Por Edgar Fernández Herrera
El inicio del milenio, fue un comienzo muy
complicado para un servidor. Al inicio del año 2000 falleció mi padre y,
después de sobrevivir al duelo, toda esa etapa durona de mi vida la pasé con mi
madre, mis hermanos y unos cuantos amigos.
Pero también tuve la compañía, durante este
proceso, de una de mis fieles compañeras: la música. Para esos años ya estaba
trabajando y, aparte del aporte para la casa, de las quincenas tenía que salir
para los disquitos y con eso se empezó a incrementar mi fonoteca.
De 2000 a 2005 tuve mucho acceso a más música,
pero destacaron unas bandas y artistas. Esto era lo que escuchaba en esos días:
para el doloroso proceso de duelo por la pérdida de mi padre, The Cure y
Radiohead fueron mi sostén. Bloodflowers fue definitivamente el soundtrack de
esos amargos días; pareciera que Robert Smith dijo: “Ahí va algo para
musicalizar tu dolor”. Bloodflowers es una obra densa, triste y depresiva; está
de más decir que me caló en lo más hondo de mi ser.
Radiohead, con sus flamantes Kid A y Amnesiac,
demostraba que era la banda más importante del planeta a principios del siglo
XXI. Después de su magistral OK Computer (1997), estos dos álbumes no
desmerecen en lo absoluto. Escuchaba y escuchaba Amnesiac; tengo una versión
preciosa de este disco, en formato de libro de biblioteca, hasta papeleta
incluida. Ese disco me remite a mañanas y tardes a “vuelta de rueda” en la
Autopista México-Pachuca.
También disfruté con todo a David Bowie. Era
obligatorio escuchar su música. Aunque sea del año 99, el flamante y finísimo
Hours, Heathen (2002) y Reality (2003) son joyas absolutas que presentaban a un
Bowie maduro y muy lejos de sus experimentos de música electrónica que tanto
caracterizaron al artista británico durante los 90.
Los que sí se volvieron una obsesión, no paraba
de escucharlos, fueron los originarios de Oklahoma City; me refiero a los
indescriptibles The Flaming Lips. Los conocí con su extraordinario Yoshimi
Battles the Pink Robots (2002), un disco fundamental en mi vida. De hecho, creo
que le debo un escrito; lo haré pronto. Es un disco bellísimo: el mundo sufre
una invasión de unos malévolos robots rosados, Yoshimi aprenderá karate y defenderá
a la humanidad, aunque al final se cuestionará si valió la pena tanto esfuerzo.
Como dije, es una hermosura de disco, pero escuchar “Do You Realize??” es uno
de los momentos cumbres de The Flaming Lips y de la música.
Corría el 2003 y escuché por primera vez “Seven
Nation Army” del dúo de Detroit The White Stripes. Desde ese momento disfruté
al máximo ese sonido minimalista con toques de garage y punk, pero sobre todo
de blues y de buen rock and roll. Elephant, su placa de ese año, los puso en el
mapa mundial y hoy son figuras indiscutibles y obligatorias para los que nos
gusta el género. Aún hoy en día los escucho con mucha devoción.
Gustavo Cerati se cuece aparte. Él siempre me ha
acompañado desde los 80 y fue a través de la radio que escuché a Soda Stereo y,
posteriormente, con la gente mayor que solía tener casetes o elepés. Ya en la
primera década del siglo XXI, Cerati nos sorprendió con el magnífico Siempre es
Hoy (2002), que atesoro con toda mi alma. Ese año tuve la oportunidad de ir a
verlo al Auditorio Nacional junto con mi hermano y una amiga; gran concierto.
No recuerdo muy bien si fue al año siguiente o dos años después, pero conocí a
Cerati en el viejo Tower Records de la Zona Rosa. Está de más decir que fue un
gran momento. La muerte de Gustavo Cerati en 2014, después de casi cuatro años
en estado de coma, fue un momento muy doloroso para mí y para los millones de
fans de este gran artista.
Alguna vez Óscar, mi hermano, aunque no recuerdo
por qué salió el tema, me preguntó: “¿Qué escuchabas cuando te emancipaste de
todo?”. La respuesta fue rápida y sencilla: Bob Dylan. Era muy niño cuando
empecé a escuchar a Dylan; sin embargo, no entendía ni madres de lo que me
trataba de decir, y no me refiero al idioma, sino a sus letras. Estas las comprendí
y asimilé con la edad y, para esos años, las canciones del Maestro ya me
inspiraban. Comprendí perfectamente los mensajes y empataban con mis
inquietudes de aquellos ayeres. Además, volví a leer On the Road, de Jack
Kerouac, y todo esto se juntó. Fue entonces cuando decidí dejar “el terruño” y
salir a probar y conocer nuevos horizontes. Era 2005 y, a finales de octubre,
llegaba a Playa del Carmen a un gran proyecto. Toda una aventura.
Obviamente escuchaba más artistas. Durante ese
periodo disfruté y me sorprendió gratamente la irrupción de Franz Ferdinand,
los herederos de la crudeza de The Libertines, ese revival del sonido
neoyorquino de The Strokes y el gran auge pop de la gran y hermosa Kylie
Minogue.
Años de grandes vivencias.
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