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sábado, 15 de agosto de 2026

Recuerdos Dosmileros


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

El inicio del milenio, fue un comienzo muy complicado para un servidor. Al inicio del año 2000 falleció mi padre y, después de sobrevivir al duelo, toda esa etapa durona de mi vida la pasé con mi madre, mis hermanos y unos cuantos amigos.

 

Pero también tuve la compañía, durante este proceso, de una de mis fieles compañeras: la música. Para esos años ya estaba trabajando y, aparte del aporte para la casa, de las quincenas tenía que salir para los disquitos y con eso se empezó a incrementar mi fonoteca.

 

De 2000 a 2005 tuve mucho acceso a más música, pero destacaron unas bandas y artistas. Esto era lo que escuchaba en esos días: para el doloroso proceso de duelo por la pérdida de mi padre, The Cure y Radiohead fueron mi sostén. Bloodflowers fue definitivamente el soundtrack de esos amargos días; pareciera que Robert Smith dijo: “Ahí va algo para musicalizar tu dolor”. Bloodflowers es una obra densa, triste y depresiva; está de más decir que me caló en lo más hondo de mi ser.

 

Radiohead, con sus flamantes Kid A y Amnesiac, demostraba que era la banda más importante del planeta a principios del siglo XXI. Después de su magistral OK Computer (1997), estos dos álbumes no desmerecen en lo absoluto. Escuchaba y escuchaba Amnesiac; tengo una versión preciosa de este disco, en formato de libro de biblioteca, hasta papeleta incluida. Ese disco me remite a mañanas y tardes a “vuelta de rueda” en la Autopista México-Pachuca.

 

También disfruté con todo a David Bowie. Era obligatorio escuchar su música. Aunque sea del año 99, el flamante y finísimo Hours, Heathen (2002) y Reality (2003) son joyas absolutas que presentaban a un Bowie maduro y muy lejos de sus experimentos de música electrónica que tanto caracterizaron al artista británico durante los 90.

 

Los que sí se volvieron una obsesión, no paraba de escucharlos, fueron los originarios de Oklahoma City; me refiero a los indescriptibles The Flaming Lips. Los conocí con su extraordinario Yoshimi Battles the Pink Robots (2002), un disco fundamental en mi vida. De hecho, creo que le debo un escrito; lo haré pronto. Es un disco bellísimo: el mundo sufre una invasión de unos malévolos robots rosados, Yoshimi aprenderá karate y defenderá a la humanidad, aunque al final se cuestionará si valió la pena tanto esfuerzo. Como dije, es una hermosura de disco, pero escuchar “Do You Realize??” es uno de los momentos cumbres de The Flaming Lips y de la música.

 

Corría el 2003 y escuché por primera vez “Seven Nation Army” del dúo de Detroit The White Stripes. Desde ese momento disfruté al máximo ese sonido minimalista con toques de garage y punk, pero sobre todo de blues y de buen rock and roll. Elephant, su placa de ese año, los puso en el mapa mundial y hoy son figuras indiscutibles y obligatorias para los que nos gusta el género. Aún hoy en día los escucho con mucha devoción.

 

Gustavo Cerati se cuece aparte. Él siempre me ha acompañado desde los 80 y fue a través de la radio que escuché a Soda Stereo y, posteriormente, con la gente mayor que solía tener casetes o elepés. Ya en la primera década del siglo XXI, Cerati nos sorprendió con el magnífico Siempre es Hoy (2002), que atesoro con toda mi alma. Ese año tuve la oportunidad de ir a verlo al Auditorio Nacional junto con mi hermano y una amiga; gran concierto. No recuerdo muy bien si fue al año siguiente o dos años después, pero conocí a Cerati en el viejo Tower Records de la Zona Rosa. Está de más decir que fue un gran momento. La muerte de Gustavo Cerati en 2014, después de casi cuatro años en estado de coma, fue un momento muy doloroso para mí y para los millones de fans de este gran artista.

 

Alguna vez Óscar, mi hermano, aunque no recuerdo por qué salió el tema, me preguntó: “¿Qué escuchabas cuando te emancipaste de todo?”. La respuesta fue rápida y sencilla: Bob Dylan. Era muy niño cuando empecé a escuchar a Dylan; sin embargo, no entendía ni madres de lo que me trataba de decir, y no me refiero al idioma, sino a sus letras. Estas las comprendí y asimilé con la edad y, para esos años, las canciones del Maestro ya me inspiraban. Comprendí perfectamente los mensajes y empataban con mis inquietudes de aquellos ayeres. Además, volví a leer On the Road, de Jack Kerouac, y todo esto se juntó. Fue entonces cuando decidí dejar “el terruño” y salir a probar y conocer nuevos horizontes. Era 2005 y, a finales de octubre, llegaba a Playa del Carmen a un gran proyecto. Toda una aventura.

 

Obviamente escuchaba más artistas. Durante ese periodo disfruté y me sorprendió gratamente la irrupción de Franz Ferdinand, los herederos de la crudeza de The Libertines, ese revival del sonido neoyorquino de The Strokes y el gran auge pop de la gran y hermosa Kylie Minogue.

 

Años de grandes vivencias.

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