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sábado, 15 de agosto de 2026

18


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Cuando mi papá falleció, un amigo me regaló “Play”, el disco que puso a Moby en el escenario de la electrónica mundial. Colmado de grandes éxitos, esta producción, lanzada oficialmente en 1999, botó y rebotó tanto que fue, en aquel entonces, un fenómeno cultural difícil de repetir. Para mí, “Play” simbolizó un contrapeso que me ayudó a erradicar la tristeza que afronté al perder a mi progenitor.

 

Tres años después, en 2002, mientras aún recorría el mundo con su estupendo álbum, Moby acumuló ideas, melodías y bocetos que más tarde desarrollaría en un estudio neoyorquino. A pesar de que “Play” arrolló en gran medida gracias a las grabaciones de blues y góspel rescatadas de archivos históricos, “18” fue concebido con una intención más personal.

 

Resulta forzoso aceptar que Moby deseaba escapar de la sombra de su obra más grande, por lo que contó con la participación de Sinéad O'Connor, Angie Stone, MC Lyte y el dúo Azure Ray para asegurar una buena recepción, sin traicionar el estilo que lo llevó a lo más alto de las listas de popularidad. Por ello, “18” recogió nuevamente atmósferas melancólicas, voces etéreas, ritmos electrónicos suaves y una marcada sensibilidad espiritual.

 

Con un repertorio que agrupó rolas electrónicas ambientales con canciones cercanas al rock alternativo y al pop melancólico, este álbum mostró a un artista menos interesado en la pista de baile y más enfocado en transmitir emociones, fragilidad y esperanza. Temas como “We Are All Made Of Stars”, “In This World”, “Extreme Ways” o “In My Heart” buscaron más la contemplación que el impacto mediático.

 

Considerado como un hermano menor de “Play”, “18” sobresalió por su lado sensible y humano, aunque siempre quedó por detrás en términos de recepción crítica y pública. No obstante, en él encontramos joyitas como “One Of These Mornings”, “Another Woman”, “In This World”, “We Are All Made Of Stars”, “Extreme Ways”, “Fireworks” y “Harbour”, mi favorita por mucho. Esta colaboración con la irlandesa Sinéad O’Connor se construyó sobre una base acústica delicada, con arreglos que recuerdan al folk, al pop atmosférico e incluso a ciertas baladas tradicionales.

 

¿Qué más decir? “18” no es el disco que redefinió la música electrónica, pero está lleno de grandes momentos que merecen atesorarse y coleccionarse.

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