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sábado, 27 de septiembre de 2025

Crystal Ball


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

Si eres un entusiasta de la música y el talento de Prince, sabes que “Crystal Ball” es un disco legendario… uno que jamás se editó por múltiples razones (que en otro texto les compartiré). “Crystal Ball” es, por el contrario, el vigésimo álbum de estudio del geniecillo de Minneapolis (el cuarto acreditado al símbolo que él asumió para librarse de su contrato laboral con Warner Brothers). Es también su segundo disco triple después de “Emancipation”, lanzado un año antes en 1996.

 

Se trató del primer repertorio de temas inéditos que se compilaron de la legendaria bóveda, pues incluyó tomas descartadas que se grabaron entre 1983 y 1996. Por otra parte, algunas ediciones adjuntaron los álbumes “The Truth” y “Kamasutra”. Esto se debió a los numerosos retrasos en la entrega de “Crystal Ball”, que se comercializó a través de una línea telefónica. El desorden fue tal, que algunos clientes recibieron, en su lugar, un libro con las letras de “Emancipation”, una camiseta o un casete de “The War”, atribuido a New Power Generation, la banda de Prince.

 

El “artista” (como lo llamaban en ese entonces) no grabó ningún tema especial para este trabajo, pero sí añadió siete remixes o versiones alternativas de canciones que se editaron antes. Tampoco consideró la inclusión de temas que involucraran a The Revolution, su primera y más célebre agrupación.

 

Lo que Prince ofreció para esta colección resultó un poco decepcionante para sus más acérrimos seguidores, quienes objetaron la selección de canciones y el tiempo de cada volumen, que se limitaba a cincuenta minutos por cada uno. Pese a las primeras consternaciones, “Crystal Ball” ofreció temazos para todos los gustos.

 

El tema homónimo, uno que casi alcanza los once minutos de duración, es un monstruo (en el mejor de los sentidos) que parece sintetizar toda la obra de Prince: la psicodelia de “Around The World In A Day”, los arreglos orquestales de “Parade” y los sintetizadores de “1999”. Por cierto, una versión ligeramente más larga circula en diferentes bootlegs. La canción, de haberse lanzado como se planeó, habría sido épica en 1986. “Dream Factory” reclama entonces su merecidísimo protagonismo. Ésta, de igual forma que su predecesor, es legendaria porque formó parte de otro álbum (el tercero con The Revolution) que se frustró. De este proyecto de igual forma se enlistaron “Sexual Suicide”, “Last Heart” y “Movie Star”.

 

“Days Of Wild”, “Acknowledge Me”, “Interactive” y “Ripopgodazippa” se grabaron originalmente para “The Gold Experience”, lanzado un año antes, en 1995. Las cuatro son fantásticas y, francamente, no me imagino lo que hubiera pasado si se hubieran lanzado en aquel trabajo. “Hide The Bone”, compuesto por Brenda Lee Eager y Hilliard Wilson, es una chulada.

 

Otro destacado es “Cloreen Bacon Skin”, un intrigante y socarrón tema de casi dieciséis minutos que se grabó durante un descanso de una gira en 1983 y que, posteriormente, se citó o sampleó en “Tricky” (de The Time) y en “Soul Psychodelicide” (aún inédita).

 

Una cortita pero hermosa balada es “An Honest Man”, que se ensayó y produjo en el curso de las grabaciones de “Parade”, el soundtrack para “Under The Cherry Moon”. En esa línea está “Good Love”, un tema que sí se comercializó (aunque fuera de la discografía oficial de Prince), pero que iba a lanzarse primeramente en “Camille”, otro malogrado álbum.

 

“The Ride”, un track registrado en directo desde los Paisley Park Studios en 1995, está cargado de estridentes guitarras con un toque de blues, algo que Prince tocaba bastante en sus aftershows. Es muy apropiado para “The Undertaker”, el disco al que iba destinado y que finalmente se dejó de lado (aunque puede escucharse gracias a las versiones no oficiales que circulan en el mercado).

 

“Crucial” es otro de los prodigios que podemos escuchar en “Crystal Ball”. Según múltiples fuentes, se presume que éste fue reemplazado por “Adore” para finalizar “Sign ‘O’ The Times”, la obra cumbre de su majestad púrpura. De igual forma se dice que se escribió concretamente para “The Dawn”, un musical que tampoco se realizó.

 

Otros favoritos son “Make Your Mama Happy”, “Calhoun Square” y “She Gave Her Angels”, una canción con un profundo significado emocional porque está unida al único hijo de Prince, quien falleció poco después de haber nacido debido al síndrome de Pfeiffer en 1996. “She Gave…” se pensó para “Emancipation”, pero después se consideró para “Happy Tears”, un álbum infantil que se canceló por claras razones.

 

En términos musicales, “Crystal Ball” es una radiografía del laboratorio sonoro de Prince: sus capas de producción, sus mutaciones estilísticas y su forma única de grabar, remezclar y reinventarse sin la necesidad de validación externa. Técnicamente, el disco muestra tanto su obsesión por el control como su voluntad de compartir retazos inacabados, lo que lo hace culturalmente invaluable.

 

Más allá del caos en su distribución, es una cápsula del tiempo y un testimonio de la creatividad inagotable de un artista que no solo desafió las normas de la industria, sino que expandió las fronteras de lo que significa hacer música.

 

Súper indispensable.

I Discorsi


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

La gran Mina Mazzini es una de las artistas más sobresalientes en la música popular no solo por su potente y versátil voz, sino por su capacidad de reinventarse constantemente a lo largo de siete décadas. Es un ícono absoluto de la canción italiana. Ella rompió todos los moldes posibles desde los años sesenta con su estilo audaz y su presencia escénica para consolidarse como una inmortal deidad. Lo más asombroso es que, desde 1978, decidió retirarse de la vida pública y continuar su carrera en completa reclusión, sin apariciones ni conciertos, pero manteniendo una producción musical constante y de altísima calidad. Este fenómeno único —una estrella ausente de la función pública que sigue siendo venerada— ha contribuido a su aura mítica para reforzar su legado tanto en la cultura italiana como en la música internacional.

 

Cuando se lanzó “I Discorsi” en 1969, Mina ya gozaba de un estatus de superestrella. Este, su decimoquinto álbum de estudio, reproduce casi en su totalidad el contenido de “Le Più Belle Canzoni Italiane Interpretate da Mina”, una colección inédita que se les obsequió un año antes a los suscriptores de las publicaciones “Amica”, “La Domenica del Corriere” y “Tribuna Illustrata”. Dos canciones (el tema homónimo y “La Canzone di Marinella”) reemplazaron a “E Se Domani” y “La Musica è Finita”, que se editaron en el disco “Dedicato A Mio Padre” dos años antes.

 

Otro detalle curioso de este trabajo es su número de catálogo, inferior al de “Canzonissima ’68”, lo que demostró que “I Discorsi” ya estaba grabado con anterioridad, si bien esto no impidió su buen desempeño comercial. Los arreglos, orquesta y dirección fueron de Augusto Martelli, quien también le produjo a Mina otras célebres producciones de aquella época.

 

Como en sus álbumes anteriores, en esta entrega descubrimos a una intérprete con una voz y un sentimiento únicos, idóneos para quedar fascinados y enganchados por un largo rato. El tema que nombra al disco es pasional y candoroso, pero hay más baladas que, con el tiempo, formaron parte del repertorio clásico de la italiana: “Silenzioso Slow”, “Il Cielo in una Stanza”, “’O Sole Mio”, “La Canzone di Marinella” y “Se Stasera Sono Qui”.

 

Cabe destacar que la inclusión de piezas en napolitano revela la facilidad de Mina para moverse entre registros regionales sin perder un ápice de elegancia o expresividad. La riqueza melódica del napolitano, unida a su interpretación cálida y envolvente, otorgan una profundidad especial a estas canciones para llevarlas más allá de la nostalgia folklórica hacia un terreno emocional más amplio.

 

“I Discorsi” no es solo una colección de versiones del cancionero italiano, sino un testimonio de cómo Mina podía apropiarse de lo ajeno y hacerlo suyo, sin esfuerzo aparente. Este álbum sigue brillando más de medio siglo después por su cohesión sonora, su cuidado artístico y, sobre todo, por la voz inigualable de una artista que ha sabido resistir el paso del tiempo con la misma dignidad con la que eligió desaparecer del ojo público.

 

Para los nuevos oyentes, es una puerta de entrada ideal al universo de Mina Mazzini; para los ya iniciados, una joya que reafirma por qué sigue siendo única. Uno de mis favoritos.

 

A cuarenta años sin Rodrigo González, El Profeta Del Nopal


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

En 1985, México vivió uno de los momentos más terribles de su historia reciente. Eran las 7:17 horas de un jueves 19 de septiembre cuando la tierra comenzó a temblar con una magnitud de 8.1 grados en la escala de Richter. El sismo duró poco más de dos minutos, pero fue suficiente para cambiar la vida de miles y dejar una herida profunda en la memoria colectiva del país. Fue el movimiento telúrico más significativo y devastador del siglo XX en México, superando en intensidad y en daños al registrado en 1957, que hasta entonces era considerado el más grave en la capital.

 

La réplica, ocurrida la noche del 20 de septiembre, terminó por rematar estructuras que habían quedado severamente dañadas el día anterior. La Ciudad de México, con sus calles llenas de polvo, concreto, escombros y lamentos, se convirtió en un escenario de tragedia y también de solidaridad.

 

Ante la falta de una cultura sólida de protección civil y la evidente ineficiencia del gobierno —particularmente el federal, encabezado por el entonces presidente Miguel de la Madrid—, la ciudadanía tomó las riendas. Surgieron brigadas espontáneas, cadenas humanas de rescate, centros de acopio improvisados y una fuerza popular que desbordó cualquier protocolo oficial. El pueblo se convirtió en su propio rescatista, médico, cocinero y consuelo.

 

Una de las tantas víctimas de esta tragedia fue el músico tampiqueño Rodrigo González, mejor conocido como Rockdrigo.

 

Rodrigo nació un 25 de diciembre de 1950 en Tampico Madero. Desde muy joven mostró un marcado interés por la música. Como buen hijo de la huasteca tamaulipeca, creció escuchando huapangos, pero también —gracias a la cercanía geográfica y cultural con Estados Unidos— se empapó del rock, del blues y de la contracultura. En 1976 emigró al entonces Distrito Federal con su armónica, su guitarra y una maleta de sueños. No venía buscando fama ni reflectores, pero terminó convirtiéndose en el arquitecto y fundador de un movimiento tan marginal como poderoso: el rock rupestre.

 

El rock rupestre fue ese estrato del rock mexicano que prescindió de guitarras eléctricas, baterías estruendosas y estudios de grabación costosos. En su lugar, se armó de voces crudas, guitarras de palo, letras agudas y una estética que abrazaba la autenticidad antes que el glamour. Una especie de punk-folk chilango, callejero, con humor negro y mucha crítica social. Mientras algunas bandas mexicanas años después se aferraban al aplauso y al reconocimiento internacional (saludos, Caifanes), los rupestres ya se habían adelantado décadas con un discurso honesto y directo.

 

Su única grabación oficial en vida, Hurbanistorias (1984), fue un casete artesanal, grabado y distribuido bajo el lema del “hazlo tú mismo”. Lo vendía en mercados, bares y presentaciones informales. Hoy es una pieza de culto que, con el tiempo, fue reeditada en disco compacto y digital, alcanzando una audiencia que Rodrigo probablemente nunca imaginó.

 

Rockdrigo era, además de músico, un lector empedernido. Su obra está impregnada de referencias literarias, observaciones sociales y una ironía punzante. No necesitaba metáforas rebuscadas para retratar la ciudad; le bastaban las palabras justas. Sus letras abordaban temas como la soledad, el metro, el smog, la rutina y el desencanto. Fue uno de los grandes cronistas de la Ciudad de México, y como buen cronista, su labor fue documentar lo cotidiano con inteligencia y sensibilidad.

 

La mañana del 19 de septiembre de 1985, él dormía junto a su pareja en un edificio de departamentos ubicado en la calle Bruselas, colonia Juárez. El edificio colapsó. Rodrigo tenía apenas 34 años. Con él, murió una voz que apenas comenzaba a resonar con más fuerza. Con esa crudeza que a veces tiene el humor mexicano, se dice que el “profeta del nopal” murió por una sobredosis de cemento.

 

Aunque en vida su popularidad fue limitada, su legado ha crecido con los años. Las generaciones posteriores —fans, músicos, periodistas, académicos— se han encargado de mantener viva su obra. Prueba de ello es la estatua en su honor dentro de la estación del Metro Balderas, ese mismo lugar que inmortalizó en una de sus canciones más emblemáticas. Su figura se ha vuelto mítica, casi de culto, como un símbolo de rebeldía, inteligencia y sensibilidad urbana.

 

Entrar a la obra del profeta del nopal es adentrarse en una ciudad que respira a través de sus canciones. Es poca su discografía, sí, pero de una calidad inmensa. ¿Mi favorita? Sin duda, la grandiosa y soberbia “Metro Balderas”, no solo mi canción favorita de Rockdrigo, sino de todo el rock mexicano (y no, por favor, no confundir con la infame versión de Alejandro Lora).

 

Otra que me eriza la piel es ese himno contra la rutina, tan reconocible porque todos, en algún punto, nos hemos sentido atrapados por la monotonía y la necesidad urgente de escapar: “No tengo tiempo”. Por cierto, existe una gran versión de esta canción interpretada por la banda Heavy Nopal, que le rinde un digno tributo.

 

A veces uno se pregunta qué más habría hecho Rockdrigo si hubiera vivido más. Tal vez habría sido un referente internacional del rock en español, tal vez se habría cansado del mundo musical y se habría refugiado en los libros, tal vez no. Lo cierto es que, en poco tiempo, dejó una huella imborrable.

 

Y aunque su voz se apagó bajo los escombros, su música sigue ahí, sobreviviendo como sobrevive la ciudad: con memoria, con dignidad y con ganas de cantar.

 

 

Los Gringo Hunters


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

Cómo odio las series sobre narcotráfico y dramas fingidos. Sé que algunas de ellas están hechas con mucho cuidado y escrupulosidad, pero casi todas caen en la pusilánime glorificación del contrabando y las adicciones. “Los Gringo Hunters”, una serie mexicana que sigue a un grupo de policías tijuanenses que se dedica a capturar y deportar delincuentes “gringos” que cruzaron la frontera para escapar de la justicia americana es, por extraño que parezca, una absoluta belleza.

 

Muy lejos de esas series tan desagradables y malhechas, “Los Gringo Hunters”, un producto mexicano disponible en Netflix, es una hazaña policial narrada en doce episodios cargados de acción, intrigas públicas, corrupción, muchos delitos, romance y, claro está, justicia.

 

Encabezada por Harold Torres, Mayra Hermosillo, Héctor Kotsifakis y José María Yazpik, “Los Gringo Hunters” nos muestra cómo este grupo de élite enfrenta a los delincuentes y asesinos para atraparlos y presentarlos ante los tribunales americanos. Pero hay más: se trata de un thriller mexicano repleto de tragedias personales.

 

Un artículo de The Washington Post sobre una unidad de élite de la policía mexicana, responsable de capturar, arrestar y deportar a delincuentes estadounidenses, inspiró la creación de esta fabulosa serie producida por Rafael Ley.

 

Si pudiera calificar a esta serie, elegiría el mote de “auténtica”, aunque se me ocurren muchos más. Su ritmo es casi frenético, delirante e irresistible. Los hechos narrados marchan de tal forma que, poco a poco, terminan por construir toda una red de culpabilidades que parece no tener fin. Les aseguro, amables lectores, que no podrán parar una vez que inicien el viaje.

 

La realidad expuesta, con toda su crudeza y podredumbre, es apabullante. Pese a los clichés de este tipo de productos, “Los Gringo Hunters” contradice la típica ficción obre la delincuencia transfronteriza entre Estados Unidos y México. Con algunos detalles por superar, ésta merece una segunda temporada.

sábado, 13 de septiembre de 2025

Aladdin Sane


 

Watching him dash away, swinging an old bouquet (dead roses) …

 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

David Bowie marcó un hito en la historia del rock cuando, como Ziggy Stardust, hermanó música, moda y teatralidad de una forma completamente innovadora. Gracias a este alter ego andrógino y alienígena, el delgado duque blanco desafió las normas de género e íntimas de la época para transformarse en un ícono cultural y en un símbolo de libertad creativa.

 

Ziggy Stardust, personificado en tres gloriosos álbumes (aunque algunos biógrafos aún discuten el número exacto), no sólo consolidó su estatus como superestrella mundial, sino que también marcó el comienzo de una nueva era de expresión artística en la música pop. Glam rock, para ser más puntuales.

 

Solía ser un chambón en la preparatoria cuando, quizá por mediación divina, descubrí que la música era un bálsamo para el alma, un narcótico para el cuerpo y una compañera para la eternidad. Primero fue Michael Jackson, a quien desatendí muy pronto, porque después conocí a Prince (de quien nunca me apartaré) e, inmediatamente después, a David Bowie y a Björk.

 

Fue en El Chopo, el legendario tianguis contracultural, donde encontré un casete de “Outside” y, con él, mi mundo comenzó a girar y girar como nunca antes. Por consejos de Edgar, mi hermano y gurú musical, retrocedí en el tiempo para contemplar y disfrutar los primeros trabajos del camaleón. Con la irrebatible selección de “The Rise & Fall Of Ziggy Stardust & The Spiders From Mars”, también me rendí a los pies de “Hunky Dory” y, cómo no, “Aladdin Sane”.

 

Trágico, pasional y elegante, “Aladdin Sane” es puro rock and roll; una suerte de “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”, de The Beatles, un disco interpretado por un álter ego. Está lleno de riffs densos y rápidos (“Watch That Man”, el corte inicial, lo demuestra con creces), delicadas notas de piano, cortesía de Mike Garson, y desconcertantes ecos del cabaret berlinés anteriores a la guerra.

 

Pese a sus numerosas bondades, éste no funciona como un trabajo conceptual, pues se pasea por el rock, el glam, el doo wop, el pop, y hasta el proto-metal con poca naturalidad, lo que ocasionó detracciones entre la prensa y el público. Es mutable, como si apelara a distintos estados de ánimo.

 

El mensaje general de “Aladdin Sane” es poco claro, ya que en él se percibe la lucha de Bowie en contra de Ziggy para que no se apodere de su mente. Es, al mismo tiempo, sublime e improvisado.

 

Del mismo modo, esta increíble colección (y espero que no malinterpreten el sentido de mis palabras) de diez himnos simboliza la incursión de Bowie en Estados Unidos (él mismo lo llamó, en más de una ocasión, como “Ziggy Goes To America”), pero no está libre de algunos tropiezos.

 

El tema que da nombre al disco es, a mi parecer, ¡monumental!, aunque muchos la describen como laboriosa y confusa. Sugestionada por “Vile Bodies”, de Evelyn Waugh, un escritor, novelista y periodista británico, conocido principalmente por sus sátiras sociales y su estilo literario refinado, irónico y hondamente observador, la letra deambula entre la desesperación, el desamor y las guerras mundiales.

 

Muchos han escrito con relación al juego de palabras “A lad insane” (“un muchacho loco”) como una referencia directa a su medio hermano esquizofrénico, pero nada se ha aclarado aún.

 

En “Drive - In Saturday” encontramos una de las mejores interpretaciones vocales de Bowie, a pesar de la distopia que narra en menos de cinco minutos. Por otra parte, “Cracked Actor”, contrasta con esas pesadísimas guitarras cortesía de Mick Ronson. Monumental.

 

“Time” es una de las grandes canciones de este disco. Corre lenta en un inicio para despegar con una fuerza tremenda. Quizá la letra no sea tan portentosa, pero resulta gloriosa gracias a todos los elementos que presenta.

 

La gran joya de “Aladdin Sane” es, sin lugar a dudas, “The Jean Genie”, un rock crudo y sucio, con fuertes raíces en el blues - rock y el glam, caracterizado por un riff de guitarra potente y repetitivo tocado, otra vez, por Mick Ronson. Tiene un aire rústico y sucio, que recuerda a bandas como The Rolling Stones o a T. Rex, pero con el sello teatral y provocador de David Bowie.

 

La canción es un aparente homenaje a Iggy Pop, su gran amigo y colaborador; el título es un juego de palabras entre Jean Genet, el escritor francés abiertamente homosexual y rebelde, y la idea de un genio, o “genie”. La letra habla de un personaje callejero, desinhibido, insurrecto, salvaje y fuera de control, que encarna un espíritu decadente y urbano.

 

Un dato curioso: el riff se parece bastante al de “Blockbuster!”, de Sweet, aunque ambos fueron escritos al mismo tiempo de forma independiente.

 

“Aladdin Sane” representa no sólo la evolución musical de Bowie, sino también su madurez como artista que sabe trascender las modas y sus propias máscaras. Con un sonido sofisticado, una producción meticulosa de Ken Scott y una ejecución musical que bordea lo experimental, pero sigue siendo rock and roll, el álbum es al mismo tiempo un reflejo del caos cultural posterior a los años sesenta y una obra esencial del glam rock.

 

Bowie anticipó el movimiento de la contracultura y demostró que el arte podía ser incómodo, bello y revolucionario al mismo tiempo. “Aladdin Sane” es más que un simple disco: es una declaración de principios disfrazada de espectáculo sonoro.

The Cure, septiembre de 2004


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

A Ademir, Jair, Eber y Mauricio

 

Hace veintiún años, The Cure publicaba su duodécimo álbum de estudio titulado “The Cure”, el primero bajo el sello Geffen Records. Esto dio pie a una gira internacional que, afortunadamente, marcó el regreso de la banda inglesa a México después de doce años, y por primera vez, al entonces Distrito Federal. La única ocasión previa en la que habían pisado suelo mexicano fue en Monterrey, Nuevo León, durante su Wish World Tour en el ya lejano 1992.

 

Desde el primer anuncio, mi amigo Ademir y yo comenzamos a organizarnos para ir al concierto. Con el paso de los días, más personas se unieron a la caravana. No recuerdo con exactitud cuándo fue la preventa de los boletos, pero sí tengo muy presente que Eber —primo de Ademir— fue quien se encargó de comprarlos. No alcanzamos para la primera fecha, programada para el 4 de septiembre, pero, debido a la gran demanda, abrieron dos fechas más. Nosotros conseguimos boletos para la segunda, el 5 de septiembre. Ahora venía lo más difícil: esperar.

 

La fecha llegó. Domingo 5 de septiembre. Ya teníamos toda la logística preparada para ese día. Muy temprano me dirigí a la casa de Ademir, punto de reunión acordado. De ahí partimos Eber, Jair (hermano de Ademir), Mauricio —un amigo suyo al que conocí ese día y a quien apodaban “el Vinatas” (nunca supe por qué)—, el propio Ademir y yo.

 

Durante el trayecto, la tarde transcurría tranquila. Algunas cervezas, un poco de lluvia... pero finalmente llegamos al “Domo de Cobre”, en la delegación Iztacalco. Antes de entrar al recinto, caminamos un poco para ver la mercancía que vendían los ambulantes. Me compré una playera —que, por cierto, aún sobrevive— y actualmente está en poder de mi hermana. Después de curiosear un rato, por fin estábamos listos para ingresar al Palacio de los Deportes.

 

Tras una breve espera, a las 20:00 horas comenzaron a sonar los primeros acordes de “Plainsong”. Éxtasis puro. Recuerdo que Robert Smith tardó un poco en salir al escenario, pero cuando apareció, el Palacio se vino abajo con la euforia del público. Aún no me reponía de la emoción cuando comenzó a sonar “Shake Dog Shake”, del incomprendido “The Top”. Sonó increíble, con una rabia contenida. Le siguió una maravilla: la grandiosa “The Figurehead”. Vaya forma de comenzar un concierto.

 

Smith, como es habitual, no interactuó demasiado con el público, aunque sí saludó con cortesía y presentó “A Night Like This”. Luego interpretaron dos canciones del nuevo álbum. Después, llegó un momento esplendoroso con cuatro clásicos: “Lovesong”, “Push” (que sonó gloriosa), “In Between Days” (con todos saltando y coreando al ritmo de Yesterday I got so old, I felt like I could die...) y la siempre hermosa “Just Like Heaven”. Luego de tanta luz, llegó la oscuridad con la angustiante “One Hundred Years”, seguida por “Disintegration”, uno de los puntos más altos de la noche. Tras esta, la banda se retiró momentáneamente. El público rugía y exigía más.

 

The Cure nos complació y regresó para interpretar cuatro encores. El primero incluyó dos temas del álbum “Bloodflowers” y culminó con una desoladora interpretación de “The Promise”. Sonó fantástica, un verdadero tour de force sobre la esperanza, la decepción y la espera interminable por promesas que nunca se cumplen. Fue inevitable pensar en alguien.

 

El segundo encore fue simplemente brutal (disculpe usted la expresión). “The Drowning Man” fue una sorpresa absoluta. Jamás imaginé escucharla en vivo. Siguieron con otro clásico, “Charlotte Sometimes”, y después “Primary”, que ejecutaron con gran maestría. Cerraron este bloque con lo mejor de la noche: “Faith”. Sonó majestuosa. Una atmósfera melancólica nos envolvía mientras Smith cantaba con gran sentimiento. El público acompañaba el ritmo de la batería con las luces de celulares y encendedores. El recinto se veía hermoso.

Después de esa intensa carga gótica, la banda cambió el tono con un set más eléctrico y pop: “The Walk”, “Let’s Go To Bed” y “Why Can’t I Be You?”. En esta última, Robert Smith, en pleno baile, dio un paso en falso y casi se cae. Afortunadamente, salió ileso de la situación.

 

Tristemente, llegó el final. Las dos últimas canciones de la noche fueron “Grinding Halt” y la clásica e imperdible “Boys Don’t Cry”, ambas de 1979. Nostalgia pura. Era el momento de la despedida: Simon Gallup, Perry Bamonte, Jason Cooper, Roger O'Donnell y, por supuesto, Robert Smith. Lamenté mucho que no tocaran “Pictures Of You” ni “A Forest”, pero haber escuchado “The Drowning Man” y “Faith” hizo que todo valiera la pena: el boleto, los años de espera, todo.

 

Era hora de regresar a casa y prepararse para ir a trabajar en unas horas. Desvelado y harto de esa oficina, pero ese lunes 6 de septiembre estaba feliz: había presenciado a mi banda favorita.

 

Un año después, todos nos reunimos en mi casa. Plática, recuerdos de esa noche, risas, alcohol y música de The Cure. Una gran velada.

 

McCartney


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

Sin lugar a dudas, uno de los momentos más infames de la música popular contemporánea fue la ruptura de The Beatles, la agrupación de rock pop más célebre de todos los tiempos (sin importar los alegatos). Su legado cultural ya ha trascendido múltiples generaciones para marcar un antes y un después en la historia del rock y la cultura juvenil global.

 

Ensayistas, periodistas y fanáticos han discutido por años qué causó realmente la separación de la agrupación inglesa. La disociación de The Beatles en 1970 fue resultado de una combinación de factores personales, creativos y comerciales. Aunque durante mucho tiempo se pensó que Paul McCartney fue el responsable, él aclaró en una entrevista con la BBC que John Lennon fue quien decidió abandonar el grupo. Según McCartney, Lennon entró un día al estudio y anunció que dejaba la banda, describiendo la situación como “un divorcio”.

 

Otro factor importante fue la muerte de Brian Epstein, mánager del grupo, en 1967, dejándolos sin liderazgo. La posterior elección de Allen Klein como nuevo representante artístico, sin el consenso de todos, provocó disputas legales y tensiones internas. De hecho, McCartney demandó a los otros miembros para disolver legalmente la sociedad del grupo.

 

Pese a todo, el público siempre ha señalado a Yoko Ono y a Paul McCartney como los responsables de la disolución del cuarteto de Liverpool. Que cada quien elija a su villano favorito. Lo que sí es cierto es que, en estas circunstancias, Macca grabó y lanzó “McCartney”, su primer álbum solista, en 1970.

 

Resulta muy complicado reseñar este disco sin omitir todo el drama causado por el asunto beatle; y si bien aparecieron proyectos solistas de John, George y Ringo antes de este lanzamiento, éstos siempre se consideraron paralelos a la producción oficial de la banda. “McCartney” cumple, por otro lado, con todos los requisitos para considerarse como el primer álbum solista de un beatle.

 

Las primeras impresiones fueron muy amargas, aunque la desbandada de ese año provocó una muy buena publicidad. La prensa y las multitudes menospreciaron la oferta artística del músico, pues destacaron lo rudimentario de la grabación, una composición inconsistente, la falta de un enfoque creativo, y una mezcla de sonido completamente desbalanceada. Hasta sus excompañeros emitieron opiniones algo hostiles.

 

Las sesiones para este LP tan criticado se produjeron en el 7 de Cavendish Avenue, St. John's Wood, en los Abbey Road Studios y en los Estudios Morgan de Londres, Inglaterra. En ellas Paul tocó la guitarra eléctrica, la guitarra acústica, el bajo, la batería, el piano, el órgano Hammond, los bongós, las maracas, los platillos, el bombo, un xilófono de juguete, la guitarra slide, la pandereta, un cencerro, el mellotrón, y otros artefactos de utilería (como ramas secas).

 

Con todo y sus fallas y extravagancias (como la ausencia de músicos de estudio), este es un trabajo que crece muchísimo con cada escucha, instalándolo como uno de los imprescindibles en la extensa discografía del bajista de los fab four. Eso sí, no puede compararse con “John Lennon/Plastic Ono Band” o “All Things Must Pass”, de ese mismo año.

 

Las canciones dan una idea de intimidad algo truncada porque funcionan más como demos o simples ensayos que un concepto íntegro. La sensación es distinta con “Maybe I’m Amazed”, la obra maestra de Macca; una que no ha logrado superar en ningún otro momento. “Junk”, “Every Night”, “That Would Be Something”, “Man We Was Lonely” son pequeños tesoros si uno ignora el contexto de su aparición.

 

Los instrumentales son disparejos, pero “The Lovely Linda” y “Momma Miss America” son mis preferidas. De hecho, no faltan en mis listas de reproducción cuando salgo de paseo.

 

Musicalmente, “McCartney” destacó por su artesanía y espíritu familiar, un gesto deliberado comparado con el estilo extenso de los álbumes posteriores de los Beatles. La producción casera no era sólo una necesidad logística, sino también una declaración estética: Paul buscaba volver a lo esencial, a los sonidos sin adornos y a las texturas crudas y espontáneas que hoy se consideran precursoras de la música lo - fi. Esta aparente sencillez esconde una impresionante habilidad instrumental, pues todos los sonidos del disco (como ya vimos) fueron creados por él.

 

Desde una perspectiva cultural, también representa un punto de inflexión: una ruptura radical con una era y el nacimiento de una nueva identidad artística. Aunque no recibió mucha atención en su momento, el tiempo lo ha transformado en un registro emocional de un artista que enfrentó el duelo, la transformación y la absoluta libertad creativa. Con el paso de las décadas, pasó de ser un disco controvertido a un álbum de culto, celebrado por músicos contemporáneos que ven su vulnerabilidad como un modelo de honestidad artística.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Horses a 50 años


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

Este 2025 se cumplen 50 años de uno de los discos que me enseñaron a ser libre; todo un ícono del rock y, particularmente, del punk neoyorquino, nacido en el mítico club CBGB. Me refiero al monumental “Horses” de la poetisa Patti Smith.

 

La primera vez que escuché este disco fue hace muchos años. Solía reunirme con un grupo de amigos con los que teníamos charlas interminables sobre música, cine y libros. Cada quien tenía su momento para poner música: compartir, recomendar y, por supuesto, presumir los discos que teníamos, jejeje. En una de esas sesiones, una amiga puso un compact disc que comenzó con un piano íntimo, y luego una voz que no cantaba, declamaba: Jesus died for somebody's sins, but not mine... Me levanté de mi lugar y pregunté quién cantaba. Me respondieron: “Patti Smith”. Me acerqué al estéreo, tomé la caja del disco y sonaba “Gloria”, el clásico de Van Morrison, pero en una versión más agresiva, más ruda. Si la música ya me había impactado, la portada me impresionó aún más. En ese momento, me volaron el cerebro. Quedé hipnotizado y enamorado de Patti Smith.

 

Grabado en los míticos Electric Lady Studios, el disco fue editado en 1975 por el sello Arista. Patti Smith, además de su maravillosa voz, también tocó la guitarra, acompañada por Lenny Kaye (guitarra y bajo), Jay Dee Daugherty (batería), Ivan Kral (guitarra) y Richard Sohl (teclados). Juntos gestaron toda una revolución. Pero esto no fue producto de un golpe de suerte; ya llevaban tiempo trabajando en el proyecto. Además, Patti Smith no era ninguna improvisada. Tenía ya siete años en la escena artística y musical de Nueva York. Era joven, aunque no tanto: en ese año tenía 28 años. Era muy conocida, sobre todo por su papel como poeta, hasta que se topó con Lenny Kaye. Juntos empezaron a musicalizar sus poemas. No fue complicado: la ex empleada de librería tenía una pasión inmensa por la música.

 

Cuando entraron a los Electric Lady Studios, tenían muy claro lo que querían lograr con este disco: combinar poesía con el sonido garagero que tanto amaban. Al principio fue complicado, ya que el productor —el legendario John Cale (sí, el músico vanguardista que fue miembro de The Velvet Underground)— quería un álbum más arreglado. Sin embargo, a pesar de esas diferencias, la banda y Cale lograron un sonido crudo, potente, pero sin perder la rabia ni el salvajismo.

 

El disco abre con una de las declaraciones artísticas más fuertes e impactantes: “Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”, una línea de un poema titulado «Juramento», que Smith había escrito años antes. Vaya forma de comenzar un disco. La frase es provocadora, pero encaja perfectamente con la versión del clásico de Them, me refiero a “Gloria”. Una canción que no le pide nada a la original, incluso superior a la versión de The Doors. La siguiente pista es un lindo reggae, aunque con una letra trágica: narra un suicidio posterior a una discusión. Hablamos de “Redondo Beach”.

 

“Birdland” tiene su origen en otro poema de Smith, influenciado fuertemente por A Book of Dreams de Peter Reich, y acompañado por una tormenta musical. Luego viene “Land”, una canción de más de nueve minutos que es pura improvisación, casi una epopeya, donde se menciona al poeta Arthur Rimbaud y se alude al consumo de cocaína. “Land” es salvaje e inteligente, pero muchos punks más recalcitrantes (saludos, Johnny Lydon) no la toleraban. No la consideraban punk, porque era sofisticada, extensa, y no hablaba de la cultura de los años 70. Al contrario: era un puente que conectaba distintas generaciones culturales.

 

Y estas son solo algunas razones por las cuales este álbum está incluido en el Registro Nacional de Grabaciones de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, además de la enorme influencia que ha tenido sobre generaciones enteras de músicos y artistas.

 

La portada del disco es arte puro. Fue tomada por el también legendario Robert Mapplethorpe. Es un retrato en blanco y negro de Smith, vestida con una camisa blanca, corbata y un saco colgado sobre el hombro. Fue idea de Mapplethorpe: quitarse el saco y cargarlo con naturalidad, creando una imagen andrógina que se convirtió en un símbolo de libertad, rebeldía y emancipación femenina.

 

Esta obra monumental cumple, este año, medio siglo de vida. Un disco obligatorio que debe escuchar —y tener— cualquier melómano que se respete.

Cinco discos que cumplen 30 años


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

El mundo, en 1995, observaba con horror el atentado en el metro de Tokio con gas sarín, que dejó un saldo de ocho muertos y miles de intoxicados. Pero no todo fue tragedia: por fin, después de largas negociaciones, se logró un acuerdo de paz en la guerra de Bosnia-Herzegovina. También ese año se celebró la tercera edición de la Copa del Mundo de Fútbol Femenino, ganada por Estados Unidos. En el campo de la ciencia y la tecnología, Microsoft lanzó el sistema operativo Windows 95, que significó una auténtica revolución digital, acompañado por su navegador web: Internet Explorer.

 

En México sufríamos, una vez más, una crisis económica profunda, que provocó inestabilidad e incertidumbre. Para salir del bache, el país tuvo que recurrir a la intervención del Fondo Monetario Internacional y del gobierno de Estados Unidos. Esta fue una de las primeras pruebas difíciles que enfrentó Ernesto Zedillo Ponce de León, a tan solo unas semanas de haber iniciado su controversial sexenio. A un año del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el Estado mexicano emprendió una ofensiva militar contra la guerrilla zapatista. Se emitieron órdenes de arresto contra el Subcomandante Marcos y otros líderes. La acción fue duramente criticada por la comunidad internacional, y el presidente tuvo que recular: abandonó la vía militar y optó, al menos en el discurso, por la diplomacia.

 

El 31 de marzo de ese mismo año fallece la “Reina de la música texana”: Selena Quintanilla, asesinada tras recibir varios disparos de Yolanda Saldívar. La noticia conmocionó a todo México y a la comunidad latina en Estados Unidos.

 

En la música, más de dos décadas después de su separación, The Beatles irrumpieron nuevamente en las listas de popularidad con un nuevo sencillo: “Free As A Bird”. Pero también sonaron otros grandes artistas y, en esta ocasión, recordamos cinco discos que se publicaron ese año y que, en 2025, cumplen ya 30 años.

 

1. “Post” (Björk)

Segundo álbum de la ARTISTA (sí, así, con mayúsculas) islandesa, y la confirmación de su inmenso talento. No hay ningún desperdicio en este disco: una fascinante combinación entre la electrónica y el pop. Aunque es cierto que la electrónica predomina, “Post” es, sin duda, mi disco favorito de Björk. Se nota la influencia del naciente Trip Hop, ecos del sonido Madchester y hasta pinceladas de Acid House. “Desde que rompimos, me pinto los labios otra vez, y me chupo la lengua para recordarte”, canta en la preciosa “Possibly Maybe”, quizás la mejor canción de la islandesa. Una joya.

 

2. “Sueño Stereo” (Soda Stereo)

Aunque en ese momento no lo sabíamos, “Sueño Stereo” fue el último álbum de esta icónica banda argentina. Podría considerarse el sucesor natural de Dynamo, una continuación de esa exploración sonora, aderezada con la música que se hacía en Inglaterra. Estos elementos lo convirtieron en la obra maestra del trío argentino. No en balde, a 30 años de distancia, sigue siendo elogiado por críticos y público en general. Fue —y es— la cereza del pastel en una discografía impresionante.

 

3. “The Bends” (Radiohead)

Segundo álbum de Radiohead. Con un sonido tenso, compasivo y hasta violentamente perturbador, representa el cansancio y el estado de ánimo de la banda tras una monstruosa gira y el hartazgo provocado por su mega-hit “Creep”. Sin embargo, “The Bends” es un paso hacia adelante. De hecho, es la antesala a su obra cumbre, aunque este disco no desmerece en absoluto. Además, marca el inicio de la fructífera relación de la banda con el productor Nigel Godrich.

 

4. “The Great Escape” (Blur)

Cuarto álbum de Blur y uno de los protagonistas de aquel cruento capítulo de la “batalla del Britpop”, librada con Oasis. Pero más allá del morbo mediático, “The Great Escape” es un álbum con profundas influencias de The Beatles, David Bowie y, sobre todo, de The Kinks. El resultado: un disco notable. Vaya paradoja: a pesar de ser considerado uno de sus mejores trabajos, quedó por debajo del insuperable Parklife. Por momentos se siente disperso e irregular, pero tiene joyas como la monumental “The Universal”.

 

5. “Hello! MTV Unplugged” (Charly García)

El 4 de mayo, Charly García se presentó en los estudios de MTV, en Miami, para grabar un unplugged junto a un grupo de músicos extraordinarios, entre ellos la sensacional y guapa María Gabriel Epumer. El resultado fue un concierto impecable, con arreglos acústicos a clásicos de la discografía de García. Hasta una Barbie aportó sonidos durante la presentación. “Rezo por vos” y “Ojos de videotape” fueron puntos altísimos en un setlist que también incluyó un medley de Serú Girán simplemente imperdible.

 

Cinco discos que se publicaron hace ya tres décadas y que, afortunadamente —gracias a su calidad—, han superado las fronteras del tiempo.

Discovery

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