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sábado, 14 de agosto de 2021

Un “algo” de Todd Rundgren


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

Con una discografía tan plural e interesante, el estadounidense Todd Rundgren logró popularidad con “Something/Anything?”, su tercer trabajo en solitario. En él se conjugan una gran amplitud de sonidos y estilos, todos ellos orientados hacia un rock dulce y placentero.

 

Cansado de ser etiquetado como un pianista y rimador promedio, Rundgren lo apostó todo lírica y técnicamente para concebir, en 1972, esta obra maestra. Un álbum doble con sus cuatro lados bien identificados: el de melodías chispeantes, el intelectual, el experimental y una opereta pop con magníficos ganchos comerciales. Si bien esta distribución es un acierto, el número de canciones puede resultar agobiante.

 

El primer juicio con relación a esta obra es su rebuscada artificialidad; sin embargo, esa sensación desaparece con las continuas reproducciones, situándola en una atmósfera natural y completamente amena. La sucesión de las pistas nos concede un disfrute cargado de magia sonora.

 

No obstante, los “pero” están bien dispersos en todo el álbum: la duración, la nulidad de algunas canciones y la inconsistencia general del concepto. Por otra parte, no es el disco con el que podrías animar una reunión o relajarte. Es, más bien, el tipo de música que suena mientras se desarrolla una plácida tertulia.

 

Pese a lo anterior, “Something/Anything?” nos entusiasma con la inmortal “Hello It’s Me” y otras maravillas como “I saw the light”, “Wolfman Jack”, “Sweeter memories”, “The night the carousel burnt down” y “Black Maria”.

¡Porque lo digo yo!

 

Por Oscar Fernández Herrera

 

Seamos honestos: la Cuarta Transformación no simpatiza con la prensa. Pruebas no faltan para demostrar que, desde algunos escenarios políticos y económicos, la desinformación y los ataques mediáticos injustificados son la norma para esta administración. Simulaciones y descalificaciones completamente desmedidas brotan sin ningún tipo de control. No obstante, es importante señalar que, por una facción de prensa promotora de lo falso, el gobierno de López Obrador no puede descalificar a un gremio tan necesario en las sociedades actuales.

 

Escribo lo anterior porque me disgustan los señalamientos del presidente contra el periodismo en general, tachándolo de mafioso y tramposo; y no porque no lo sea en algunos casos, sino porque resulta desmedido colocar a toda la prensa dentro de una misma categoría. Sucede también que al primer mandatario le desagradan el análisis y los descubrimientos que se filtran por medio de distintas plataformas informativas (tanto nacionales como internacionales).

 

Como respuesta a estos dos escenarios, AMLO comenzó un “quién es quién en las mentiras de la semana”, una sección dentro de sus “mañaneras” para exhibir las fake news más inmediatas. La noción por sí misma ha generado molestia y preocupación en distintos sectores públicos y sociales del país, pues se asegura que estas descalificaciones son infundidas y sólo cumplen los caprichos del presidente: “estás con él o contra él”.

 

Todo esto hace debatible el hecho de si es correcto que sea la misma presidencia la que se constituya como entidad enjuiciadora (inquisidora, dirán unos cuantos) de los distintos mensajes mediáticos que circulan a través de la prensa. No porque en ella todo sea transparente, sino porque constan dudas razonables con relación a la transparencia de este ejercicio.

 

En otro momento señalé lo básico que resulta la libertad de expresión y que resulte en la sociedad el correspondiente análisis de los discursos comunicacionales. Manifesté en aquella ocasión que concierne a los consumidores de la información señalar a los supuestos periodistas y desmentir sus afirmaciones. El político tabasqueño, por su parte, defenderá su postura con hechos comprobables y no con señalamientos que podrían traducirse en manipulaciones y coacciones.

 

¿Se trata de un abuso de poder? Démosle tiempo a esta práctica y asumamos una mirada crítica para respaldarla o, si es necesario, censurarla.

 

 

Una olimpiada más, un fracaso más…

 

Por Oscar Fernández Herrera

 

Madrugar el seis de agosto para gritar emocionado el categórico triunfo de la selección mexicana de futbol ante su similar nipón fue increíble. El resultado final resultó más que merecido; sin embargo, es necesario un baño de realidad: el desempeño de la delegación nacional en las olimpiadas fue pobre. Muchos son los factores que pueden explicar este penoso escenario: corrupción, falta de centros de entrenamiento para atletas de alto rendimiento, criterios de selección discordantes, y un larguísimo etcétera.

 

De la misma forma, es obligatorio señalar el abandono histórico que sufre el deporte en nuestro país. Con la llegada de la ex velocista Ana Guevara a la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE), la crisis empeoró debido al pudrimiento de la institución, la incompetencia de los funcionarios detrás de escritorios, el acaparamiento de recursos por parte de la administración federal para beneficiar al béisbol, y la desaparición del Fondo para el Deporte de Alto Rendimiento (Fodepar).

 

Reprochar el desempeño de los atletas siempre será más sencillo que criticar al sistema causante de este problema, aunque es poco factible que este escenario se mantenga por más tiempo porque la pendiente es pronunciada y continua. ¿Quién dará la cara ante la desorganización, el congelamiento de recursos y la eliminación de becas? Los competidores merecen respuestas y acciones inmediatas.

 

Señalémoslo con todas sus palabras: la administración obradorista y las federaciones no están cumpliendo con sus funciones y, como en otras ocasiones, los juramentos y los “ahora sí” no faltarán. Más de lo mismo, como siempre.

 

Con todo, los deportistas merecen un aplauso porque a pesar de estas circunstancias, se plantaron para defender nuestros colores e ilusionarno

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  Por Oscar Fernández Herrera       Presentado el 19 de octubre de 1973, apenas seis meses después del majestuoso “Aladdin Sane”, “P...