Por Oscar
Fernández Herrera
Cuando mi papá falleció, un amigo me regaló “Play”, el
disco que puso a Moby en el escenario de la electrónica mundial. Colmado de
grandes éxitos, esta producción, lanzada oficialmente en 1999, botó y rebotó
tanto que fue, en aquel entonces, un fenómeno cultural difícil de repetir. Para
mí, “Play” simbolizó un contrapeso que me ayudó a erradicar la tristeza que
afronté al perder a mi progenitor.
Tres años después, en 2002, mientras aún recorría el mundo
con su estupendo álbum, Moby acumuló ideas, melodías y bocetos que más tarde
desarrollaría en un estudio neoyorquino. A pesar de que “Play” arrolló en gran
medida gracias a las grabaciones de blues y góspel rescatadas de archivos
históricos, “18” fue concebido con una intención más personal.
Resulta forzoso aceptar que Moby deseaba escapar de la
sombra de su obra más grande, por lo que contó con la participación de Sinéad
O'Connor, Angie Stone, MC Lyte y el dúo Azure Ray para asegurar una buena
recepción, sin traicionar el estilo que lo llevó a lo más alto de las listas de
popularidad. Por ello, “18” recogió nuevamente atmósferas melancólicas, voces
etéreas, ritmos electrónicos suaves y una marcada sensibilidad espiritual.
Con un repertorio que agrupó rolas electrónicas ambientales
con canciones cercanas al rock alternativo y al pop melancólico, este álbum
mostró a un artista menos interesado en la pista de baile y más enfocado en
transmitir emociones, fragilidad y esperanza. Temas como
“We Are All Made Of Stars”, “In This World”, “Extreme Ways” o “In My Heart”
buscaron más la contemplación que el impacto mediático.
Considerado como un hermano menor de “Play”, “18”
sobresalió por su lado sensible y humano, aunque siempre quedó por detrás en
términos de recepción crítica y pública. No
obstante, en él encontramos joyitas como “One Of These Mornings”, “Another
Woman”, “In This World”, “We Are All Made Of Stars”, “Extreme Ways”,
“Fireworks” y “Harbour”, mi favorita por mucho. Esta colaboración con la irlandesa Sinéad O’Connor se
construyó sobre una base acústica delicada, con arreglos que recuerdan al folk,
al pop atmosférico e incluso a ciertas baladas tradicionales.
¿Qué más decir? “18” no es el disco que redefinió la música
electrónica, pero está lleno de grandes momentos que merecen atesorarse y
coleccionarse.

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