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sábado, 25 de julio de 2026

Araçá Azul


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

“Araçá Azul”, lanzado en 1972, fue el primer álbum que Caetano Veloso grabó en Brasil después de su exilio en Londres, ciudad a la que se trasladó forzado por la dictadura militar tras su detención en 1968. Este regreso, tanto metafórico como literal, no buscó satisfacer las expectativas comerciales de su discográfica; por el contrario, se inclinó por la liberación alcanzada después de un periodo de nostalgia, tristeza y desarraigo.

 

Esa libertad comenzó cuando Caetano entró al estudio sin composiciones acabadas y sin un productor, pues la idea consistió en improvisar durante el proceso de grabación y utilizar el estudio como un instrumento en sí mismo. Las tomas que se escuchan en el disco fueron el resultado de superposiciones, ediciones y múltiples registros de voz, algo poco habitual en la música popular brasileña de comienzos de los años setenta.

 

Grabado en los Estudios Eldorado, considerados en aquel momento los más modernos de Brasil desde el punto de vista tecnológico, “Araçá Azul” es un disco único porque incorporó transposiciones de voz, manipulación de cintas, collages sonoros, grabaciones de ambientes urbanos y mezclas entre improvisación, poesía concreta y canción. Los estudiosos denominaron estos recursos “procedimientos transfonográficos”, es decir, técnicas en las que la grabación modifica y genera la propia obra musical.

 

Caetano Veloso sabía que el público esperaba un sucesor de “Transa”, un álbum mucho más accesible y exitoso. En lugar de ello entregó, probablemente, la obra más radical de toda su carrera artística. El resultado fue un fracaso comercial inmediato. La cantidad de devoluciones en las tiendas fue tan alta que durante años se habló de ello entre el público y la crítica especializada.

 

Pese a su naturaleza tan controvertida, “Araçá Azul” llamó la atención por incluir una reinterpretación completamente transformada de “Tú Me Acostumbraste”, del cubano Frank Domínguez; el uso de la voz de Dona Edith do Prato como elemento tímbrico; y el empleo de sonidos ambientales y estructuras abiertas que difuminaron la frontera entre canción popular, performance y arte sonoro.

 

Para mí, estimados lectores, la gran joya de este disco es, sin duda, “Sugar Cane Fields Forever”, una canción con la que su autor llevó al límite todas las ideas de “Araçá Azul”, pues en ella tuvieron cabida la memoria, la poesía, el paisaje disonante, la propia grabación y mucho más. Su nombre es un guiño directo a “Strawberry Fields Forever”, de The Beatles, aunque no se trató de una versión ni de una parodia.

 

Caetano sustituyó las fresas por la caña de azúcar, uno de los símbolos más profundos de la historia brasileña. Ese cambio desplazó por completo el significado del título, pues la caña de azúcar representa la colonización portuguesa, el sistema esclavista, la cultura del nordeste brasileño y el Brasil colonial. Con más de diez minutos de duración, “Sugar Cane Fields Forever” no presenta una sucesión clara de verso, coro y puente. Es una obra de carácter procesual.

 

Para crearla, el maestro del Tropicalismo grabó nociones incompletas, añadió nuevas capas, cortó cintas, reorganizó materiales y permitió que las decisiones técnicas se convirtieran en decisiones musicales. Totalmente incomprendida, esta pista representó un diálogo con el rock inglés, al que respondió: “Mi paisaje no son los campos de fresas; son los cañaverales”. Es una obra maestra.

 

La portada del disco, realizada por Ivan Cardoso, parece fragmentar la identidad y desafiar la percepción. La imagen muestra a un Caetano casi de frente, pero su rostro aparece alterado mediante un efecto óptico. Por ello, muchos críticos la describieron como una portada de inspiración cubista, ya que presenta un mismo rostro desde perspectivas incompatibles al mismo tiempo.

 

Un disco muy difícil de escuchar, pero que enamora con cada reproducción. Desafiante.

Abuchean a Bob Dylan


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

 

Como se pudo observar en la gran película “A Complete Unknown”, la biopic de Bob Dylan, hacia el final del filme el artista de Minnesota sube al escenario de Newport un 25 de julio de 1965. Bob Dylan se atrevió a romper las reglas del festival: apareció con una guitarra eléctrica y una banda de rock. El público lo recibió atónito; la esencia del festival era presentar a los artistas en formato acústico.

 

Dylan fue abucheado durante los escasos quince minutos que duró en el escenario. Peter Yarrow, integrante de ese infame combo llamado Peter, Paul & Mary, trató de tranquilizar al público, que rugía ante la atrocidad que, según ellos, había presenciado. Como el artista ya había abandonado el escenario, Yarrow, de una manera sutil, lo obligó a regresar y cumplió con su cometido. Dylan tomó su guitarra acústica, interpretó “It's All Over Now, Baby Blue”, se retiró y nunca más volvió al festival.

 

Bob Dylan ya estaba en otro nivel, como lo demuestran los flamantes “Highway 61 Revisited” (1965) y “Blonde On Blonde” (1966). Evolucionó en lo lírico, en lo musical y en su imagen. Sus seguidores se quedaron anclados en la estética y la música de su etapa al estilo Woody Guthrie; su conversión en un dandi del rock and roll no sentó nada bien entre los fans.

 

Con estos grandes discos, Bob Dylan se embarcó en una gira europea acompañado por The Hawks como banda de soporte, quienes posteriormente serían conocidos como The Band. Las presentaciones fueron pesadas y caóticas; los asistentes no toleraban el formato de los conciertos: un primer set acústico y un segundo en formato eléctrico. El concierto que nos atañe tuvo lugar el 17 de mayo de 1966 en Manchester, Inglaterra. El comienzo, como comentamos en primera instancia, fue en formato acústico y la audiencia recibió el material con calidez y entusiasmo. Sin embargo, durante la sesión eléctrica el ambiente se puso feo. Hoy, a la distancia, con un repertorio impresionante y Dylan junto a The Hawks tocando magistralmente, resulta difícil imaginar que la multitud de aquella noche abucheara y gritara insultos a quienes estaban sobre el escenario.

 

Al terminar una interpretación increíble de “The Ballad of a Thin Man” llega la razón por la cual surge este escrito, pues ese momento volvió memorable y hasta mítica esta presentación. En un instante de silencio, alguien gritó: “¡Judas!”, seguido de risas y aplausos. “No te creo”, respondió Dylan mientras rasgueaba su guitarra. Los Hawks ya ocupaban sus posiciones. “Eres un mentiroso”, continuó. Luego le dio la espalda a la multitud y lanzó una sola instrucción a su banda: “¡Toquen jodidamente fuerte!”. Entonces comenzó una rabiosa, pesada y hasta pasada interpretación de “Like a Rolling Stone”. La persona que lanzó semejante grito respondía al nombre de Keith Butler.

 

Después de la gira, Bob Dylan se retiró a Woodstock, Nueva York, donde, dos meses más tarde, se vio involucrado en un misterioso accidente de motocicleta y pasó un par de años en reclusión.

 

Durante muchos años, gracias a las grabaciones piratas (bootlegs), tradicionalmente de muy baja calidad y mal rotuladas, se creyó que este concierto se había llevado a cabo el 27 de mayo en el Royal Albert Hall. Sin embargo, fue hasta 1998, con la publicación oficial del cuarto volumen de las “Bootleg Series” del maestro Dylan, cuando se corrigió lo que durante mucho tiempo se dio por cierto: el concierto en cuestión se efectuó en el Free Trade Hall de Manchester. No obstante, por respeto o quizá de manera sarcástica, el álbum doble se tituló “Bob Dylan Live 1966: The "Royal Albert Hall" Concert”. Esta estupenda grabación recoge la presentación completa, incluido el legendario “¡Judaaaaaaaaaas!”. Un disco imperdible.

Laura Marling


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

 

Conocí a esta extraordinaria compositora británica, Laura Marling, en 2010. Alguien me dijo: “Es como Joni Mitchell”, un comentario que me pareció tan injusto para la gran canadiense como para la propia británica. Es verdad, Laura no niega las raíces de su música; en ella se encuentran ecos de Joni Mitchell, Neil Young y Bob Dylan.

 

El primer disco que escuché de ella fue el extraordinario I Speak Because I Can (2010). Ese año no dejaba de escucharlo; estaba obsesionado con “Devil's Spoke” y “Rambling Man”, dos grandes piezas que conforman el álbum. Esto me llevó a su disco debut, “Alas, I Cannot Swim”, donde sobresale la hermosa “Ghost”.

 

A partir de ahí no dejé de estar atento a la música y a las noticias que tuvieran que ver con Laura Marling. En 2013 editó el extraordinario “Once I Was an Eagle”, del que destaca el primer sencillo, “Master Hunter”. Los discos “A Creature I Don't Know” (2011) y “Short Movie” (2015), por su parte, no terminan de convencerme.

 

En marzo de 2017 publicó el increíble “Semper Femina”. De ese álbum destaca “Soothing”, que de hecho fue el primer sencillo de la placa; sin embargo, en lo personal mi favorita —de toda la discografía de Laura Marling— es “Nothing, Not Nearly”, un tema que reflexiona sobre la fugacidad del amor y la importancia de valorarlo mientras dure. Es una letra un tanto nostálgica, en la que brillan la voz de la británica y una guitarra slide.

 

En el horrible año 2020, con la pandemia en todo su apogeo, Laura Marling sorprendió al publicar el soberbio “Song for Our Daughter”, una colección de maravillosas canciones dedicadas a su hija ficticia. Es una obra de una dulzura extraordinaria; en verdad, una maravilla. Curiosamente, en 2023 nació su hija y, de manera paralela, comenzó a escribir y grabar su más reciente álbum, “Patterns in Repeat”, que, por desgracia, no he tenido oportunidad de escuchar.

 

Escuchen a Laura Marling. Es una artista con una sensibilidad que no debería dejar indiferente a nadie, una artista en toda la extensión de la palabra.

Confessions II


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

Madonna regresó una vez más para destruir a su mezquina competencia y reclamar su título como indiscutible reina del pop. Después de un incómodo silencio, Madge decidió lanzar “Confessions II”, una secuela directa del aclamadísimo “Confessions On A Dance Floor”, nuevamente junto al productor Stuart Price. Tras algunos guiños, la Chica Material aclaró los rumores al señalar que, con este álbum, buscaba reivindicar la pista de baile como un espacio de transformación, comunidad y sanación, y no como un mero lugar de entretenimiento. ¡Y vaya que lo hizo!

 

Más que una colección de simples pistas de baile, “Confessions II” se presentó como un recorrido emocional que reflexionó sobre el duelo, la resiliencia y los vínculos familiares. El álbum incluyó homenajes a Christopher, su hermano recién fallecido, además de una colaboración con su hija Lourdes Leon. Se trata de su mejor trabajo en décadas.

 

Fresco, honesto y dominante, este disco eludió cualquier tendencia actual para concentrarse en una madurez artística que, al final, le permitió alcanzar uno de los momentos más inspirados de su carrera reciente. El crítico Alexis Petridis elogió el regreso de Madonna al house y al dance clásico tras años de experimentar con sonidos de moda. Agregó que, con este trabajo, volvió a un terreno donde se sintió completamente auténtica para narrar, con una madurez inusual, sus recuerdos del Nueva York de los años ochenta.

 

Con “Confessions II”, Madonna demostró que la experiencia no está reñida con la capacidad de reinventarse. Lejos de vivir de la nostalgia, la artista convirtió su pasado en materia prima para construir un disco vibrante, emotivo y profundamente contemporáneo. Si este termina por ser uno de los capítulos finales de su carrera discográfica, difícilmente podría imaginarse una despedida más elegante de la pista de baile.

                                              

“I Feel So Free”, “Good For The Soul”, “One Step Away”, “Bring Your Love”, “Love Sensation”, “Fragile” y “The Test” son oro sólido. Recomendable sin ningún tipo de objeción.

Purse Thief


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

 

Hace un par de semanas pude presenciar la presentación de una banda llamada Purse Thief en las Valley Sessions, una absoluta revelación.

 

Originarios de Nuevo México, Estados Unidos, y liderados por el músico Rafael Vigilantics, estrenaron el pasado 17 de julio su primer sencillo, titulado “Modern Lover”, y suena de poca madre. La canción abre con un riff que te atrapa de inmediato, además de un ritmo agresivo y garagero.

 

La letra de “Modern Lover” no se queda atrás; es toda una declaración de principios. Con ese collage de referencias culturales, algo muy complicado de encontrar —y diría que casi inexistente— en la música de hoy en día, la canción cuestiona la idolatría que podemos sentir hacia nuestros artistas. Al mismo tiempo, nos invita a reflexionar sobre cómo nuestros héroes cambian con el paso del tiempo; sin embargo, incluso en una época tan cambiante, siguen impulsando la creación musical y continúan inspirando a nuevas generaciones. Purse Thief confirma esa idea con esta canción asombrosa.

 

En un mundo dominado por Shakira, Dua Lipa, Bad Bunny, los grupos del regional mexicano con corridos tumbados, etcétera, me da un gusto enorme encontrar este tipo de bandas que me hacen recordar por qué amo tanto al rock.

 

Escuchen a Purse Thief y su primer sencillo, “Modern Lover”. Yo ya estoy esperando el disco.

Singolare/Plurale


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Publicado en 1976 como un álbum doble, “Singolare/Plurale”, de la eterna Mina Mazzini, es una de las muestras más claras de su enorme talento. Su estatus como todo un clásico de la música pop italiana permanece inalterable con el paso de los años, pues su riqueza musical, una de sus tantas distinciones, aún se resiste a las modas.

 

“Singolare” mostró el lado más personal de la Tigresa de Cremona. Reunió principalmente canciones contemporáneas de autores italianos y brasileños, interpretadas con una profundidad extraordinaria. Los arreglos corrieron principalmente a cargo de Pino Presti, con aportaciones de Gianni Ferrio, Roberto Soffici, Tony Mimms y Massimo Salerno. La grabación se realizó en los estudios La Basilica - PDU de Milán.

 

En este primer disco encontramos material inédito como “Colpa Mia”, un folk que crece gracias a su intensidad emocional; “Terre Lontane”, una canción que destaca por su armonía sofisticada; “Io Camminerò”, una balada de gran amplitud melódica; “Sognando”, una balada con tintes nostálgicos, muy propios de la época; «Nuda», quizá la interpretación más íntima de este primer volumen; y “Cablo”, una pieza experimental, con un aire enigmático y casi hipnótico, de carácter próximo al pop progresivo.

 

Por otra parte, “Plurale” mostró la pasión de la intérprete por el jazz, el swing, las big bands y la música internacional. La idea general consistió en ofrecer un repertorio plural; de ahí el título de este segundo volumen. Los arreglos fueron responsabilidad de Gianni Ferrio y su orquesta.

 

Sobresalen “Moonlight Serenade”, el clásico de Glenn Miller transformado en una pieza casi etérea; “Scettico Blues”, una maravilla con sabor a jazz y cabaret; “My Love”, de Paul McCartney, una balada de gran altura que poco o nada le pide a la original; “Mood Indigo”, un gran homenaje a Duke Ellington; “Michelle”, una acertadísima elección para alguien tan enamorada del repertorio de The Beatles; y “El Porompompero”, el éxito de Manolo Escobar.

 

La crítica especializada destacó su extraordinaria calidad vocal, la elegancia de los arreglos y la libertad con la que alternó su repertorio. Muchos aficionados consideraron que “Singolare/Plurale” marcó el inicio de la etapa más refinada de Mina Mazzini, ya que este álbum doble consolidó una fórmula que repetiría durante varios años: alternar canciones inéditas de compositores italianos contemporáneos con versiones muy personales de clásicos internacionales, siempre bajo un cuidado enfoque visual concebido junto a Mauro Balletti, su fotógrafo.

 

La portada fue concebida como parte del propio discurso artístico del álbum doble. Luciano Tallarini la diseñó a partir de fotografías de Mauro Balletti, obtenidas a través del reflejo de un espejo y posteriormente retocadas por Piero Crida. El resultado contrapuso los conceptos de singular y plural: en “Singolare” la artista aparece con el rostro completamente visible, símbolo de la dimensión más íntima y personal del disco, mientras que en “Plurale” cubre media cara con la mano, una metáfora de la multiplicidad de voces.






viernes, 17 de julio de 2026

Melody A.M.


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

A principios del nuevo milenio, la música electrónica atravesó una etapa de transformación. El auge del trip hop y el downtempo había demostrado que los sintetizadores también podían transmitir espíritu, nostalgia y belleza sin depender de la energía de la pista de baile. En ese contexto apareció Röyksopp, un dúo noruego integrado por Svein Berge y Torbjørn Brundtland que encontró un lenguaje propio a partir de la electrónica, el pop, el ambient y la música house. Su propuesta apostó por la construcción de atmósferas, melodías memorables y una producción minuciosa que convirtió cada pieza en una experiencia profundamente cinematográfica.

 

Si bien ambos músicos ya habían colaborado durante la década de los noventa en distintos proyectos, la consolidación de Röyksopp llegó con “Melody A.M”., álbum publicado originalmente en 2001 por el sello Wall of Sound. La crítica recibió el disco con entusiasmo y destacó su capacidad para revitalizar el downtempo mediante composiciones elegantes, accesibles y extraordinariamente detallistas. Con el paso de los años, la obra alcanzó el estatus de clásico moderno dentro de la electrónica.

 

Parte del encanto de este discazo residió en su aparente sencillez. A diferencia de otros proyectos electrónicos de la época, Röyksopp evitó la saturación de efectos y el exhibicionismo tecnológico. Berge y Brundtland privilegiaron las melodías cálidas, los bajos redondos, las percusiones discretas y una colección de sintetizadores que evocó tanto el pop de los años setenta como el ambient y el electro escandinavo. El resultado jamás sonó frío. Cada arreglo pareció ocupar el lugar exacto dentro de un paisaje sonoro que respiró con absoluta naturalidad.

 

Desde sus primeros minutos, el álbum transmitió la sensación de un amanecer. “So Easy” abrió el recorrido con un groove relajado y una utilización brillante del sample, mientras “Eple” presentó uno de los momentos más emblemáticos de toda la carrera del dúo. La pieza combinó un ritmo irresistible con una melodía luminosa que pareció flotar sobre una base minimalista.

 

Sin embargo, reducir “Melody A.M.” a sus sencillos representaría una enorme injusticia. El verdadero valor del disco apareció cuando el oyente recorrió la obra completa. Röyksopp organizó las canciones con un sentido narrativo que permitió pasar de momentos contemplativos a episodios más dinámicos sin romper jamás la unidad estética.

 

Uno de los grandes aciertos consistió en la incorporación de voces invitadas. Erlend Øye, conocido por Kings of Convenience, aportó una sensibilidad melancólica que encajó de forma perfecta con la identidad del álbum. Su participación en “Poor Leno” convirtió aquella canción en uno de los mayores éxitos de Röyksopp. La voz serena de Øye contrastó con la base electrónica y produjo una mezcla entre pop escandinavo y downtempo que todavía conservó una frescura sorprendente más de dos décadas después.

 

Algo similar ocurrió con “Remind Me”. La interpretación de Anneli Drecker añadió una delicadeza casi etérea a una composición que avanzó con absoluta elegancia. La canción jamás buscó un clímax explosivo; prefirió desarrollar una atmósfera de contemplación constante. Su arreglo equilibró pequeñas capas de sintetizadores, guitarras limpias y percusiones suaves hasta formar uno de los pasajes más bellos del álbum.

 

El resto del repertorio mantuvo un nivel igualmente notable. “Sparks” presentó una faceta más íntima; "In Space” exploró territorios cercanos al ambient sin perder claridad melódica; mientras “40 Years Back Come” cerró el recorrido con una sensación de calma que recordó el final de un largo viaje nocturno. Ninguna composición pareció colocada al azar. Todas contribuyeron a la construcción de una experiencia continua.

 

Desde una perspectiva técnica, este álbum sobresalió por la precisión de su producción. Röyksopp utilizó recursos propios del sampling, cajas de ritmos, sintetizadores analógicos y procesamiento digital, aunque jamás permitió que esas herramientas dominaran la música.

 

Su influencia también resultó considerable. Diversos críticos señalaron que Röyksopp tomó algunos elementos presentes en artistas como Air, Boards of Canada o Groove Armada, aunque desarrolló una personalidad mucho más orientada hacia la construcción de canciones que hacia la simple experimentación sonora.

 

Quizá la mayor virtud de “Melody A.M.” consistió en su capacidad para despertar imágenes. Cada escucha invitó a imaginar carreteras vacías, ciudades iluminadas al anochecer, paisajes nevados o habitaciones silenciosas durante la madrugada. Muy pocos discos electrónicos consiguieron establecer una conexión tan inmediata entre el sonido y la imaginación del oyente. Röyksopp no necesitó letras complejas para construir emociones; bastó la combinación precisa entre armonía, textura y ritmo.

 

Más de veinte años después de su publicación, Melody A.M. permaneció como la mejor carta de presentación para descubrir a Röyksopp. El álbum no solo definió la identidad artística del dúo; también demostró que la música electrónica podía emocionar con la misma intensidad que cualquier obra de rock, jazz o música clásica.

 

Un disco que sí o sí debe escucharse y coleccionarse.

Los doce sueños del Dr. Sardonicus


 

 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

Hace varios años, no estoy muy seguro si fue en 2006 o en 2007, compré mi revista habitual: La Mosca en la Pared, en su número cien. En la sección La nueva música clásica escribieron sobre un álbum cuya existencia conocí por primera vez gracias a ese artículo y que después pude conseguir en el Tianguis Cultural del Chopo. Vaya joya. Hoy quiero platicarles de él. Me refiero al extraordinario Twelve Dreams of Dr. Sardonicus, de esa gran banda californiana llamada Spirit.

 

Spirit se formó en 1967 en Los Ángeles, California, por Mark Andes, Jay Ferguson, John Locke, Ed Cassidy y Randy California. Esa alineación fue la que grabó en 1970 “Twelve Dreams of Dr. Sardonicus”, un disco que representa de manera muy acertada la psicodelia reinante de aquellos días, aunque muy lejos del "amor y paz" del hipismo de San Francisco. Producido por David Briggs (quien había trabajado anteriormente con Neil Young), el álbum logra conjuntar de manera espléndida el folk, el jazz, el rock, el hard rock y hasta la música clásica, géneros que la banda plasmó en este, su cuarto opus.

 

El álbum puede considerarse conceptual, pues toma como tema la existencia humana. Sin embargo, para mí se trata de una docena de canciones perfectamente independientes y de gran calidad, como la inicial y bellísima “Prelude-Nothing to Hide”, donde Randy California luce con su guitarra. En realidad, no deja de sorprendernos a lo largo de todo el álbum. Otra canción digna de destacar, y quizá la más popular de la agrupación, es “Nature's Way”, una especie de folk-jazz de manufactura preciosa. Y ni qué decir de la impresionante instrumental “Space Child”, donde podemos escuchar uno de los primeros Minimoog de la época.

 

Y no puedo dejar de resaltar la canción que más me gusta de este disco: "Animal Zoo". Es una maravilla, una canción llena de buen humor con una letra que recuerda el mordaz estilo crítico de Ray Davies, de The Kinks. Se trata de una crítica a la vida urbana, a lo monótono y a lo absurdo de la existencia en las grandes ciudades, pues utiliza a los zoológicos como metáfora del caos social. Jay Ferguson escribió esta canción en 1970; no sé cuál sería su opinión sobre los tiempos actuales.

 

“Twelve Dreams of Dr. Sardonicus” es una obra fundamental del rock psicodélico de finales de la década de los sesenta. Sin embargo, es un disco poco conocido, y puedo confirmarlo: he platicado con mucha gente que ni siquiera conoce a la banda. Es una lástima, porque se han perdido la oportunidad de escuchar este portento de álbum.

 

Siempre estará en mi lista de los grandes discos poco conocidos, y resulta decepcionante que aún tenga esa etiqueta. Si tienen oportunidad de escucharlo, háganlo; no los decepcionará.

Ekvílibríum


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Valgeir Sigurðsson es un compositor, productor e ingeniero de sonido islandés reconocido por crear increíbles paisajes sonoros que fusionan la música clásica contemporánea con la electrónica de una manera profundamente emocionante. Fundador del sello Bedroom Community y colaborador de artistas como Björk, Bonnie “Prince” Billy y Brian Eno, entre otros, Valgeir presume una trayectoria marcada por la experimentación y una gran sensibilidad artística, pues ha compuesto para cine, teatro, danza y conciertos.

 

Su capacidad para transformar el sonido en una experiencia sensorial quedó de manifiesto con “Ekvílibríum”, su álbum debut. Lanzado en 2007, éste se destacó como una obra pionera dentro de la corriente que fusiona la música de cámara, la electrónica ambiental y la producción experimental.

 

Con todo y la tibia recepción que logró al inicio de su promoción, este discazo llamó la atención de algunos críticos, quienes lo etiquetaron como una fusión orgánica entre lo acústico y lo electrónico. Poco a poco, “Ekvílibríum” empezó a cosechar elogios. Supe de este álbum gracias a un artículo digital que recomendaba a artistas “poco conocidos” como Fantastic Plastic Machine, Cornelius y Valgeir Sigurðsson, entre muchos otros.

 

En lugar de utilizar la electrónica como un simple acompañamiento, Sigurðsson la integró con cuerdas, piano, guitarras y voces hasta crear un único espectáculo melódico. Este equilibrio entre ambos mundos se convirtió en una de sus señas de identidad.

 

Este disco está lleno de pequeños detalles: grabaciones ambientales, procesamiento digital, reverberaciones, capas de cuerdas y silencios cuidadosamente diseñados. La producción resultó impecable.

Si bien incorporó técnicas propias de la música electroacústica y contemporánea, el resultado final cuidó un fuerte componente melódico y emocional, sin caer en la abstracción excesiva. La participación de músicos como Bonnie “Prince” Billy, Ólöf Arnalds, Dawn McCarthy y Samuli Kosminen lo catapultaron a la categoría de obra maestra.

 

En este preciosísimo trabajo destacaron “Equilibrium Is Restored”, el corazón de “Ekvílibríum” al presentarnos una delicada armonía entre lo acústico y lo electrónico; “Winter Sleep”, un folk ambiental escrito e interpretado por Dawn McCarthy; y “Evolution Of Waters”, la mejor síntesis entre folk, electrónica y música de cámara.

jueves, 9 de julio de 2026

Heathen


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

No tengo los suficientes calificativos para describir a David Bowie, uno de los genios musicales más trascendentales de nuestra época. Su legado, tan incomparable como fenomenal, desafía el paso del tiempo e inspira a generaciones de artistas. Bowie no solo transformó la música; también redefinió el arte, la identidad y la creatividad. Su obra permanece como prueba de un talento portentosamente original y de una libertad artística que marcó un antes y un después en la cultura contemporánea. Después de escuchar “Outside”, por recomendación de mi hermano, quedé enganchado a él para siempre.

 

Poco a poco logré reunir su discografía, que me dejó atónito por su prodigiosa calidad, pese a algunos descalabros sonoros durante los años ochenta. Mi admiración creció hasta tal punto que Bowie ocupa un lugar irrenunciable en mi humilde existencia. “Heathen”, publicado en 2002, es uno de mis discos favoritos porque reúne a un Bowie maduro, introspectivo y sereno, sin renunciar a la inquietud creativa que siempre definió su obra. Cada rola posee una identidad propia, pero todas conforman un conjunto sólido y emotivo, capaz de alternar entre la melancolía y la reflexión. Es un álbum que nunca pierde vigencia y que revela nuevas sorpresas con cada escucha.

 

Medios especializados como Pitchfork, Q Magazine y The Guardian destacaron la imperturbabilidad del álbum y elogiaron la capacidad inventiva de Bowie, quien prescindió de la necesidad de reinventarse a toda costa para entregar una obra consciente de sus propias fortalezas. Lo interpretaron como el testimonio de un artista que ya no buscaba demostrar nada, sino explorar nuevas posibilidades con absoluta libertad creativa.

 

Coproducido por el genial Tony Visconti, “Heathen” está repleto de arreglos fascinantes: algunos elegantes; otros, erráticos, ruidosos y caóticos. Lejos de las embriagantes experimentaciones de “Low”, “Station to Station” o “Scary Monsters”, parece que Bowie encontró la forma de abrazar el paso de los años con total maestría.

 

Destacan “Sunday”, con sus armonías tan delirantes; “Cactus”, una reinterpretación de The Pixies; “Slow Burn”, con una batería potentísima; “I Would Be Your Slave”, una hermosa canción de género neutro dirigida a una pareja; “5:15 The Angels Have Gone”, un lamento ante la pérdida del amor; “Everyone Says ‘Hi’”, rítmica y contagiosa de principio a fin; y “A Better Future”, una melodía marcada por los sucesos de la época en que fue grabada.

 

El segundo disco de la edición especial de “Heathen” reunió una selección de remezclas, rarezas y grabaciones poco conocidas que ampliaron el universo sonoro del álbum. Entre sus piezas resaltaron las remezclas de “Sunday”, a cargo de Moby, y de “A Better Future”, realizada por Air, las cuales ofrecieron nuevas perspectivas sobre dos de las canciones más introspectivas de la obra original. También incluyó una versión alternativa de “Panic In Detroit”, grabada en 1979 para un proyecto televisivo que nunca llegó a emitirse.

 

La pieza más destacada del conjunto es “Conversation Piece”, una canción escrita por David Bowie a finales de los años sesenta y regrabada en 2002 durante las sesiones del proyecto “Toy”. De este malogrado álbum también se rescataron “Wood Jackson”, “When The Boys Come Marching Home”, “Baby Loves That Way”, “You've Got A Habit Of Leaving”, “Shadow Man” y “Safe”. Todas ellas, increíbles.

 

¡Un discazo!

Walk Hard: la historia de Dewey Cox


 

Por Edgar Fernández Herrera

 

 

 

Hace algunos años supe de la existencia de esta película y, hace un par de semanas, me la encontré en iTunes. No dudé ni un segundo en comprarla, y mi adquisición no me decepcionó en absoluto.

 

“Walk Hard: The Dewey Cox Story”, estrenada en 2007, es una falsa biopic dirigida por Jake Kasdan y protagonizada por el genial John C. Reilly. La película narra la vida de un ídolo del rock y el country —o, mejor dicho, del rockabilly—, desde su niñez hasta su muerte. El personaje guarda semejanzas con Johnny Cash, aunque a lo largo de la cinta también pueden apreciarse parodias de Roy Orbison, Bob Dylan, Jerry Lee Lewis y un largo etcétera. Todo transcurre de una manera muy divertida y disfrutable.

 

Dewey Cox toma la decisión de perseguir sus sueños después de prometerle a su hermano, quien fallece cuando ambos eran niños (vaya escena hilarante), que triunfará por los dos. Así, nuestro protagonista comienza a labrar su futuro en el mundo de la música desde un concurso escolar, cambia a toda una nación con su primitivo rock and roll y alcanza el éxito y la fortuna. A partir de ese momento, como era de esperarse, se le presentan todas las tentaciones del mundo: se acuesta con más de 400 mujeres, se casa tres veces, tiene 22 hijos y adopta a otros 14; conduce programas de televisión durante los años setenta, alcanza un enorme éxito, se codea con figuras de la talla de Elvis (interpretado por Jack White) y los Beatles, cae en la adicción a toda clase de drogas y, pese a llevar una vida tan convulsa, termina por convertirse en todo un ícono.

 

Además de Jack White personificando a Elvis, también veremos a Frankie Muniz como Buddy Holly. Jack Black interpreta a Paul McCartney y Paul Rudd a John Lennon. También aparecen, interpretándose a sí mismos, Jackson Browne, Jewel, Lyle Lovett, Ghostface Killah y hasta Eddie Vedder.

 

Se trata de una gran parodia del mundo del rock and roll, muy recomendable. Actualmente puede verse en Netflix o rentarse y comprarse en iTunes. Véanla: no tiene ningún desperdicio.

Computerwelt


 

Por Oscar Fernández Herrera

 

 

 

Cuando escuchas a Kraftwerk, una banda alemana formada en 1970 en Düsseldorf por Ralf Hütter y Florian Schneider, tu vida da un giro tan radical que resulta imposible dar marcha atrás. Su uso de sintetizadores, cajas de ritmo y vocoders, junto con una estética minimalista y futurista, redefinió la música electrónica para situarla en un mundo en el que conviven la tecnología, las luces de neón, el transporte, las computadoras y los robots.

 

“Digital Love”, de Daft Punk, me condujo directamente a ellos, aunque supe de su existencia gracias a David Bowie, Depeche Mode y ¡Coldplay! Pese a ello, fue la dupla francesa la que me animó a conocerlos con una curiosidad indescriptible para someterme a su música sin oponer resistencia. “Computerwelt” fue el primer disco que les escuché a los teutones de principio a fin. Quedé maravillado por la forma en que una banda tan adelantada a su tiempo logró esa revolución sonora al tomar las computadoras como punto de partida.

 

¿¡Cómo fue posible que Kraftwerk creara un álbum que hablara de redes informáticas, vigilancia, identidad digital y relaciones mediadas por computadoras, décadas antes de que el internet y los teléfonos inteligentes formaran parte de la vida cotidiana!? ¡Pura magia, señores! Pese a la tibia recepción que obtuvo en un inicio, su alcance y trascendencia han sido tales que incluso el productor y crítico Kirk Degiorgio aseguró que el disco ayudó a abrir el camino para el electro y el hip hop.

 

Más allá de sus logros sonoros, que son muchísimos, “Computerwelt” aseguró su lugar en el Olimpo de la Música gracias a su concepto general, pues cada tema abordó una faceta distinta de la informatización: “Computerwelt”, que exploró las bases de datos y la vigilancia; “Taschenrechner”, una celebración de la computadora de bolsillo como herramienta cotidiana; “Nummern”, que transformó los números en un elemento musical universal; “Computer Liebe”, un himno temprano a las relaciones amorosas mediadas por la tecnología; y “Heimcomputer”, que imaginó el trabajo y el entretenimiento desde casa.

 

Escuchar “Computerwelt” hoy produce una sensación extraña: la de encontrarse frente a un disco que no solo desafió las posibilidades técnicas de su época, sino que también anticipó buena parte del mundo en el que vivimos.

 

Esa capacidad para sonar vigente más de cuatro décadas después confirma que Kraftwerk no solo creó música electrónica; también diseñó, nota tras nota, la banda sonora del futuro. ¡Escucharlo resulta una tarea obligadísima!

Araçá Azul

  Por Oscar Fernández Herrera       “Araçá Azul”, lanzado en 1972, fue el primer álbum que Caetano Veloso grabó en Brasil después de...