión y el fusilamiento
de Carrillo Puerto el 3 de enero de 1924, a solo unos días de viajar a San
Francisco para casarse con la periodista.
Pasaron varios años
antes de que Alma Reed regresara a México, aunque nunca estuvo realmente
alejada del país. Finalmente se estableció en el antiguo Distrito Federal,
donde vivió hasta su muerte, el 20 de noviembre de 1966. Su última voluntad fue
ser enterrada cerca de su amado Carrillo Puerto, y así se realizó: hoy solo los
separa un pequeño pasillo en el Cementerio General de Mérida.
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